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A Perfect Circle: Sugerente e irregular retorno.

Catorce años han transcurrido desde que A Perfect Circle publicaran su último trabajo, aquel curioso “Emotive” que contenía versiones de otros artistas con el lazo en común de tratarse de temas con contenido de denuncia política en sus letras. Desde entonces, silencio absoluto. Aunque eso no es algo que debería extrañar sobremanera a los seguidores de alguien como Maynard James Keenan, co-lider de la banda junto al guitarrista y compositor Billy Howerdel. Y es que la trayectoria de Keenan tanto con APC, como con su banda principal Tool, es harto irregular en cuanto a lanzamientos, dilatándose el tiempo entre estos muchísimo.

Sea como sea, “Eat the elephant”, que es como se llama el nuevo trabajo de la banda publicado hace unas semanas, complementa la corta discografía del grupo que consta del ya mencionado “Emotive”, un primer album (“Mer de noms”, 2000) realmente soberbio, y otro (“Thirteen Step”, 2003) más desigual aunque muy interesante.

Podríamos definir la música de A Perfect Circle como una versión más accesible, menos oscura, de Tool (Keenan los ha descrito alguna vez como la formación donde puede dar rienda suelta a la versión femenina de sí mismo, mientras que en Tool sería la masculina la que predominaría); es decir, que la música se mueve entre distintas influencias que van del Metal al Rock alternativo, pero con preeminencia de la melodía. Este “Eat the elephant” (de, por cierto, espantosa portada), apuesta aún más por ella que su predecesores, y por crear atmósferas que se desarrollan con parámetros parecidos a los que definen un estilo como el Rock progresivo.

Así tenemos canciones como la inicial “Eat the elephant”, o la que le sigue, el single “Disillusioned”, donde los teclados adquieren mayor importancia que las  guitarras en relación a trabajos anteriores, y se hace palpable una intención por parte de la banda de sumergir al oyente en un viaje sonoro de intensidad creciente que cristaliza en temas más potentes como el también single “The Doomed”, o “Talk Talk”. Se configura con ello una primera parte del disco realmente brillante.

El problema lo encontramos en lo que podemos llamar la cara B del álbum donde hallamos temas como “Hourglass” que más bien oscila entre el Nu-Metal y una especie de Pop de laboratorio mal cocinado, interludios instrumentales vacíos como “DLB”, o canciones que no llegan a ninguna parte en su experimentación como la final y muy aburrida “Get the lead out”.

El conjunto, pues, acaba convirtiendo este “Eat the Elephant” en un álbum tan sugerente (sobre todo, como ya hemos dicho, en su primera parte), como irregular por momentos, aunque podemos decir que el balance general del disco es bastante positivo.

Hemos querido comentar este álbum de A Perfect Circle porque la banda es una de las que encabeza el cartel del festival “Be Prog My Friend” que se celebra en Barcelona (Poble Espanyol) los días 29 y 30 de junio (estamos seguros de que su concierto superará el listón de su último trabajo), complementándose el evento con artistas del nivel de Steve Hackett (ex miembro de Genesis que suele basar sus conciertos en buena parte en el repertorio de la mítica banda en la que militaron Peter Gabriel o Phil Collins), los excelentes Baroness (uno de los grandes grupos de Rock de la actualidad), los muy inquietantes y creativos Oranssi Pazuzu, o esa especie de superbanda del Rock progresivo que atiende al nombre de Sons of Apollo. Una alineación de nombres, en suma, que configuran una muy atractiva invitación para pasar un gran fin de semana musical en Barcelona.

Ricard.

Web del festival Be Prog My Friend

Os dejamos con un par de vídeos del último disco de “A Perfect Circle”:

En el momento en que publicamos esta entrada nos enteramos de que Maynard James Keenan ha sido acusado de violación, algo que ha caído como un auténtico jarro de agua fría sobre todos los seguidores del artista. Al parecer, los hechos habrían acontecido hace ahora unos 18 años, durante una gira compartida junto a Nine Inch Nails, y habrían ocurrido en el autobús de gira de la formación, donde Keenan podría haber forzado a una joven fan casi 20 años menor que él. Desde nuestra absoluta solidaridad con las víctimas de violación (afortunadamente, cada vez son más las que se animan a denunciar este terrible delito cuando lo han sufrido, lo cual ha activado una cada vez mayor concienciación sobre la violencia de género en nuestra sociedad), nos atenemos a la legítima presunción de inocencia que merece cualquier persona, y al hecho que esta entrada está también dedicada a promocionar un festival donde tocan otros músicos y bandas que nada tienen que ver con este asunto, para mantener este post tal y como estaba previsto.

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Angel Olsen en Barcelona (Sala Barts, 09/05/18): Regreso al intimismo.

El pasado jueves la cantautora norteamericana Angel Olsen hizo honor al festival del cual iba a ser participe (Guitar BCN 2018) presentándose ante el público de la capital catalana con el instrumento al que hace referencia dicho evento, instrumento que no dejo en ningún momento de la velada y que fue su único acompañante durante ésta, pues la artista realizó su actuación sin banda.

Así pues, la cantante inauguró su concierto con “Sans”, corte incluido en su último disco publicado a finales del pasado año, el más que interesante “Phases”. En realidad, el mencionado álbum no es más que una colección de descartes y versiones varias que no había incluido en sus anteriores lanzamientos y que Olsen ha querido dar a conocer, consiguiendo, curiosamente, un trabajo de impecable conjunción.

Y es que las canciones de este disco funcionan muy bien tanto de forma individual como dentro de la secuencia que siguen en el álbum, de forma que en su conjunto, “Phases” no desmerece del resto de la discografía de una artista que, con su anterior trabajo (“My woman”, 2016) ha conseguido acercarse a un público bastante mayoritario que la había ignorado con sus dos primeras referencias (“Half way Home” de 2012, y “Burn your Fire for not Witness” de 2014).

Como si de una pequeña revancha por ello se tratara, tanto su último disco, como la gira que está realizando en la actualidad, vuelven a sacar el lado más intimista y melancólico de la músico, descartando, en el caso de sus actuaciones, los temas del más expansivo y por momentos incluso rockero “My woman”. De esta forma, Olsen parece querer dar a conocer a sus nuevos seguidores cuáles son sus raíces artísticas.

En cualquier caso, Angel Olsen consiguió encandilar al público que prácticamente abarrotaba la sala BARTS con canciones nuevas aún sin pulir, y una gran mayoría de su repertorio primigenio como “Some things cosmic”, “You are song”, “Lonely” o el díptico final en los bises con “Windows” y “White fire”, interpretadas a flor de piel con una voz que puede resultar tan potente como sutil, y una técnica a la guitarra nada desdeñable.

Al margen de la música, Olsen logró crear una sensación de calidez y cercanía con su audiencia gracias a sus ocurrencias contadas entre tema y tema (explicó que quería ir a la playa, comer pinchos y hablar de chicos con amigas como podría hacer cualquier otra joven, o invitó al público a seguir a su gata Violet por Instagram), que contribuyó a dejar con una sonrisa en la boca, una vez terminada la actuación, al respetable que se había acercado a la BARTS.

En resumen, una bonita velada que recordar, y que nos hizo refrendar nuestro interés por una artista de innegable personalidad.

Ricard.

Os dejamos con un concierto completo de esta gran artista, eso sí, en este caso con banda al completo:

Web de Angel Olsen

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“Perfectos desconocidos”: ¡Apaguen los móviles!

En un momento en que la cartelera cinematográfica está especialmente repleta de títulos interesantes, pero acaso muchos de ellos con temáticas bastante densas (nos vienen a la cabeza películas como la sueca “The square”, la griega “El sacrificio de una ciervo sagrado” o la norteamericana “En realidad nunca estuviste aquí”), se nos antojaba a priori como un divertimento más que apetecible “Perfectos desconocidos”, del director donostiarra Alex De la Iglesia, adaptación del film italiano que fue un taquillazo de público en el país transalpino la pasada temporada.

Con más de 2 millones de espectadores que la han visto ya según reza la publicidad que se le está haciendo actualmente a la película, y convertida pues también aquí en un gran éxito, lo cierto es que el visionado del film ha resultado ser más satisfactorio de lo esperado, sobre todo teniendo en cuenta que logra transcender el puro divertimento vodevilesco del que estábamos predispuestos a disfrutar.

La premisa de la película no podía ser más estimulante: un grupo de amigos, en la cuarentena la mayoría, decide juntarse una noche para cenar en casa de dos de ellos, proponiendo una de las congregadas dejar los móviles encima de la mesa para leer en voz alta los mensajes que reciban y escuchar conjuntamente las llamadas que vayan surgiendo. El juego, que en principio se les antoja como algo puramente jocoso, propiciará situaciones cada vez más comprometidas.

Alex De la Iglesia maneja con elegancia la cámara por un espacio casi único, el apartamento de los anfitriones, sorteando la tentación de convertir el film en una especie de obra de teatro filmada. Lejos de ello, “Perfectos desconocidos” es una película con todas las de la ley, que bascula entre la comedia de equívocos y un cierto tono dramático que se acentúa en su tramo final. A falta de haber visto el film original italiano, y desconociendo pues las diferencias que puedan existir con éste, añadiríamos además que el trabajo de De la Iglesia tiene la inteligencia de ir desgranando sutilmente ciertos elementos fantásticos que hacen que, al final, no nos sorprenda demasiado el giro en forma de fábula que tiene la historia.

Con todo lo dicho, nada en esta película podría funcionar bien sin el brillante trabajo de su reparto (perfectos, y nunca mejor dicho, todos y cada uno de los actores y actrices).

Película, en suma, fresca, francamente entretenida, y que pone sobre la mesa una cuestión de plena actualidad: la diferencia que existe entre nuestro yo público, lo privado y lo directamente oculto, en un momento en que las nuevas tecnologías dan pie fácil a eliminar las fronteras entre estas tres dimensiones del individuo.

Ricard.

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LUIS BREA Y EL MIEDO – Sala Almo2bar – Barcelona (24/11/17).

Luis Brea surgió hace unos años como un fenómeno costumbrista de las calles madrileñas de Malasaña o de Alcorcón. Sus letras y estéticas audaces hicieron de él el rey del underground musical madrileño. No parecía que el camino fuera muy largo. Más tarde se transformó, formó un grupo , que se hacen llamar El Miedo, y grabaron su primer album: “Luis Brea y el Miedo”. Letras más intimistas y rock de sonido en el que destaca su enorme producción.

Su segundo album , “Usted se encuentra aquí”, confirma el excelente momento del músico y su banda. Después de hacer explotar la Joy Eslava en Madrid, llegaron en el que es su primer directo en Barcelona de esta gira. En la sala Almo2bar, Luis Brea hizo vibrar a los presentes con un sonido tan duro como trabajado y un repertorio que sólo los presentes recordaremos.

Los versos de sus canciones se cuentan por sentimientos constantes: “perder la ilusión por todo es tenerla por cualquier cosa” reza en “Tres cruces” o “el arañazo de un recuerdo escuece todo el tiempo” en “La casa del misterio”. Pero su demoladora banda no hace más que potenciar y resaltar las bonitas melodías. Es la banda española del momento que ha venido para quedarse. Un concierto inolvidable que reclama repetir en aforos donde Luis explote, esta vez de forma escandalosa, en la capital catalana. Al tiempo. Algunos salimos con los ojos húmedos de la sala.

Jordi Martínez, autor de esta crónica, junto a Luis Brea.

Setlist :

  1. El kraken
  2. Amanece
  3. Como una ola
  4. Discotecas
  5. Más de veinte
  6. Pefecto
  7. Nueva generación
  8. Berlin
  9. La casa del misterio
  10. Mil razones
  11. Tres cruces
  12. Dicen Por ahí
  13. After Crisalida
  14. El verano del incendio
  15. Baso se escribe con V
  16. Automaticamente

Jordi Martinez.

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Joana Serrat: Conexión catalanoamericana.

Parece mentira pero con el disco que queremos comentar aquí, “Dripping springs”, Joana Serrat ha llegado ya a lanzar cuatro trabajos. Y es que, como dice el tópico, el tiempo pasa rápido. Del tiempo, y de otros temas universales con los que el común de los mortales se puede sentir fácilmente identificado, nos viene a hablar la de Vic en este álbum que no hace más que volver a ratificar su gran talento para firmar canciones repletas de autenticidad y belleza. Y es que Joana lo tenía difícil para volver a hechizarnos como lo hizo con su anterior y sobresaliente “Cross the verge” (2016), un trabajo justamente aupado entre los mejores de la cosecha nacional del pasado año, pero lo cierto es que su nuevo disco no le anda a la zaga.

El álbum ha sido lanzado por el sello de la propia cantautora, Great Canyon Records, al cual le debemos también la publicación de discos de artistas como Marta Delmont o Murdoc entre otros (aunque a nivel internacional ha sido el sello británico Loose Music quien se ha encargado de su edición), y lo ha producido todo un referente del sonido Americana como es Israel Nash. Además, en él han colaborado el ingeniero de sonido Ted Young (quien ha llegado a trabajar con los mismísimos Rolling Stones), y también músicos del calibre de Joey y Aaron McClellan, John Fleishmann o Dave Simonett entre otros.

Todo ello no es óbice para que lo que resalte ante todo en este disco sea la personalidad de Joana, quien sigue moviéndose como pez en el agua entre las brumosas aguas de un folk-neocountry ensoñador, que tanto parece poder mirar a Jonny Cash como a unos Beach House acústicos.

Desde el principio, con “Wester cold win” (título más que representativo), Joana marca la pauta de un trabajo del cual no podremos desviar la atención mientras esté sonando. Con una voz templada en la emoción contenida, y una producción que es pura filigrana, la canción crece a lo largo de su recorrido y nos prepara para otros temas que nos sumergen aún más en esa tierra de nadie entre su Vic natal y una América neblinosa y mágica que quizá no exista pero en la que muchos queremos creer pese a todos los sinsabores en forma de desconcertantes noticias que muchas veces nos llegan desde el otro lado del Atlántico.

Es desde ese territorio donde fertilizan canciones como la melancólica “Keep on falling”, la intensa “Farewell”, o la más enérgica “Come Closer”. Temas en general en los que, pese a su clasicismo, Joana no tiene miedo de buscar recovecos que los alejen de un excesiva previsibilidad, llegando, en algún caso, a lidiar incluso con un cierto toque progresivo como ocurre en la dilatada “Unnamed”. Canciones, en cualquier caso, que pese a su hipnótico sonido nos hablan, como ya hemos apuntado, de temas bien humanos como el paso del tiempo, la memoria de aquello que quedó atrás y la necesidad de continuar adelante pese a todo.

Aunque este trabajo es el más americano de cuantos ha lanzado hasta ahora (no en vano está grabado en Texas), uno le diría a Joana si pudiera que en el futuro no tenga miedo de desmadrarse y robustecer aún más su sonido como nos consta que hace en ocasiones en sus maravillosos conciertos. Personalmente me gustaría escuchar una Joana Serrat puramente rockera, en una onda que la acercase a bandas como Drive By-Truckers o incluso el Neil Young más eléctrico (aunque sabemos que es una gran fan del canadiense) sin que, por supuesto, dejara de lado su propia personalidad como artista. Pero no hay de que quejarse; mientras siga entregando trabajos tan bellos como este “Dripping spring” seguiremos creyendo ciegamente en ella.

Ricard.

Os dejamos con la canción que abre el disco:

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“Blade Runner 2049”: Hipnótico espectáculo.

Desde el momento en que se supo que iba a rodarse 35 años después de que fuese estrenada una secuela de la emblemática “Blade Runner” (1982), se generaron una serie de expectativas, alimentadas (cómo no) por las redes sociales, que han llevado a que el estreno hace apenas unos días de esta tardía segunda parte haya sido recibida con un nivel de ansiedad cinéfila poco dada a ver en los tiempos que corren. Sin ir más lejos, el que aquí firma se pasó una larga hora haciendo cola para entrar en un cine de Barcelona el sábado posterior a su estreno, algo que no recuerdo haber hecho desde aquellos lejanos tiempos de niñez y adolescencia en los que, dejando de lado la televisión o acaso los reproductores de vídeo, la forma habitual en que veíamos películas era en salas de cine, la mayoría de ellas de una sola pantalla, donde muy a menudo el estreno de determinados títulos era recibido como un auténtico acontecimiento, algo que muy raramente suele ocurrir en la actualidad. A la postre quizá la cosa no ha sido para tanto a tenor de las cifras de recaudación relativamente pobres que ha obtenido la película en Estados Unidos en sus primeros días de proyección.

Sea como sea, cuando me enteré de que se iba a realizar “Blade Runner 2049”, no pude más que tener una sensación de escepticismo. Es obvio que esa enorme maquinaria industrial que es Hollywood hace mucho tiempo que prefiere no arriesgar en proyectos de cierta originalidad y apuesta, en cambio, por secuelas que, en algunos casos (véase por ejemplo lo que está pasando con “Alien”) acaban casi malbaratando grandes títulos del cine popular. Aunque también se le puede dar la vuelta a esta idea y considerar que, precisamente, estas nuevas películas no hacen más que redimensionar el valor de los originales en los que están basados. Sea como sea, Blade Runner, como se sabe, film que dirigiera Ridley Scott basándose en un relato de Philip K. Dick, se me antoja una obra tan descomunal por si misma, que me resultaba extraña la idea de enfrentarme con una continuación tantos años después.

De entrada hay dos grandes aciertos que sí hay que reconocer en aquellos que pusieron en marcha el proyecto: alejarse temporalmente del momento en que terminaba la anterior película (algo, de todas formas, inevitable si se quería incluir personajes icónicos que aparecían en el film original, dado que los actores que los interpretan, obviamente, han envejecido) y escoger un gran director actual como es el canadiense Denis Villeneuve para llevar adelante el trabajo.

Debo decir que Villeneuve, realizador al que debemos títulos del mérito de “Prisioneros” (2013), “Sicario” (2015) o “La llegada” (2016) (película, esta última, que muchos consideran ya un referente del cine de ciencia ficción moderno), ha estado a la altura de la responsabilidad que se le ha dado, y ha conseguido crear un film en el que, sin duda, ha dejado su propia huella como autor.

Como hemos apuntado y como de hecho indica el título de la película, la historia de esta secuela ocurre bastantes años después de la original. Nos encontramos con un replicante (ya se sabe, una suerte de androide) de nombre K (interpretado por un acertado Ryan Gosling) que ejerce como Blade Runner, es decir, se dedica a “retirar” (eufemísticamente hablando) a otros replicantes como él que han decidido ejercer el libre albedrio en contra de lo que se considera legalmente establecido. El mismo trabajo, pues, que tenía Rick Deckard, el personaje (en principio humano) de Harrison Ford en la película que él protagonizaba. En uno de sus encargos, K se enterará de algo que trastocará completamente los principios de programación con los que actúa, y empezará una historia de descubrimiento que tiene tanto de detectivesco como de proceso existencial. En este sentido, las grandes preguntas que planteaba el film original, y que no son otras que los grandes interrogantes que acarrea la existencia humana (¿quién soy yo? ¿cuál es el sentido de mi existencia? ¿hay algo más después de esta vida?), continúan presentes, unidos a otros que tienen que ver no ya con el futuro, si no con nuestro mundo actual (aspectos relacionados con la clonación, la realidad virtual…).

Villeneuve no descuida la parte de gran espectáculo que necesariamente tenía que tener la película. Todo lo contrario, “Blade Runner” es un film deslumbrante en su apartado visual y sonoro. Un trabajo de gran belleza formal que, ineludiblemente, hay que disfrutar en una sala de cine bien equipada tecnológicamente. Otra cosa bien distinta es que la película consiga llegar emocionalmente al espectador más allá de la capacidad de epatar que tengan sus poderosas imágenes. En este sentido, Villenueve juega básicamente con dos cartas: la aparición esporádica de viejos personajes (con, lógicamente, el que encarna un excelente Harrison Ford a la cabeza) que activa la nostalgia del espectador, y la relación que se establece entre el protagonista que personifica Gosling y una suerte de novia virtual interpretada por una sorprendente Ana de Armas. Es en dicha relación donde aparece la emoción autentica que se echa mucho de menos en buena parte del film. En este sentido, los villanos, encarnados por un excesivamente solemne Jared Leto, y una mucho más interesante Sylvia Hoeks, capaz de pasar de la fragilidad emocional a mostrarse francamente amenazadora en apenas un instante, quedan algo a medias si se trata de ofrecer al relato el contrapunto necesario que lleve a su héroe central a una evolución completamente verosímil. Tampoco nos parece que la relación que se establece entre éste y el personaje que interpreta Robin Wright (una actriz a la que, en cualquier caso, siempre agradecemos ver en pantalla) acabe de estar del todo bien definida.  También nos hubiera gustado que se hubiera desarrollado un poco más el personaje de la científica que encarna Carla Juri, joven intérprete de magnética presencia en pantalla cuya carrera habrá que seguir con interés. Igualmente, creemos que el personaje que encarna con solvencia Mackenzie Davis (vista anteriormente en uno de los episodios de la imprescindible serie “Black mirror”), se queda un poco cojo.

Con todo, hay que decir que no lo tenían nada fácil Hampton Fancher y Michael Green, los guionistas de la película, para llevar a buen puerto un proyecto de las dimensiones que se traían entre manos. El resultado, como hemos apuntado, es algo desigual, pero mantiene la esencia del film original. En el apartado técnico, la fotografía de Roger Deakins resulta portentosa, y tampoco está nada mal la música de Hans Zimmer y Benjamin Wallfisch, inevitablemente, muy en la estela de Vangelis.

En suma, Denis Villeneuve ha conseguido realizar una película quizá no perfecta pero sí a la altura de esas expectativas a las que nos referíamos al principio, hipnótica y de gran calado intelectual, con suficientes matices como para que, quizá, lleguemos a apreciarla incluso más con el paso del tiempo como, de hecho, ya nos pasó con el film en cuyo distópico mundo vuelve a sumergirnos.

Ricard con la colaboración de Laura Clemente.

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Alberto Manguel: Resonancias Borgianas.

Alberto Manguel (Buenos Aires, 1948), escritor, traductor y editor argentino-canadiense, es un autor por el que sentimos especial debilidad quienes hacemos posible este blog, y hace mucho tiempo que queríamos dedicarle una entrada.

Han llegado a nuestras manos dos de sus obras reeditadas en marzo del presente año por la muy interesante editorial Navona (NVN) dentro de su colección “Compactos”: se tratan de “El amante extremadamente puntilloso” y “El regreso”, dos novelas cortas (o si se quiere, dos relatos largos) de resonancias borgianas que resultan bastante representativas del estilo del escritor.

El regreso”, publicada inicialmente en 2005, se centra en Nestor Fabris, un ex militante político que regresa a Buenos Aires tras treinta años de exilio en Italia para asistir a la boda de un ahijado al que ni siquiera conoce. La ciudad a la que regresa se convertirá en un lugar espectral, desconocido para él, y en el que irá tropezando con antiguos camaradas ya muertos o desaparecidos con los que revisitará su propio pasado.

El amante extremadamente puntilloso” (2006), nos cuenta la historia de un personaje,  Anatole, supuestamente real, nacido en Poitiers (Francia) a finales del siglo XIX, trabajador de una casa de baños y aficionado a la fotografía de la cual extrae un desahogo a sus necesidades estéticas y eróticas. Su figura está vista a partir de una reconstrucción casi periodística aunque nos movamos en un marco de ficción total.

Tienen estas dos obras, como hemos dicho, algo de las formas conceptuales y laberínticas con las que nos encontramos al leer a Borges (autor al que, por cierto, Manguel llegó a conocer e incluso le hizo de lector en su juventud cuando el gran escritor argentino ya estaba completamente ciego), aunque al mismo tiempo se trata de dos libros de lectura ligera (en el mejor sentido de la palabra), que nos retrotraen también a la mejor literatura clásica, desde Stevenson a Kafka, y nos devuelven de nuevo, en cierta forma, ese enorme placer que sentimos en nuestra iniciación como lectores al adentrarnos en el universo literario de dichos autores u otros muchos que podríamos llegar a mentar aquí. Destacan también en estos dos títulos un gran sentido de la ironía que Manguel maneja como nadie, una capacidad para generar inquietud en el lector muy particular, y un estilo de escritura maravillosamente pulcro, ajustado al máximo a aquello que se quiere transmitir.

Siendo, como hemos dicho, un escritor argentino-canadiense, Alberto Manguel ha ido compaginando a lo largo de su carrera el inglés y el castellano, en la que es ya una riquísima obra trufada de premios y reconocimientos. Además, ha llegado a ser colaborador de publicaciones del prestigio de The New York Times y The Washington Post, e incluso se ha aventurado a escribir los libretos de un par de espectáculos musicales.

Nosotros creemos que “El amante extremadamente puntilloso” y “El regreso” pueden ser dos muy buenas puertas de acceso al mundo literario de un autor que nos atrevemos a calificar de fascinante.

Ricard.

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