“Blade Runner 2049”: Hipnótico espectáculo.

Desde el momento en que se supo que iba a rodarse 35 años después de que fuese estrenada una secuela de la emblemática “Blade Runner” (1982), se generaron una serie de expectativas, alimentadas (cómo no) por las redes sociales, que han llevado a que el estreno hace apenas unos días de esta tardía segunda parte haya sido recibida con un nivel de ansiedad cinéfila poco dada a ver en los tiempos que corren. Sin ir más lejos, el que aquí firma se pasó una larga hora haciendo cola para entrar en un cine de Barcelona el sábado posterior a su estreno, algo que no recuerdo haber hecho desde aquellos lejanos tiempos de niñez y adolescencia en los que, dejando de lado la televisión o acaso los reproductores de vídeo, la forma habitual en que veíamos películas era en salas de cine, la mayoría de ellas de una sola pantalla, donde muy a menudo el estreno de determinados títulos era recibido como un auténtico acontecimiento, algo que muy raramente suele ocurrir en la actualidad. A la postre quizá la cosa no ha sido para tanto a tenor de las cifras de recaudación relativamente pobres que ha obtenido la película en Estados Unidos en sus primeros días de proyección.

Sea como sea, cuando me enteré de que se iba a realizar “Blade Runner 2049”, no pude más que tener una sensación de escepticismo. Es obvio que esa enorme maquinaria industrial que es Hollywood hace mucho tiempo que prefiere no arriesgar en proyectos de cierta originalidad y apuesta, en cambio, por secuelas que, en algunos casos (véase por ejemplo lo que está pasando con “Alien”) acaban casi malbaratando grandes títulos del cine popular. Aunque también se le puede dar la vuelta a esta idea y considerar que, precisamente, estas nuevas películas no hacen más que redimensionar el valor de los originales en los que están basados. Sea como sea, Blade Runner, como se sabe, film que dirigiera Ridley Scott basándose en un relato de Philip K. Dick, se me antoja una obra tan descomunal por si misma, que me resultaba extraña la idea de enfrentarme con una continuación tantos años después.

De entrada hay dos grandes aciertos que sí hay que reconocer en aquellos que pusieron en marcha el proyecto: alejarse temporalmente del momento en que terminaba la anterior película (algo, de todas formas, inevitable si se quería incluir personajes icónicos que aparecían en el film original, dado que los actores que los interpretan, obviamente, han envejecido) y escoger un gran director actual como es el canadiense Denis Villeneuve para llevar adelante el trabajo.

Debo decir que Villeneuve, realizador al que debemos títulos del mérito de “Prisioneros” (2013), “Sicario” (2015) o “La llegada” (2016) (película, esta última, que muchos consideran ya un referente del cine de ciencia ficción moderno), ha estado a la altura de la responsabilidad que se le ha dado, y ha conseguido crear un film en el que, sin duda, ha dejado su propia huella como autor.

Como hemos apuntado y como de hecho indica el título de la película, la historia de esta secuela ocurre bastantes años después de la original. Nos encontramos con un replicante (ya se sabe, una suerte de androide) de nombre K (interpretado por un acertado Ryan Gosling) que ejerce como Blade Runner, es decir, se dedica a “retirar” (eufemísticamente hablando) a otros replicantes como él que han decidido ejercer el libre albedrio en contra de lo que se considera legalmente establecido. El mismo trabajo, pues, que tenía Rick Deckard, el personaje (en principio humano) de Harrison Ford en la película que él protagonizaba. En uno de sus encargos, K se enterará de algo que trastocará completamente los principios de programación con los que actúa, y empezará una historia de descubrimiento que tiene tanto de detectivesco como de proceso existencial. En este sentido, las grandes preguntas que planteaba el film original, y que no son otras que los grandes interrogantes que acarrea la existencia humana (¿quién soy yo? ¿cuál es el sentido de mi existencia? ¿hay algo más después de esta vida?), continúan presentes, unidos a otros que tienen que ver no ya con el futuro, si no con nuestro mundo actual (aspectos relacionados con la clonación, la realidad virtual…).

Villeneuve no descuida la parte de gran espectáculo que necesariamente tenía que tener la película. Todo lo contrario, “Blade Runner” es un film deslumbrante en su apartado visual y sonoro. Un trabajo de gran belleza formal que, ineludiblemente, hay que disfrutar en una sala de cine bien equipada tecnológicamente. Otra cosa bien distinta es que la película consiga llegar emocionalmente al espectador más allá de la capacidad de epatar que tengan sus poderosas imágenes. En este sentido, Villenueve juega básicamente con dos cartas: la aparición esporádica de viejos personajes (con, lógicamente, el que encarna un excelente Harrison Ford a la cabeza) que activa la nostalgia del espectador, y la relación que se establece entre el protagonista que personifica Gosling y una suerte de novia virtual interpretada por una sorprendente Ana de Armas. Es en dicha relación donde aparece la emoción autentica que se echa mucho de menos en buena parte del film. En este sentido, los villanos, encarnados por un excesivamente solemne Jared Leto, y una mucho más interesante Sylvia Hoeks, capaz de pasar de la fragilidad emocional a mostrarse francamente amenazadora en apenas un instante, quedan algo a medias si se trata de ofrecer al relato el contrapunto necesario que lleve a su héroe central a una evolución completamente verosímil. Tampoco nos parece que la relación que se establece entre éste y el personaje que interpreta Robin Wright (una actriz a la que, en cualquier caso, siempre agradecemos ver en pantalla) acabe de estar del todo bien definida.  También nos hubiera gustado que se hubiera desarrollado un poco más el personaje de la científica que encarna Carla Juri, joven intérprete de potente presencia en pantalla cuya carrera habrá que seguir con interés. Igualmente, creemos que el personaje que encarna con solvencia Mackenzie Davis (vista anteriormente en uno de los episodios de la imprescindible serie “Black mirror”), se queda un poco cojo.

Con todo, hay que decir que no lo tenían nada fácil Hampton Fancher y Michael Green, los guionistas de la película, para llevar a buen puerto un proyecto de las dimensiones que se traían entre manos. El resultado, como hemos apuntado, es algo desigual, pero mantiene la esencia del film original. En el apartado técnico, la fotografía de Roger Deakins resulta portentosa, y tampoco está nada mal la música de Hans Zimmer y Benjamin Wallfisch, inevitablemente, muy en la estela de Vangelis.

En suma, Denis Villeneuve ha conseguido realizar una película quizá no perfecta pero sí a la altura de esas expectativas a las que nos referíamos al principio, hipnótica y de gran calado intelectual, con suficientes matices como para que, quizá, lleguemos a apreciarla incluso más con el paso del tiempo como, de hecho, ya nos pasó con el film en cuyo distópico mundo vuelve a sumergirnos.

Ricard con la colaboración de Laura Clemente.

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“Sólo creo en el fuego”: Henry Miller y Anaïs Nin en la intimidad.

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“Sólo creo en el fuego. Vida Fuego. Estando yo misma en llamas enciendo a otros. Jamás muerte. Fuego y vida.”

Esta famosa cita de la escritora franco-americana Anaïs Nin, que refleja su apasionada personalidad y su manera de relacionarse con sus parejas, es toda una declaración de intenciones y da nombre al título de la obra de la que os hablamos en esta ocasión.

Sólo creo en el fuego” es un espectáculo creado por la compañía Los Prometidos, formada por Ángela Palacios y Carlos Martín-Peñasco desde 2016. Ellos son los protagonistas de la obra y también se encargan de la dirección, la dramaturgia, la escenografía, la puesta en escena y el vestuario, acompañados por Laura Cortés como ayudante de dirección, Mª Paloma Remolina Gallego en la iluminación y el sonido (creando una excelente banda sonora de la obra, desde “La Bohème” de Charles Aznavour, pasando por Edith Piaf y el “Truhán” de Julio Iglesias hasta la música más contemporánea, ) y Rubén Rocha en el vídeo y en el diseño gráfico.

La obra es un viaje íntimo al universo de la relación entre el escritor americano Henry Miller con Anaïs Nin a través de la correspondencia que mantuvieron durante 20 años (os recomendamos la prestigiosa edición de Gunther Stuhlmann en inglés, su idioma original, de estas famosas cartas). La pareja se conoció en el París de 1931 y de forma inmediata se encendió la pasión entre ellos. Una relación muy intensa en medio de la bohemia y una época convulsa, que queda reflejada en los diarios de Anaïs Nin. Su marido, Hugo (el banquero y artista Hugh Parker Guiler), no aparece casi en los diarios a petición de él, pero mantuvo siempre una buena relación con Nin, debido a la gran devoción que profesaba por ella y al cariño que Nin le tenía.

Henry y Anaïs compartieron su pasión por las letras (fue un período muy fructífero literariamente para los dos. Miller publicó su famosa novela “Trópico de Cáncer” en 1934. Nin había publicado un ensayo sobre D. H. Lawrence en 1932 y el impresionante primer volumen de sus diarios comprende el período de 1931 a 1934) y por la vida hasta que más tarde se separaron y continuaron su relación por correspondencia (hasta 1953).

La obra consigue traernos el fuego surgido entre ambos artistas, ese carpe diem, a través de unos diálogos muy ágiles, una encarnación sorprendente en los personajes, una potente escenografía donde las camas y la máquina de escribir juegan, se mueven y se transforman, donde se habla de censura, de atrevimiento y de riesgo, y los autores nos traen sus propias historias y las comentan con el público como si de una nota a pie de página se tratara, pero de una forma muy divertida que da ligereza a la trascendencia de la relación entre los dos grandes escritores.

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En definitiva, una obra que ha sabido transmitir muy bien el espíritu de los personajes trasladándolo a 2017 y haciéndolos nuestros. Gran trabajo de Ángela Palacios (os recordamos nuestra reseña sobre un anterior espectáculo de ella, “Mirta en espera“) y Carlos Martín-Peñasco, completos creadores que transmiten su pasión por la literatura y el teatro a los espectadores.

PROS DE LA OBRA: La devoradora pasión creadora y de lujuria que embarga a los actores y envuelve al público. La cálida y sensual atmósfera que consiguen crear los autores-directores.

CONTRAS DE LA OBRA: No apta para alérgicos al humo.

La obra se podrá ver en La Badabadoc del barrio de Gracia de Barcelona (Calle Quevedo, 36) hasta el domingo 22 de octubre, y para nosotros es una de las sorpresas más gratas de la temporada.

Laura e Ignasi.

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“La calavera de Connemara”: Relato de la noche de Todos los Santos.

 

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Nos ha encantado esta sombría comedia que estos días se representa en la Villarroel, de la mano del joven autor irlandés Martin McDonagh, traducido y adaptado por Paul Gener.

El relato no puede ser más morboso y macabro: el viejo Mick (Pol López), aficionado al whisky y a pasar el tiempo deprimido en el sofá, con ocasionales conversaciones de escasos vuelos con su vecina adicta al bingo Maryjohnny (Marta Millà), no tiene otra ocupación conocida que desenterrar esqueletos del cementerio local cada siete años para hacer hueco a los recién fallecidos, como expeditivo método para lidiar con la sobreexplotación del cementerio. Pronto le toca el turno al cadáver de su esposa, de quien se rumorea que fue él su asesino siete años atrás…

La prodigiosa labor de escenografía de Marc Salicrú, con la excelente iluminación de Sylvia Kuchinow, nos trasladan a un paraje rural de la Irlanda profunda, al lugar de procedencia del autor, Martin McDonagh, conocido en Irlanda por sus obras cargadas de violencia y humor negro, con indisimuladas referencias a Quentin Tarantino y Harold Pinter.

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En efecto, algunos de los clichés ya clásicos del género tarantinesco se dan cita en la obra, ese discurso sarcástico como contrapunto de fondo a escenas demenciales, esos personajes de escasas luces pero con gran imaginación en lo que a violencia se refiere, ese nihilismo siniestro que impregna la obra… porque al depresivo Mick le viene a ayudar un peculiar joven, Mairtin (brillante Oriol Plà) al que su corto intelecto no le impide desarrollar un gusto siniestro a darle al pico y la pala en el cementerio y posteriormente al martillo para pulverizar  junto a un borracho Mick cráneos cual si de funestos escultores se tratara..  Y el contrapunto a tanta vileza es el bienintencionado pero torpe Thomas (Xavi Saez) que como inspector de policía local  pretende querer desentrañar el misterio de la muerte de Mairtin…

Una obra que sin duda calificamos de diferente, por la original estética que la impregna y que sin duda es ideal para las noches de otoño cercanas a Todos los Santos.

La obra estará en La Villarroel hasta el 19 de noviembre.

PROS DE LA OBRA: La cuidada iluminación y escenografía, que nos trasladan convincentemente a un húmedo paraje irlandés teñido de desolacion y tristeza. La interpretación magistral de sus protagonistas y la muy  acertada dirección de Iván Morales.

CONTRAS DE LA OBRA: Es una obra más de situación que de argumento.

 

Ignasi y Laura.

 

Trailer de unos ensayos:

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Alberto Manguel: Resonancias Borgianas.

Alberto Manguel (Buenos Aires, 1948), escritor, traductor y editor argentino-canadiense, es un autor por el que sentimos especial debilidad quienes hacemos posible este blog, y hace mucho tiempo que queríamos dedicarle una entrada.

Han llegado a nuestras manos dos de sus obras reeditadas en marzo del presente año por la muy interesante editorial Navona (NVN) dentro de su colección “Compactos”: se tratan de “El amante extremadamente puntilloso” y “El regreso”, dos novelas cortas (o si se quiere, dos relatos largos) de resonancias borgianas que resultan bastante representativas del estilo del escritor.

El regreso”, publicada inicialmente en 2005, se centra en Nestor Fabris, un ex militante político que regresa a Buenos Aires tras treinta años de exilio en Italia para asistir a la boda de un ahijado al que ni siquiera conoce. La ciudad a la que regresa se convertirá en un lugar espectral, desconocido para él, y en el que irá tropezando con antiguos camaradas ya muertos o desaparecidos con los que revisitará su propio pasado.

El amante extremadamente puntilloso” (2006), nos cuenta la historia de un personaje,  Anatole, supuestamente real, nacido en Poitiers (Francia) a finales del siglo XIX, trabajador de una casa de baños y aficionado a la fotografía de la cual extrae un desahogo a sus necesidades estéticas y eróticas. Su figura está vista a partir de una reconstrucción casi periodística aunque nos movamos en un marco de ficción total.

Tienen estas dos obras, como hemos dicho, algo de las formas conceptuales y laberínticas con las que nos encontramos al leer a Borges (autor al que, por cierto, Manguel llegó a conocer e incluso le hizo de lector en su juventud cuando el gran escritor argentino ya estaba completamente ciego), aunque al mismo tiempo se trata de dos libros de lectura ligera (en el mejor sentido de la palabra), que nos retrotraen también a la mejor literatura clásica, desde Stevenson a Kafka, y nos devuelven de nuevo, en cierta forma, ese enorme placer que sentimos en nuestra iniciación como lectores al adentrarnos en el universo literario de dichos autores u otros muchos que podríamos llegar a mentar aquí. Destacan también en estos dos títulos un gran sentido de la ironía que Manguel maneja como nadie, una capacidad para generar inquietud en el lector muy particular, y un estilo de escritura maravillosamente pulcro, ajustado al máximo a aquello que se quiere transmitir.

Siendo, como hemos dicho, un escritor argentino-canadiense, Alberto Manguel ha ido compaginando a lo largo de su carrera el inglés y el castellano, en la que es ya una riquísima obra trufada de premios y reconocimientos. Además, ha llegado a ser colaborador de publicaciones del prestigio de The New York Times y The Washington Post, e incluso se ha aventurado a escribir los libretos de un par de espectáculos musicales.

Nosotros creemos que “El amante extremadamente puntilloso” y “El regreso” pueden ser dos muy buenas puertas de acceso al mundo literario de un autor que nos atrevemos a calificar de fascinante.

Ricard.

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“Nit de reis (o el que vulguis)” en el Lliure: Juerga y amoríos en el escenario.

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Twelfth night, or What you will” , en referencia a la noche de epifanía que marca el fin de la Navidad -y  que en época de la  reina Elisabeth había dejado de ser una fiesta de recogimiento como en el mundo católico para convertirse en una noche de juerga y diversión, como en las saturnales romanas, donde los hombres se vestían de mujeres, los criados de señores y viceversa-, es una de nuestras obras preferidas de Shakespeare.

Los amores de Viola disfrazada de Cesario, el Duque de Orsino (Eduardo Lloveras, un gran descubrimiento para nosotros) y Olivia (Raquel Ferri, que recuerda a Mia Farrow en “El gran Gatsby”) son siempre una delicia y más de la mano de esta joven Kompanyia Lliure recién creada y que ya demuestra el extraordinario talento interpretativo de sus integrantes.

Nit de reis (o el que vulguis)/ Teatre Lliure

La maestría del argumento de Shakespeare, enlazando una trama amorosa con una subtrama cómica -la desternillante jugarreta que los irreverentes Sir Andrew (Enric Auquer), el bufón Feste (Quim Àvila) y la sirvienta Maria (Júlia Truyol) le gastan al mayordomo de la condesa Olívia (Raquel Ferri), Malvoglio (Joan Amargós)- , es asumida con pericia por la compañía.  Deliciosa Julia Truyol en su papel de sirvienta socarrona y avispada, igual que la pareja de amigotes formada por el tío de Olivia, Tobies (Joan Solé) y Sir. Andrew, acompañados de su acólito el bufón Feste, instalados en la por lo demás respetable casa de la condesa, en la que el pobre Malvoglio (divertidísimo Joan Amargós) trata de poner orden, con escaso éxito. Entre chanzas, malicias, astucias e interludios musicales se acerca el desenlace, el típicamente shakespiriano final en el que el misterio de Viola (encantadora Claudia Benito) y Sebastián (Lluís Marqués) ve la luz entre el asombro generalizado y las aguas vuelven a su cauce.

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La dirección y versión Pau Carrió respeta el aire irreverente y  libertino de la comedia, el vestuario de Silvia Delagneau (confeccionado por Goretti Puente), a lo Chicago años 20 y la iluminación de local nocturno de Raimon Rius imprimen una original estética al clásico, igual que la música de Arnau Vallvé, con los actores tocando guitarra, el saxo y cantando (gran talento de Quim Àvila) en los interludios musicales de la obra.

Juerga, sensualidad, música, disfraz,  juego, equívocos, engaños, todo puede pasar en una noche trepidante que sin duda os hará pasar un buen rato de evasión y disfrute.

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PROS DE LA OBRA: Una presentación del clásico muy ágil y amena, en una gran interpretación coral de sus actores y actrices, con especial mención de Raquel Ferri, Claudia Benito, Joan Amargós, Quim Àvila, Eduardo Lloveras y Julia Truyol.

CONTRAS DE LA OBRA: No hemos apreciado muchos, tal vez la estética años 20 puede decepcionar a algún purista.

Trailer de la obra

Nit de Reis (o el que vulguis)” estará en el Teatre Lliure de Gràcia hasta el 8 de octubre y sin duda es una de las citas teatrales obligadas de este otoño.

Ignasi y Laura.

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“La Bohèmia”: Un estilo de vida.

 

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De la mano de la compañía La Catenària  con dirección y dramaturgia de Agustí Humet e interpretada por Víctor Vela, Marina Xeix, Berta Peñalver i Alba Gris nos llega a la sala Àtic22 del Teatre Tantarantana de Barcelona esta tierna y potente pieza de teatro musical inspirada en ese estilo de vida desaforado, bravamente epicúreo y hedonista que se puso de moda principalmente en el París de finales del siglo XIX, retrató Giacomo Puccini en su brillante ópera “La Bohème” y que alcanzó la categoría de icono en canciones como la homónima de Charles Aznavour y en las de Édith Piaf, cuya azarosa y decadente vida de adicta a la morfina habrá seguramente inspirado al dramaturgo.

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Los actores y actrices van hilvanando clásicos de Édith Piaf (Padam padam, Rien, La vie en rose, Milord), Georges Moustaki (Le métèque), Charles Aznavour (La Bohème), presentándonos así los grandes temas que evocan dichas canciones: el amor desenfrenado, dependiente y amargo, el alcohol, la prostitución, las estrecheces económicas del artista, el despecho y desengaño… todo aderezado con referencias al cielo de París, al Raval de Barcelona y como hilo conductor el magnífico acordéon de Joan Montada. Magnífico Víctor Vela, con esa barba y peinado que recordaban vagamente a Tolouse-Lautrec, así como Marina Xeix con su prodigiosa voz.

Cambios de vestuario y alternancia en los artistas, que se turnan en las canciones, así como una acertadísima iluminación que conforman una obra emotiva, una pequeña joya que constituye un magnífico contrapunto al ajetreo diario y que es imposible que nos deje indiferentes.

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PROS DE LA OBRA: La acertadísima combinación de música, canto e interpretación alterna de los protagonistas, crea una atmósfera intimista, evocadora, que nos transporta con convicción a una buhardilla parisina donde todo y nada es posible…

CONTRAS:  Por enumerar alguno, tal vez el canto pone de relieve una cierta diferencia de niveles musicales, siquiera perceptible.

La obra estará solo hasta este fin de semana del 24 de septiembre en el Àtic22 del Tantarantana y la recomendamos a los amantes de la bohemia y de la música francesa.

Ignasi y Laura.

Web del Teatre Tantarantana – Información sobre “La Bohèmia”

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