Archivo mensual: junio 2013

Black Sabbath: De vuelta a los orígenes del heavy metal.

Casi como consecuencia directa de nuestra última entrada dedicada a los formatos físicos de la música en la actualidad, os hablamos esta vez del sonado regreso de una de las bandas referentes dentro de la música popular del último medio siglo: Black Sabbath.

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Black Sabbath se formaron en la ciudad industrial de Birmingham (Inglaterra) en 1968. Los miembros originales del grupo, Ozzy Osbourne (cantante), Tony Iommi (guitarrista), Geezer Butler (bajo) y Bill Ward (batería), se unieron tras varias experiencias fallidas en distintas formaciones. En un principio la banda se llamaba Earth, pero al descubrir que existía otro grupo con ese nombre, decidieron cambiarlo por Black Sabbath, título de una película de terror protagonizada por el mítico Boris Karloff. En sus primerizos ensayos, Black Sabbath eran esencialmente una banda de blues-rock, pero muy pronto orientaron ese sonido hacia algo más denso y oscuro. La que podríamos considerar primera canción oficial del grupo, titulada como la misma banda, fue compuesta por Geezer Butler inspirándose en el escritor ocultista Dennis Wheatley. Fue el inicio de una aventura musical sobre la cual podemos considerar que se cimentó la esencia de todo un género: el heavy-metal.

A finales de 1969 se publicó el primer single de la banda, “Evil Woman”, y en enero de 1970 se lanzó el álbum homónimo “Black Sabbath”, obteniendo rápidamente un gran éxito comercial que no fue acompañado por el reconocimiento de la crítica. De hecho, durante muchos años buena parte de la crítica musical fue especialmente dura con la formación, si bien de un tiempo a esta parte, ya casi nadie se atreve a cuestionar la importancia capital del grupo dentro del desarrollo de la música popular moderna. Y es que, más que nunca, la influencia de la banda llega a oírse en múltiples artistas de los más variopintos estilos, desde el metal más experimental hasta el stoner rock pasando incluso por la música drone y otros subgéneros de la electrónica.

A “Black Sabbath” le siguió “Paranoid” (1972), posiblemente su disco más popular. Inicialmente, el álbum iba a titularse como una de sus canciones, “War pigs”, tema que criticaba la guerra de Vietnam. Finalmente, la compañía discográfica decidió cambiar el título del disco por temor a la reacción que podía suscitar entre los partidarios de la intervención militar en el conflicto. Con todo, el trabajo fue un gran éxito gracias a canciones como la mencionada “War pigs”, “Iron man”, “Paranoid” o la preciosa “Planet Caravan”.

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Durante la primera mitad de los años setenta, Black Sabbath siguió editando discos que podemos considerar imprescindibles. Es el caso de “Master of reality” (1971) y “Vol.4”(1972) que continuaban profundizando en las esencias del heavy-blues-rock oscuro que identificó inicialmente a la banda, si bien el segundo mencionado contenía una mayor instrumentación (pianos, instrumentos de cuerda) de lo habitual. En “Sabbath Bloody Sabbath” (1973) se abrieron definitivamente a otras influencias como el folk o el jazz, y a sonidos más progresivos, algo que siguió cuajando en el siguiente álbum “Sabotage”(1975) . A partir de ahí, la banda entra en cierta decadencia debido en buena parte a trifulcas entre los miembros del grupo así como a las consecuencias de las adicciones y excesos que caracterizaban la vida de éstos por aquellos años, especialmente de su histriónico cantante, el simpar Ozzy Osbourne. Con todo, los dos últimos discos que grabaron con éste, “Tecnical Ecstasy” (1976) y “Never Say Die” (1978) no son del todo desdeñables, pero sí resultan muy inferiores a sus predecesores.

En 1979, Ozzy es despedido del grupo, siendo substituido por Ronnie James Dio, antiguo miembro de la banda Rainbow. Dio, excelente cantante, hizo virar la dirección del grupo a lo que se entiende normalmente como Heavy Metal clásico, un estilo que, en aquellos años (principios de los 80s) llegaría a su máxima popularidad gracias al éxito de bandas señeras del género como Iron Maiden, Judas Priest o el propio Ozzy Osbourne en solitario. Con Ronnie James Dio, Black Sabbath graban dos buenos discos, “Heaven and hell” (1980) y “Mob rules” (1981), aunque la banda cambiaría de nuevo de cantante después de la edición del segundo, siendo Ian Gillian, ex Deep Purple, el elegido en esta ocasión.

Desde ese momento, el grupo pasa por distintos cambios y vicisitudes hasta que hace algo más de un año supimos que la formación original de Black Sabbath se iba a reunir para grabar un nuevo álbum, el primero de la alineación en 35 años. Finalmente, la reunión no ha sido completa ya que el batería del grupo, Bill Ward, no llegó a un acuerdo con el resto de miembros de la banda, siendo substituido en el estudio por Brad Wilk, batería de Rage Against The Machine. El disco, producido por el inefable Rick Rubin (Jonny Cash, Tom Petty, Red Hot Chili Peppers…), supone el regreso a la esencia del grupo; ese heavy-blues-rock que caracterizaba el sonido primigenio de la formación del que ya hemos hablado, llevado aquí un poco más allá con estructuras complejas (impresionante el trabajo del guitarrista Tonny Iommi) y un sonido rotundo.

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En resumidas cuentas, “13” es un necesario ajuste de cuentas realizado por una banda que no siempre ha sido reconocida como merecía. Todo funciona admirablemente bien en este trabajo donde las canciones pueden recordar en algunos momentos a viejos logros (la inicial “End of Beginning” nos trae a la cabeza los primeros acordes de “Black Sabbath”, mientras que “Zeitgeist” nos hace pensar en “Planet Caravan” y “Loner” toma prestado un riff de guitarra de “N.I.B.), pero sin que uno tenga la sensación de que estamos ante un forzado auto homenaje, o que nos encontramos ante un simple ejercicio de nostalgia. Lejos de ello, “13”, que se ha colado sorprendentemente en los primeros puestos de venta en múltiples países, será recordado por muchos como uno de los lanzamientos discográficos esenciales del presente año.

Os dejamos con el vídeo de “God is dead”, primer single del álbum. El video ha sido realizado por el cineasta y activista social Peter Joseph (vale la pena ver su, fácilmente localizable por internet, documental “Zeitgeist”, dividido en varias partes, y que cuestiona seriamente el papel de la religión a lo largo de la historia y en la sociedad actual). Y es que, como ya ocurriera en los tiempos de “War Pigs” (una canción cuyo mensaje, por cierto, continúa siendo lamentablemente vigente) el compromiso de la banda, creemos que nada forzado, sigue estando muy presente en su creación artística.

Ricard.

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Sobre el formato físico de la música y otras cosas del querer.

Afirmaba recientemente en el periódico La Vanguardia el conocido disc-jokey Laurent Garnier, quien hace unos días actuó en el festival Sonar de Barcelona, que “siempre habrá objetos de amor como los discos y los libros”. Garnier se refería concretamente a una subida considerable de la venta de música en formato físico, y muy especialmente de los discos de vinilo, en su país, Francia. Afirmaba incluso que la venta de música en ese soporte y también en CD, tenía un claro porvenir, y que abrir una tienda de discos ahora no era, en absoluto, un mal negocio.

Pese a no ser un gran aficionado a la música electrónica, me llamaron poderosamente la atención éstas y otras declaraciones de Garnier. Ciertamente, en su país y en otros lugares como los Estados Unidos, ha habido un cierto repunte de la venta de discos (en el segundo país mencionado, sobre todo por lo que se refiere a descargas legales) de un tiempo corto a esta parte, y muy especialmente se ha notado el resurgir del formato de vinilo, algo que, más allá de círculos de coleccionistas, parecía completamente extinguido. También en un estado como el español, hemos visto reaparecer el disco de vinilo, de manera que, en grandes superficies dedicadas a la venta de productos culturales o en tiendas especializadas en música, las secciones dedicadas a este soporte son cada vez menos marginales.

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Con todo, resulta difícil ser tan optimista como Garnier por lo que se refiere a un posible repunte realmente sensible de la venta de música en formato físico, al menos en nuestro país. Posiblemente aquí se junten todas las condiciones para que eso no suceda: unos precios exageradamente altos, apuntalados por la subida del IVA al 21%, una crisis exacerbada que ha menguado considerablemente la capacidad adquisitiva de amplias franjas de población y, por qué no decirlo, un sociedad cuya mirada sobre los productos culturales oscila demasiadas veces entre la indiferencia y una cierta condescendía que llega a categorizar como mero entretenimiento el trabajo de los artistas. A mejorar la situación no ayuda nada el evidente afán recaudatorio del actual gobierno, ni tampoco de las sociedades de autores que, en demasiadas ocasiones, han actuado de forma, cuanto menos, sospechosamente opaca.

De todas formas, nosotros seguimos reivindicando el formato físico de la música, sin desdeñar ningún posible nuevo canal de acceso a ésta como las descargas digitales o las plataformas de música on-line como Spotify. Lo decía el periodista Juanjo Ordás, colaborador en medios como la revista Popular 1 o Efe Eme, en un reciente artículo en el que se refería a la inminente aparición de un nuevo álbum de la formación original de Black Sabbath, pionera en el género del Heavy-Rock: “Es necesario acariciarlo, tocarlo, mirar su portada todas las veces que quieras, leer las letras, mirar las fotos… ¡Entenderlo como un objeto! ¿Descargarlo? Ni de broma.”

¿Y qué es lo que entendemos algunos por esa necesidad de poseer físicamente un disco (o un libro, o incluso, en algunos casos, una película)? Pues ni más ni menos que incorporarlo como un hecho natural a nuestras vidas, como un algo que nos acompañará durante un tramo del camino de nuestra existencia, o quizá todo ella, enriqueciéndola de una forma que, cualitativamente, no valorarán aquellos que se limiten a descargar compulsivamente música u otros productos culturales. Y es que un disco es algo que debería funcionar como un conjunto de elementos: un puñado de canciones que deben colocarse en el mejor orden posible para que se generen unos determinados estados de ánimo en el oyente, un sonido que uniformice en cierta forma ese trabajo aún y perteneciendo los cortes a distintos estilos, un concepto o idea que redondee de alguna manera nuestra percepción sobre esa creación, ayudándonos a interpretarla mejor…

Pese a todo, sabemos que muchas personas que puedan leer este texto podrán pensar que lo que dificulta realmente su acceso a la música en formato físico es lo ya apuntado en el tercer párrafo de este texto: ciertamente, la música (o el acceso a la cultura en general) puede resultar muy cara. No se ajusta a los paupérrimos (o a veces inexistentes) sueldos de tantas personas que, en un país en franca depresión como el nuestro, no tienen la posibilidad de invertir en ella. Pero incluso aquellos que sí pueden, no se plantean siquiera, en demasiadas ocasiones, que tras aquel disco, libro o película que se van a descargar, existe mucha ilusión y esfuerzo de sus creadores, y que, para que éstos puedan seguir generando cultura, precisan de una mínima retribución como la que merece cualquier trabajador.

En manos de todos, artistas, consumidores, distribuidores, responsables políticos, etc, está crear los mecanismos y estructuras necesarias que nos lleven a un verdadero equilibrio en el consumo cultural en este país, que pueda satisfacer a una gran mayoría.

Ricard.

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“Deadwood”: Un western televisivo con múltiples lecturas.

deadwoodYa comentamos en nuestro espacio, a raíz de la entrada dedicada a la imprescindible “The Wire”, que nos encontramos en un momento de máximo esplendor por lo que se refiere al formato serializado de ficción televisiva. De esta coyuntura de gloria participan no solo series que han obtenido una gran popularidad entre el público, si no otras que han pasado más discretamente por la pantalla pero que con el tiempo han sido reivindicadas por crítica y grupos de espectadores, convirtiéndose en obras de culto. Si bien la serie que nos ocupa en esta ocasión sí obtuvo un más que aceptable éxito de audiencia (al menos en su país de producción, los Estados Unidos), el tiempo trascurrido desde la emisión de su último capítulo la ha colocado en esa situación de serie reverenciada por un público fiel que bien podríamos calificar de amplia minoría.

Como “The Wire”, “Deadwood” pertenece a esa factoría de increíble creatividad denominada HBO. Con el auspicio de este canal de cable, el guionista David Milch produjo la serie, escribiendo el argumento de casi toda ella. El resultado final se emitió en tres temporadas de 12 capítulos cada una, entre los años 2004 a 2006.

La serie está ambientada en la década de 1870 en el pueblo de Deadwood, situado en Dakota del Sur, en los momentos previos y posteriores a la anexión de este territorio por parte del estado de Dakota, perteneciente éste a la Unión (es decir, a los Estados Unidos de América). En la serie aparecen diversos personajes históricos como Seth Bullock, Wild Will Hickock, Calamity Jane, Wyat Earp o George Hearst. Todos ellos conforman, en cierta forma, el paisaje mítico de la conquista del oeste norteamericano por parte de colonos, mineros, buscadores de oro, comerciantes, jugadores, bandidos, justicieros y toda clase de aventureros.

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“Deadwood” destacó por su formato de novela-río por episodios (otro punto de conexión con “The Wire”) y lo increíblemente elaborado de sus guiones, tanto por lo que se refiere al perfil de sus personajes, totalmente multidimensionales, como a la imprevisibilidad de los acontecimientos que narra, así como a (sobre todo) sus afilados diálogos, a los que nos atreveríamos a calificar de shakesperianos (lo cual no deja de ser algo irónico, teniendo en cuenta que “Deadwood” es una serie en la que la mayoría de sus protagonistas sueltan tacos de manera casi constante). De hecho, y en opinión de quien firma este escrito, los diálogos de “Deadwood” superan incluso a los de la ya mencionada “The Wire”, o a otras series igualmente brillantes como “The Sopranos” o “Breaking Bad”, por citar algunas que me vienen fácilmente a la cabeza. Por eso sorprende ver que en una reciente encuesta realizada a guionistas de los Estados Unidos, en la que se debían elegir las series mejor escritas de la historia, “Deadwood” aparezca en una posición más bien discreta (34 de un total de 101 series).

En contra de “Deadwood” juega su final, un tanto en falso (sin que este comentario suponga una suerte de spoiler para los que no hayan visto la serie). Y es que ésta fue una producción que, al querer recrear una época pasada con puntilloso detallismo (a las virtudes de la serie ya descritas hay que añadir su excelente puesta en escena, fotografía y vestuario), resultó económicamente muy costosa. De todas formas, nos parece poco comprensible la decisión de HBO de darle conclusión (teniendo en cuenta su buena aceptación entre la audiencia), sin que se llegasen a cerrar del todo algunas de las tramas de su argumento. La idea inicial de la cadena de cable era que se realizaran dos películas que sirvieran como epílogo de la serie, pero lo cierto es que el tiempo ha ido pasando y resulta poco factible que, finalmente, esos films vayan a rodarse.

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Con todo lo dicho, si nos hemos decidido a hablar en este blog de “Deadwood” es (además de por su nivel técnico y artístico que la ponen al nivel de cualquier gran obra cultural contemporánea) por el hecho de que la consideramos, en cierta forma, una excelente metáfora sobre las dinámicas de poder, influencias e intereses que gobiernan, en otro contexto, nuestra época. Y es que el pueblo de Deadwood se revela como una suerte de microcosmos en el que se muestran las constantes propias de cualquier comunidad coetánea pretendidamente democrática en la que, en realidad, las autoridades públicas son meras marionetas al servicio de quienes regentan el verdadero poder. En este sentido, resulta especialmente memorable un momento, dentro de uno de los episodios de la primera temporada, en el cual se eligen, en una reunión improvisada en uno de los prostíbulos del pueblo, los máximos representantes de éste (alcalde, sheriff…) de manera que en las negociaciones que han de llevar a la anexión de la localidad al estado de Dakota, los enviados gubernamentales que deben dialogar en ellas tengan la percepción de que en la población existe algo parecido a un sistema sólido de ley y orden (algo que, en el fondo, está lejos de acontecer). De esta forma, quienes sustentan realmente el poder en el pueblo (y a menudo se pelean duramente y llegan a matar por mantenerlo), esquivan la posibilidad de que ese gobierno federal (tan corrupto como lo puedan ser la mayoría de supuestas autoridades de Deadwood) tenga la excusa legal de ser excesivamente intervencionista en los asuntos que conciernen a la localidad. “Más que los servicios que proporcione, lo que da vida a una organización es llevarse el dinero del pueblo, ya sea formal, informal o provisional” afirma cínicamente durante la reunión uno de los personajes, elegido, prácticamente a dedo, como alcalde de la población.

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De todas formas, y pese a las diferentes lecturas que achacamos a la serie, “Deadwood” no deja de ser una ficción que mantiene las constantes del género al que está adscrito: el western. Así, tenemos personajes realmente memorables (interpretados, por cierto, admirablemente) que responden al perfil arquetípico de las historias del oeste norteamericano que hemos contemplado normalmente en el cine, pero retratados con una mayor profundidad psicológica de lo habitual. Además, la serie mezcla con naturalidad drama, tragedia, humor (en ocasiones muy negro) y acción, incluyendo alguna escena de violencia especialmente escabrosa (nos viene a la cabeza la brutal pelea callejera que acontece en uno de los episodios de la última temporada).

“Deadwood” es, en fin, una serie excelente que vale la pena ver o recuperar de nuevo.

Ricard.

Os dejamos con un curioso vídeo-documental que hemos localizado, de algo más de diez minutos de duración, y que nos explica, de forma muy amena y didáctica, la historia de Deadwood:

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Julio Cortázar: 50 aniversario de “Rayuela”.

9788489666153“…para verte como yo quería, era necesario empezar por cerrar los ojos”. Esta frase, una de las muchas grandes citas que podríamos extraer de “Rayuela” de Julio Cortazar (Ixelles, 26 de agosto de 1914 – París, 12 de febrero de 1984), me viene siempre a la cabeza cuando se trata de rememorar la fuerte impresión que me dejó la primera lectura de la considerada obra cumbre (al menos novelística) del escritor argentino, y una de las más importantes en lengua castellana o, aún, de las letras universales, en el pasado siglo. Achaco un doble significado a la frase, más allá del que quería darle Cortázar en el contexto de su novela. Si la cita se refiere a la Maga, el principal personaje femenino del libro, y a la percepción que de ella tiene el protagonista de la obra, yo pienso en esa primera vívida sensación al terminar de leerla. La necesidad de cerrar los ojos y, durante unos instantes, abstraerme de todo para, de esa forma, lograr tener una visión más precisa de las piezas que, durante días y fruto de la lectura de la novela, habían revoloteado en mi cabeza. Era el momento de encajar esas piezas en mi mente y dar al conjunto de lo leído el significado que yo quería otorgarle.

Si la lectura de una buena novela puede suponer un necesario ejercicio de reconstrucción a posteriori sobre todo lo que se ha extraído de ella, Cortazar logró, gracias a la original estructura de su obra y a la sutil delicadeza de su prosa, otorgar una infinita gama de posibilidades en cuanto interpretación de lo leído, hasta un punto solo logrado en muy pocas ocasiones a lo largo de la historia, más o menos reciente, de la literatura (podría ser el caso de “El ruido y la furia” de Faulkner o, claro, el “Ulises” de Joyce).

Y es que, “Rayuela, ahora que se alcanzan los 50 años de su primera edición, nos sigue pareciendo tan innovadora y exuberante en cuanto a sus posibilidades de exégesis, que podemos decir que continua siendo un libro adelantado no ya a la literatura actual en su conjunto, si no, incluso, a la que tiene que venir, al menos en un futuro inmediato. Esta afirmación que algunos podrían considerar algo provocativa, es refrendada por el hecho que apenas nos viene a la cabeza (quizá por ignorancia, pues no podemos ser conocedores de todo lo mucho que se edita) algún libro o autor reciente que le ande a la zaga a la obra de Cortázar. Tan solo los malogrados David Foster Wallace o Roberto Bolaño y, quizá, unos pocos más, hayan podido alcanzar ese nivel en los últimos lustros. Y es que, como afirmaba recientemente el casi siempre afinado Luís Goytisolo, “hay (en la actualidad) novelistas con talento, pero con poco afán de innovación”.

CortazarComo se sabe, “Rayuela” consta de tres partes. La primera, denominada “Del lado de allá” y situada en Paris con un personaje llamado Horacio Oliveira como protagonista, es lineal y puede leerse de forma seguida de manera que funciona como una narración de características clásicas más o menos convencionales. La segunda parte, titulada “Del lado de acá”, coloca al personaje central en Buenos Aires, de donde es originario. Se puede considerar, sin más, la continuación del primer tramo de la novela, de forma que, leídas una detrás de otra, ambas partes configuran un sólido retrato de los personajes que pueblan el libro y de los ambientes en que se mueven, además de un tratado de buen hacer literario en su aspecto formal. Podemos, pues, leer esas dos partes seguidas (y de hecho, conviene hacerlo alguna vez para un mayor entendimiento de la novela), pero al final de los capítulos el autor nos sugiere el salto a otros (la mayoría muy cortos) que se encuentran en la tercera parte del libro titulada “De otros lados”. Al final de estos capítulos, se indica el salto a otro capítulo más avanzado o anterior dentro de esa tercera parte, o la vuelta al punto en que se había interrumpido la narración lineal. Una vez continuada ésta, volvemos a tener la posibilidad de leer lo que podríamos considerar la historia convencional para, más tarde, tener de nuevo la opción de dar un salto hacia adelante y leer alguno de esos capítulos que complementan o enriquecen la obra, dándole al conjunto una cierta forma de collage literario.

En definitiva, Cortázar estructuró su libro de forma que el lector pudiera ser especialmente activo, o incluso proactivo (¿porqué no ordenar la lectura de la novela al gusto de uno?) recreando libremente lo leído y configurando, como ya habíamos indicado al principio, una visión sobre la obra que, finalmente, puede ser totalmente personal e intransferible.

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En el momento de su publicación, “Rayuela” fue ya un gran acontecimiento del que no fue ajeno el llamado boom literario latinoamericano que, por aquellos tiempos, se encontraba en su máximo apogeo. Cierto es que, en la actualidad, hay corrientes críticas o autores que son muy severos a la hora de enjuiciar la obra. Le achacan a la novela un exceso de solemnidad y/o sensiblería en el tono narrativo, o haber sido superada claramente en su estructura (algo que el ya mencionado Luís Goytisolo, probablemente, pondría en tela de juicio). Ciertamente, no vamos a negar que “Rayuela” es de esas obras que algunos podemos tender a idealizar en cierta forma por haber sido lectura de juventud, del tipo que crea un canon especial que podríamos considerar intocable. Pero lo cierto es que una nueva relectura del libro, realizada recientemente, me hace seguir valorando a la novela como una obra de una estructura formal tan profusa y una expresividad literaria tan cautivadora, que no puedo más que animar a nuestro lectores a dejarse llevar (en primera instancia o de nuevo) por ese juego eterno que Julio Cortázar nos propusiera por primera vez hace ahora justamente 50 años.

Ricard.

Os dejamos con un vídeo en el que podemos ver completa la apasionante entrevista que se le hizo a Julio Cortazar dentro del programa “A fondo” de Televisión Española en 1977. Un documento impagable para todos los seguidores del autor, al alcance (por obra y gracia de internet) de cualquiera:

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