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Ryan Adams: Notable artesanía rock.

Dentro del interesante cartel del Festival Cruïlla que se va a celebrar en Barcelona el próximo mes de julio, destaca para nosotros el nombre de Ryan Adams, quien vendrá a presentar su último disco “Prisioner”.

Músico incontinente donde los haya (suma ya una veintena de álbumes en poco más de 20 años si contamos los que grabó con su primera banda Wiskeytown), Adams se ha caracterizado por poner en primera línea un estilo de rock enraizado en el country, el folk, o el blues (eso que algunos denominarían “Americana”), deudor de gigantes de este estilo como Bruce Springsteen o Tom Petty.

Si bien ninguno de los álbumes que ha publicado el músico nacido en 1974 en Jacksonville (Florida) se puede comparar a las grandes obras de los antes mencionados, sí se puede estimar la carrera de Adams, vista en perspectiva, como más que interesante, siendo probablemente sus primeros trabajos en solitario, “Heartbreaker” (2000) y “Gold” (2001), los que más siguen destacando de su dilatada discografía. Además, se puede considerar que ha sabido cultivarse una cierta imagen cool (algo parecido a lo logrado por un artista de similar edad y características estilísticas, aunque a la postre más personal en lo musical como es Jack White), que lo hacen atractivo para muy distintos tipos de público: desde el más indie al más rockero, y desde el más joven al más maduro que puede tener como referencias musicales clásicas los nombres mencionados en el párrafo anterior.

En su último lanzamiento observamos que se subraya un cierto giro estilístico que empezó a vislumbrarse en su disco homónimo “Ryan Adams” (2015) y que siguió configurándose en el curioso “1989” (2015), álbum que versionaba íntegramente el disco del mismo nombre de la estrella del Pop Taylor Swift. Nos referimos sobre todo a un trabajo de producción que nos hace pensar inevitablemente en los años 80: desde el Springsteen de “Born in the USA” (1984) o “Tunnel of love” (1987), a (por qué no decirlo) los primeros álbumes de Bryan Adams; títulos nada desdeñables como “Cuts like a Knife” (1983), “Reckless” (1984), o “Into the fire” (1987). Tampoco es gratuito comparar lo que hace Ryan Adams en la actualidad con bandas del estilo de The War on Drugs.

En cualquier caso, “Prisioner” se inspira en la tormentosa ruptura amorosa sufrida por el músico de Florida recientemente, así como por ciertos problemas de salud que le han mantenido en vilo de un tiempo a esta parte, siendo el tono general del trabajo más bien melancólico, aunque no exento de músculo rockero. En este sentido, hay en el álbum canciones muy asequibles, con cierto aroma AOR, como el primer single “Do you still love me?”, o “Anything I say to you now”. También cortes que se acercan al pop y que nos pueden recordar un tanto a The Smiths como es el caso de la canción que da nombre al disco: “Prisioner”. Por otro lado, temas como “Shiver and shake”, “Breakdown” o “Broken anyway” son de esos que crecen con las escuchas, y que pertenecen a un compositor que forma parte de esa estirpe de músicos que podríamos considerar brillantes artesanos del rock.

En suma, un trabajo variado, muy compensado y que podríamos incluir ya entre la media docena de títulos más destacables de su autor. Ahora solo queda corroborar las nuevas canciones en directo. Nuestra ocasión de escucharlas en tal tesitura, como hemos dicho, será en el próximo Festival Cruïlla, a celebrar en Barcelona los días 7, 8 y 9 de julio.

Ricard.

Para más información sobre el Festival Cruïlla Barcelona clica abajo:

Web del Cruïlla

Os dejamos con el vídeo de presentación del último disco de Ryan Adams:

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“Molt soroll per res”: Eternamente enamorados de Shakesperare.

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En el Àtic22 del Teatre Tantarantana se puede ver estos días una adaptación de “Molt soroll per res”, inmarchitable comedia de William Shakespeare, adaptada en esta ocasión a una puesta en escena casi minimalista como corresponde al espacio donde se representa.

Con tan solo 4 personajes en el escenario, interpretados de forma entregada por Anna Bertran, Eloi Gomez, Oscar Romera y Marantònia Salas (Cia Amyralira), el espectáculo va al hueso de la obra; esto es, las vicisitudes amorosas de 2 parejas, incomunicaciones, equívocos, malentendidos, rupturas y reconciliaciones, mostradas de forma ligera y alegre (la mayor parte del tiempo), con el ingenio textual propio del gran bardo inglés.

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Siendo un trabajo de pequeño formato, cabe destacar la manera tan inteligente y francamente divertida o incluso poética en que se utilizan los pocos medios escénicos que vemos: una simple bolsa de plástico, unas velas artificiales, unas sombras proyectadas por detrás de un gran paraguas blanco… Debemos achacar buena parte del mérito de ello a la ajustada dirección de Gemma Sangerman.

También queremos destacar la hermosa traducción al catalán de Salvador Oliva que pone en solfa todos los matices y juegos de significados del texto original, añadiendo más profundidad a los 4 personajes en escena, y otorgando si cabe un mayor protagonismo a las intérpretes femeninas. En este sentido, constatamos una vez más la imperturbable modernidad de la obra shakesperiana, siempre adaptable a los tiempos actuales en cualquier formato que uno pueda imaginar.

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Son trabajos como éste los que dan auténtico músculo cultural a una ciudad como Barcelona. Felicitamos a todos los participantes en este espectáculo que nos ha hecho pasar un gran rato y nos ha hecho recordar una vez más por qué estaremos eternamente enamorados de Shakespeare.

“Molt soroll per res” se puede ver hasta el próximo 2 de abril, aunque esperamos que se prorrogue o se vuelva a representar en el futuro. Os recomendamos encarecidamente que no os la perdáis.

Ricard.

Para más información clica abajo:

Web del Teatre Tantarantana – Información sobre “Molt soroll per res”

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“The night of”: Insuperable ficción televisiva.

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Ya hablamos hace algún tiempo de “Show me a hero”, miniserie de la cadena HBO (como hemos reiterado en diversas ocasiones en nuestro blog, famosa por estar tras la producción de series como “The sopranos”, “The wire”, “Juego de tronos” o más recientemente la irregular pero apreciable “Westworld”), y hoy enfocamos nuestra atención en otra ficción salida de esta gran factoría televisiva, referente ineludible en los últimos tres lustros largos en lo que tiene que ver con la producción audiovisual. Nos referimos a la extraordinaria “The night of”.

La mención inicial a “Show me a hero” no solo tiene que ver con el hecho que HBO esté detrás de las dos series; también comparten ambas producciones algunas particularidades. Para empezar se trata de series de una única temporada y con pocos episodios (6 en el caso de “Show me a hero”, 8 en el de “The night of”). Además, en ambas está clara la ambición de llegar más allá del mero entretenimiento y ser obras que radiografíen en cierta forma mucho de lo que está ocurriendo en el ámbito socio-político actual en los Estados Unidos, si bien “Show me a hero” se basa en un caso real acontecido en los años 80, mientras que “The night of” es una ficción total situada temporalmente en la actualidad.

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“The nigt of” es una serie que se inspira a su vez en otra producción televisiva, la británica “Criminal justice”, y ha sido ideada por Steve Zaillan y Richard Price, ambos con experiencia contrastada en el mundo del cine y la televisión. Inicialmente iba a estar protagonizada por el malogrado James Gandolfini, inolvidable Tony Soprano en la serie de las series (junto a “The wire”) “The sopranos”. Sin embargo, tras la desaparición del añorado actor (quien luce como productor ejecutivo a título póstumo en los preciosos títulos de crédito de la serie) se barajaron varios nombres para substituirlo, incluyendo alguno tan insigne como el de Robert de Niro. Sin embargo, la repleta agenda de De Niro, y la negativa de otros intérpretes, hizo que el papel fuese a caer finalmente en John Turturro, quien, pese a tener dudas en un principio sobre si aceptarlo o no, se acabó incorporando al elenco de actores y actrices que forman parte del esplendido reparto de la producción.

Hacemos referencia en particular a Turturro y a su protagonismo porque es sobre él y su personaje sobre lo que pivota buena parte del éxito artístico de “The night of”. Sin él y su increíble trabajo interpretativo, de deslumbrante naturalidad, probablemente la serie resultaría muchísimo menos interesante, y el tono de la realización, mucho más grave y denso de lo que acaba siendo para el espectador. Su abogado “buscavidas”, de tintes entre patéticos y entrañables, merece entrar de pleno en una galería de los grandes personajes de ficción de los últimos años, ya no televisivos, sino de cualquier medio en general.

El argumento de “The night of”, sobre el que no queremos alargarnos mucho, se centra en el caso de un estudiante neoyorkino, de ascendencia pakistaní, al que se acusa del brutal asesinato de una chica. Durante el primer episodio de la serie seremos testigos de las circunstancias que llevan al joven a la acusación, y cómo aparentemente parece tenerlo todo (pruebas, testimonios, agravantes) en contra. Al final de dicho episodio, aparece el personaje de Turturro, quien de forma prácticamente casual asumirá la defensa del chico.

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“The night of” sigue la estructura de una gran ficción clásica. Se diría que podría ser una película o una novela en ocho capítulos. Con una linealidad temporal absoluta pues, y una economía de medios narrativos total (dicho sea en el mejor sentido). Los personajes están perfectamente retratados en el guión de la serie y en su puesta en escena, algo, esto último, a lo que contribuye su reparto, empezando por el mencionado abogado de Turturro, y pasando por el estudiante acusado del crimen (el ascendente Riz Ahmed), el policía veterano que interpreta Bill Camp (otro de esos actores que, lejos de ser estrellas, no pasan inadvertidos en cualquier aparición en pantalla que hagan), la abogada de origen indio que encarna con un trabajo lleno de matices la británica (con raíces familiares en Sri-Lanka) Amara Karan, y el siempre imponente Michael K. Williams, a quien recordamos especialmente por su trabajo como el gánster homosexual Omar Little en “The Wire” y que aquí interpreta un personaje con puntos en común con aquél.

Con una espléndida fotografía que podríamos calificar de hiperrealista, deudora de aquellos grandes filmes de los años 70 firmados por directores de la talla de Martin Scorsese o Sydney Lumet, en los que, en parte, “The night of” parece inspirarse, y con una maravillosa banda sonora, la serie es ante todo una gran historia de intriga, con generosas dosis de drama (se diría que de ecos dostoievskianos) y ramalazos de comedia, que engancha irremediablemente al espectador casi desde el primer instante. Pero también, como hemos apuntado al principio al compararla con “Show me a hero”, tiene la ambición de retratar una sociedad (la norteamericana, pero en realidad podría ser casi cualquiera del mundo occidental; solo hay que ver lo que está ocurriendo actualmente en países como Holanda o Francia) en un estado permanente de histeria y paranoia, devorada por los mensajes de odio al diferente que han llevado al poder al más reaccionario y ultraconservador presidente de los Estados Unidos en toda su historia.

En definitiva, “The night of” es, sencillamente, una insuperable ficción televisiva. No os la perdáis.

Ricard.

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“Mirta en espera”: Gran espectáculo de pequeño formato.

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Barcelona es una ciudad en la que la oferta cultural oscila muchas veces entre lo que podríamos llamar cultura popular de calle, el gran evento “cool” a lo Primavera Sound, o la endogamia (especialmente en las artes escénicas) en cuanto se refiere a un circuito de creadores y público que parece retroalimentarse continuamente y que a menudo no permite ver que haya algo más que pueda ser igual o más interesante que las obras que ofrecen aquellos que podríamos llamar “sospechosos habituales”. Por eso no es sencillo sacar adelante espectáculos de pequeño formato como el que está llevando a cabo Ángela Palacios (Logroño, 1984), autora, actriz y desde hace dos años máxima responsable de la plataforma de creación multidisciplinar “Los espejos son para mirarse”, en el emblemático Teatre Llantiol de la calle Riereta.

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Mirta en espera”, que es como se titula la obra en cuestión, es en realidad un monólogo, con una única actriz pues en escena (aunque acompañada en algunas representaciones por una persona que traduce la obra a la lengua de signos; un hecho del que nos felicitamos), con ramalazos de musical (la propia Ángela interpreta las canciones), y con la mirada puesta también en el mundo de los clowns.

El personaje que se nos presenta es una actriz a la espera de un representante con el que se ha citado en un banco de algún punto de la ciudad. Durante el tiempo que está en el escenario sabremos de su vida, de sus esperanzas de ser reconocida algún día como una gran intérprete (con premio Oscar incluido), de sus sinsabores en el amor…

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Es “Mirta en espera” una obra con momentos de muy conseguida comicidad, pero en su interior subyace una cierta tristeza; la de los sueños rotos, el autoengaño, la incapacidad para comunicarse con otros, doblemente frustrante en el caso de alguien que precisamente quiere expresar emociones, sentimientos e ideas a los demás a través de su arte. Mirta es una actriz, pero cualquiera puede sentirse fácilmente identificada con ella, y en eso reside el éxito de la obra. En eso y en la chispeante interpretación de Ángela Palacios. No resulta nada fácil que un actor o actriz pueda sustentar por si solo una obra durante más de hora y cuarto sin que decrezca ni un momento el interés por parte del espectador sobre aquello que está viendo y escuchando. Si hay justicia en este mundo, le auguramos un gran futuro profesional a Ángela; está claro que talento, tanto como autora como intérprete, lo tiene a raudales.

Ricard.

Os invitamos a asistir a alguna de las pocas representaciones que aún quedan de la obra en el Llantiol, y así mismo a conocer más de Ángela Palacios y de su proyecto “Los espejos son para mirarse”, clicando en los enlaces que encontraréis a continuación:

Web de “Los espejos son para mirarse”

Web de Ángela Palacios

Web del Teatre Llantiol-Información sobre “Mirta a la espera”

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“Americana”: El Festival de Cine Independiente Norteamericano de Barcelona se consolida en su cuarta edición.

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Algunos podrían discutir la necesidad de crear un festival de cine norteamericano en Barcelona estando como están las salas de proyección de la ciudad copadas por títulos procedentes de los Estados Unidos. Lo cierto es que el interés real que puedan tener dichas producciones en muchas ocasiones resulta poco menos que nulo, mientras que muchos trabajos creados en ese país que no han sido auspiciados por un gran estudio/productora apenas si llegan a tener distribución aquí, o si la tienen, se entrenan en muy pocas salas, con apenas promoción y normalmente duran muy poco tiempo en pantalla. De allí que nos felicitemos de la consolidación de un festival como el “Americana” en el que se pueden ver películas muy atractivas a priori que no han tenido la posibilidad de ser estrenadas en nuestra ciudad, u otras que quizá lo serán en el futuro pero que ya podremos disfrutar a modo de pre-estreno.

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Fotograma de “Certain women”

De la misma forma que en ediciones pasadas, el festival ordena su programación con diversas secciones: por segundo año tenemos la sección DOCS, dedicada al documental, donde destacan títulos como “The JT Leroy Story” de Jeff Feuerzeig, o “Life animated” de Roger Ross Williams;  SHORTS, en la que se podrán ver diversos cortos; NEXT, que sigue dando a conocer nuevos talentos y en la que este año se podrán ver films como “Donald Cried” de Kristopher Avedisian (película financiada por micromecenazgo) o la animada “My entire high school sinking  into the sea” de Dash Shaw; y TOPS, con proyecciones de títulos ya vistos en otros festivales como puedan ser “Certain women” de Kelly Reichardt con actrices del calibre de Michelle Williams o Kristen Stewart, “Christine” de Antonio Campos, con una, dicen que impresionante, Rebecca Hall, o “Swis army man” de Dan Kwan y Daniel Scheinert, con las interpretaciones de los más que consolidados Paul Dano y Daniel Radcliffe.

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Fotograma de “Swis army man”

Así mismo, este año existe una sección de proyecciones gratuitas y destacamos actividades paralelas como pueda ser el taller “El crítico de cine al desnudo”, o el seminario “Funambulistas americanos” donde se reflexiona sobre qué es lo que se entiende por cine “indie” norteamericano.

Una programación de proyecciones y actividades pues más que atrayente que hará que, como decíamos al principio, ésta sea la edición de consolidación de un festival decididamente indispensable.

Ricard.

Os dejamos con un ingenioso (como lo fue el de la anterior edición) vídeo-presentación del Festival, y un enlace a la web de éste donde podréis ver la parrilla de programación con los horarios de las proyecciones (la mayoría de ellas en el Cine Girona) de todas las películas que pasarán por el evento:

Web del Americana Film Fest

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Nirvana: 25 aniversario de “Nevermind”. Sigue importando.

¿Cómo afrontar la revisión de una obra sobre la que se han vertido y se seguirán vertiendo ríos de tinta? La mejor manera de hacerlo es desde lo personal. En mi caso, la primera imagen que acude a mi mente cuando pienso en un disco como el “Nevermind” de Nirvana es la de mi mismo sentado en una clase de la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Barcelona. Había acabado el COU y, a la espera de empezar el servicio militar obligatorio, acudía como oyente tanto a clases de Psicología como de Pedagogía con la idea de aclararme sobre cual de las dos carreras podía interesarme más si, una vez terminada la “mili”, me decidía a seguir estudiando como finalmente hice (para los curiosos, me decanté por Pedagogía). Fue allí donde entablé conversación espontanea con un estudiante de primer curso que llevaba su carpeta forrada con fotografías de grupos como Sex Pistols, The Clash, The Damned… “¿Has escuchado un grupo que se llama Nirvana?” me preguntó en un momento de la, para mí, apasionante charla que (ya os lo imaginaréis) versaba sobre el punk-rock. Como respuesta me encogí de hombros. Apenas hecho esto, y cuando mi contertuliano se disponía a darme algún tipo de explicación sobre quienes eran los tales Nirvana, apareció un profesor por la puerta, empezó a dar clase y, de esta manera, finalizó con cierta brusquedad ese diálogo musical que yo hubiese extendido hasta el infinito y que no tuvo continuación más tarde, sin que recuerde el motivo de ello.

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Apenas unos días después, un sábado al mediodía, me encontraba con un par de amigos en una tienda de discos, una de las muchas que por aquella época (situémonos definitivamente, finales de 1991) poblaban las calles del barrio gótico de Barcelona. En aquella pequeña y cerrada ágora para melómanos, un lugar (¡ay!) tan alejado en el tiempo (aquí no puedo evitar sentir cierta nostalgia), en las antípodas de los foros virtuales (redes sociales mediante) en los que se suele afrontar hoy en día el debate sobre lo musical, lo cultural y todo lo divino y humano,  fue donde escuché por primera vez “Smells like teen spirit”, canción escogida como primer single y que, de hecho, abría el que era segundo disco (primero para una multinacional, aunque entonces, lógicamente, no lo sabíamos) de Nirvana: “Nevermind”. “Tenéis que escuchar esto”, nos había dicho con evidente entusiasmo (creo recordar el brillo en sus ojos)  el tipo que se encontraba tras el mostrador de la tienda de discos hace años desaparecida que solía pinchar vinilos con un tocadiscos que se encontraba en un extremo de su lugar de trabajo. “¿Cómo se llama el grupo?” preguntó uno de mis colegas apenas transcurrido un minuto de la canción. “Nirvana”, respondió el vendedor. Me acordé entonces del nombre que había mencionado el estudiante con el que había conversado días atrás. Mi intervención en este momento es una frase memorable que debo transcribir tal cual: “Suena bien pero… esto no va a tener ningún éxito” (esta es una anécdota recurrente en mi vida, algo que he contado en múltiples ocasiones y que pongo como ejemplo de lo cortos de miras que podemos ser a veces). Ni que decir tiene que “Nevermind” se convirtió en pocas semanas en un fenómeno mundial, con millones de copias vendidas, propagándose además con mucha rapidez una suerte de histerismo colectivo que no solamente convirtió en hiperfamosos a los miembros de la banda que lo había creado (especialmente a su líder, Kurt Cobain), sino que catapultó a otras formaciones con influencias similares que probablemente sin el éxito de este disco no hubieran tenido la oportunidad de fichar para un gran sello, a los primeros puestos de ventas en todo el mundo, en lo que fue una (ciertamente difícil de prever poco tiempo antes) explosión de popularidad de lo que hasta entonces algunos denominábamos “rock alternativo”.

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¿Pero cómo se podía considerar “alternativo” algo que vendía millones de unidades? Nirvana aparecían continuamente en medios de comunicación convencionales, su música sonaba en cadenas de radio “mainstream” al estilo de los 40 principales…. Hasta aquellos compañeros de estudio que jamás habían mostrado el más mínimo interés por bandas que había escuchado durante mi adolescencia (The Replacements, Sonic Youth, Pixies), que bien se podían considerar en la órbita de lo que representaba a priori una banda como Nirvana y que, de hecho, habían influenciado claramente a Cobain y compañía, me preguntaban, al encontrarnos aquí o allá, por el grupo que había hecho popular el llamado sonido Seattle (ciudad de referencia del “grunge”, ese movimiento caracterizado por el desaliño estético y la angustia existencial que solían mostrar en las letras de sus canciones las bandas que se circunscribían a él), y me pedían recomendación sobre otras formaciones que pudieran sonar de manera similar.

Quizá por despecho a que hasta entonces no se hubiera prestado suficiente atención a esas bandas que tanto me habían gustado, no sentí en primera instancia una gran simpatía por Nirvana. Me gustaba muchísimo “Nevermind”. Durante un par o tres de años estuvo entre los discos que más escuché, claro está, pero en cierta forma tenía la sensación de que se había traicionado lo que podríamos llamar la ética del punk llevando esa clase de música a todo tipo de audiencias (recordemos que “Nevermind” superó en ventas al mismísimo Michael Jackson, que por entonces acababa igualmente de sacar un disco al mercado). Además, Kurt Cobain me parecía un tipo, por momentos, algo arrogante (una percepción absurda vista con la perspectiva que da el tiempo). Tonterías pseudoadolescentes por mi parte que, de forma brutal, con el trágico suicidio de Cobain en abril de 1994, se desvanecieron. En realidad “Nevermind” merecía todo el éxito que tuvo. Era (y es) un álbum brillante que aunaba en un sonido uniforme no solo influencias del punk y el rock alternativo, sino también del rock duro de inspiración setentera, el folk, y, desde luego, el pop (ese yeahhhh… tan beateliano de “Lithium”). Un trabajo sin mácula cargado de posibles singles, aunque siga destacando ese “Smells like teen spirit” con el que se abre el disco (ese mismo tema que, en mi opinión, no iba a triunfar) y que cargaba con oscura ironía contra la apatía de la llamada “Generación X”. Igualmente sobresalen canciones como la magnética “Como as you are”, la rotunda “In bloom”, la descaradamente punk “Territorial pissings”, la bella (en su sencillez) “Polly”, o la igualmente preciosa aunque lúgubre “Something in the way”. Mención aparte merece la acertadísima producción de Butch Vig, quien supo hacer relucir el buen material que había compuesto Kurt Cobain como probablemente nadie más lo hubiese podido hacer.

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Han pasado 25 años desde la edición de “Nevermind”. Hemos madurado (o eso queremos creer) y, evidentemente, nuestra capacidad para asombrarnos, para sentir el impacto de lo nuevo, ha disminuido con la experiencia, de forma que cuando escuchamos, vemos o leemos algo inédito, no tenemos tendencia a lanzar las campanas al vuelo como podíamos haberlo hecho antaño por muy gratificante que sea la experiencia. Puede que en parte sea por ello, pero no creo que haya mucha música hoy en día, al menos si nos circunscribimos al Rock o al Pop, música que alcance autentica relevancia entre las masas, que consideremos que pueda mirar de tú a tú a un álbum como “Nevermind”. La frescura, la sana mala leche, la fuerza de este disco, se mantienen incólumes. Sería tan necesario que en los tiempos que corren hubiera algo así. Seguimos echando tanto de menos a alguien como Kurt Cobain.

Decididamente, “Nevermind” sigue importando.

Ricard.

Os dejamos con un concierto completo de Nirvana:

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Michael Kiwanuka: Soul expansivo.

Aunque hace ya unos meses que se publicó, es ahora, coincidiendo con la pronta fecha de su concierto en Barcelona (16 de noviembre, Sala Bikini, en el marco del Festival Mil·leni), cuando hablamos aquí de uno de los discos que debemos considerar como firme candidato a encabezar las recurrentes listas de lo mejor del año que a final de cada temporada pueblan las publicaciones y webs musicales, así como aquellos medios, como el nuestro, en que se habla de cultura en general, siendo la música, obviamente, parte de ella. Nos referimos a “Love and hate”, segundo trabajo de Michel Kiwanuka (Londres, 1987).

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Kiwanuka se dio a conocer en 2012 con un primer álbum, “Home again”, en el que ya se apreciaba su talento para asimilar un estilo clásico como el soul (se le ha comparado a menudo con Ottis Redding o Marvin Gaye) y convertirlo en algo completamente personal, añadiendo ramalazos de folk o rock a sus canciones impregnadas de elegancia y sentimiento a partes iguales.

Sin embargo, no ha sido hasta la publicación, antes del verano, de su segundo larga duración, “Love and hate”, en que hemos visto plasmar todo el potencial que atesora el músico de ascendencia ugandesa. Y es que en este nuevo trabajo, Kiwanuka nos ha sorprendido con un sonido que parece querer expandirse de una forma similar a la entendida por bandas de rock progresivo como Pink Floyd, sin desmarcarse en ningún momento de sus raíces en la música negra, y añadiendo a todo ello una producción (en la que está metida Danger Mouse) que le da una pátina de modernidad bien entendida (un poco en la línea de lo que hizo la añorada Amy Winehouse) a la coctelera que maneja con mano maestra nuestro protagonista.

De esta forma, el disco se abre con un tema, “Cold Little heart”, de cerca de 10 minutos de duración, que es ya de por sí toda una declaración de intenciones, con una larga introducción puramente instrumental (salvo por algunos coros), que incluso nos puede llegar a recordar al genio de todo un Ennio Morricone. Después de eso, la canción deriva hacia un muy sentido, dolorido por momentos, canto de tintes épicos y espirituales, en la estela del mejor Ben Harper.

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En la misma línea se mueve otro de los momentos álgidos del álbum, el single que da título al disco, “Love and hate”, con un alargado solo de guitarra al final que nos hace pensar que el glorioso legado de Jimi Hendrix sigue presente entre las nuevas generaciones tantos años después de su desaparición.

Por otra parte, encontramos canciones más concisas, como el otro adelanto del álbum, “Black man in a white world”, de letra muy reivindicativa y con un gran sentido del ritmo, la bella “Rule the world”, o la pegadiza “One more night”, puro soul del siglo XXI.

En total son 10 canciones sin un solo momento de descenso en el nivel de las composiciones, aunque claramente destaque ese espectacular inicio que es “Cold Little heart”.

Un grandísimo disco, en suma, que os recomendamos fervientemente. Como decíamos al principio, en pocos días Michael Kiwanuka estará defendiendo sus nuevas canciones en directo en Barcelona, en un concierto que se nos antoja uno de los momentos especialmente remarcados del calendario musical en este año 2016 que encara ya su recta final.

Ricard.

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