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“Blade Runner 2049”: Hipnótico espectáculo.

Desde el momento en que se supo que iba a rodarse 35 años después de que fuese estrenada una secuela de la emblemática “Blade Runner” (1982), se generaron una serie de expectativas, alimentadas (cómo no) por las redes sociales, que han llevado a que el estreno hace apenas unos días de esta tardía segunda parte haya sido recibida con un nivel de ansiedad cinéfila poco dada a ver en los tiempos que corren. Sin ir más lejos, el que aquí firma se pasó una larga hora haciendo cola para entrar en un cine de Barcelona el sábado posterior a su estreno, algo que no recuerdo haber hecho desde aquellos lejanos tiempos de niñez y adolescencia en los que, dejando de lado la televisión o acaso los reproductores de vídeo, la forma habitual en que veíamos películas era en salas de cine, la mayoría de ellas de una sola pantalla, donde muy a menudo el estreno de determinados títulos era recibido como un auténtico acontecimiento, algo que muy raramente suele ocurrir en la actualidad. A la postre quizá la cosa no ha sido para tanto a tenor de las cifras de recaudación relativamente pobres que ha obtenido la película en Estados Unidos en sus primeros días de proyección.

Sea como sea, cuando me enteré de que se iba a realizar “Blade Runner 2049”, no pude más que tener una sensación de escepticismo. Es obvio que esa enorme maquinaria industrial que es Hollywood hace mucho tiempo que prefiere no arriesgar en proyectos de cierta originalidad y apuesta, en cambio, por secuelas que, en algunos casos (véase por ejemplo lo que está pasando con “Alien”) acaban casi malbaratando grandes títulos del cine popular. Aunque también se le puede dar la vuelta a esta idea y considerar que, precisamente, estas nuevas películas no hacen más que redimensionar el valor de los originales en los que están basados. Sea como sea, Blade Runner, como se sabe, film que dirigiera Ridley Scott basándose en un relato de Philip K. Dick, se me antoja una obra tan descomunal por si misma, que me resultaba extraña la idea de enfrentarme con una continuación tantos años después.

De entrada hay dos grandes aciertos que sí hay que reconocer en aquellos que pusieron en marcha el proyecto: alejarse temporalmente del momento en que terminaba la anterior película (algo, de todas formas, inevitable si se quería incluir personajes icónicos que aparecían en el film original, dado que los actores que los interpretan, obviamente, han envejecido) y escoger un gran director actual como es el canadiense Denis Villeneuve para llevar adelante el trabajo.

Debo decir que Villeneuve, realizador al que debemos títulos del mérito de “Prisioneros” (2013), “Sicario” (2015) o “La llegada” (2016) (película, esta última, que muchos consideran ya un referente del cine de ciencia ficción moderno), ha estado a la altura de la responsabilidad que se le ha dado, y ha conseguido crear un film en el que, sin duda, ha dejado su propia huella como autor.

Como hemos apuntado y como de hecho indica el título de la película, la historia de esta secuela ocurre bastantes años después de la original. Nos encontramos con un replicante (ya se sabe, una suerte de androide) de nombre K (interpretado por un acertado Ryan Gosling) que ejerce como Blade Runner, es decir, se dedica a “retirar” (eufemísticamente hablando) a otros replicantes como él que han decidido ejercer el libre albedrio en contra de lo que se considera legalmente establecido. El mismo trabajo, pues, que tenía Rick Deckard, el personaje (en principio humano) de Harrison Ford en la película que él protagonizaba. En uno de sus encargos, K se enterará de algo que trastocará completamente los principios de programación con los que actúa, y empezará una historia de descubrimiento que tiene tanto de detectivesco como de proceso existencial. En este sentido, las grandes preguntas que planteaba el film original, y que no son otras que los grandes interrogantes que acarrea la existencia humana (¿quién soy yo? ¿cuál es el sentido de mi existencia? ¿hay algo más después de esta vida?), continúan presentes, unidos a otros que tienen que ver no ya con el futuro, si no con nuestro mundo actual (aspectos relacionados con la clonación, la realidad virtual…).

Villeneuve no descuida la parte de gran espectáculo que necesariamente tenía que tener la película. Todo lo contrario, “Blade Runner” es un film deslumbrante en su apartado visual y sonoro. Un trabajo de gran belleza formal que, ineludiblemente, hay que disfrutar en una sala de cine bien equipada tecnológicamente. Otra cosa bien distinta es que la película consiga llegar emocionalmente al espectador más allá de la capacidad de epatar que tengan sus poderosas imágenes. En este sentido, Villenueve juega básicamente con dos cartas: la aparición esporádica de viejos personajes (con, lógicamente, el que encarna un excelente Harrison Ford a la cabeza) que activa la nostalgia del espectador, y la relación que se establece entre el protagonista que personifica Gosling y una suerte de novia virtual interpretada por una sorprendente Ana de Armas. Es en dicha relación donde aparece la emoción autentica que se echa mucho de menos en buena parte del film. En este sentido, los villanos, encarnados por un excesivamente solemne Jared Leto, y una mucho más interesante Sylvia Hoeks, capaz de pasar de la fragilidad emocional a mostrarse francamente amenazadora en apenas un instante, quedan algo a medias si se trata de ofrecer al relato el contrapunto necesario que lleve a su héroe central a una evolución completamente verosímil. Tampoco nos parece que la relación que se establece entre éste y el personaje que interpreta Robin Wright (una actriz a la que, en cualquier caso, siempre agradecemos ver en pantalla) acabe de estar del todo bien definida.  También nos hubiera gustado que se hubiera desarrollado un poco más el personaje de la científica que encarna Carla Juri, joven intérprete de potente presencia en pantalla cuya carrera habrá que seguir con interés. Igualmente, creemos que el personaje que encarna con solvencia Mackenzie Davis (vista anteriormente en uno de los episodios de la imprescindible serie “Black mirror”), se queda un poco cojo.

Con todo, hay que decir que no lo tenían nada fácil Hampton Fancher y Michael Green, los guionistas de la película, para llevar a buen puerto un proyecto de las dimensiones que se traían entre manos. El resultado, como hemos apuntado, es algo desigual, pero mantiene la esencia del film original. En el apartado técnico, la fotografía de Roger Deakins resulta portentosa, y tampoco está nada mal la música de Hans Zimmer y Benjamin Wallfisch, inevitablemente, muy en la estela de Vangelis.

En suma, Denis Villeneuve ha conseguido realizar una película quizá no perfecta pero sí a la altura de esas expectativas a las que nos referíamos al principio, hipnótica y de gran calado intelectual, con suficientes matices como para que, quizá, lleguemos a apreciarla incluso más con el paso del tiempo como, de hecho, ya nos pasó con el film en cuyo distópico mundo vuelve a sumergirnos.

Ricard con la colaboración de Laura Clemente.

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Alberto Manguel: Resonancias Borgianas.

Alberto Manguel (Buenos Aires, 1948), escritor, traductor y editor argentino-canadiense, es un autor por el que sentimos especial debilidad quienes hacemos posible este blog, y hace mucho tiempo que queríamos dedicarle una entrada.

Han llegado a nuestras manos dos de sus obras reeditadas en marzo del presente año por la muy interesante editorial Navona (NVN) dentro de su colección “Compactos”: se tratan de “El amante extremadamente puntilloso” y “El regreso”, dos novelas cortas (o si se quiere, dos relatos largos) de resonancias borgianas que resultan bastante representativas del estilo del escritor.

El regreso”, publicada inicialmente en 2005, se centra en Nestor Fabris, un ex militante político que regresa a Buenos Aires tras treinta años de exilio en Italia para asistir a la boda de un ahijado al que ni siquiera conoce. La ciudad a la que regresa se convertirá en un lugar espectral, desconocido para él, y en el que irá tropezando con antiguos camaradas ya muertos o desaparecidos con los que revisitará su propio pasado.

El amante extremadamente puntilloso” (2006), nos cuenta la historia de un personaje,  Anatole, supuestamente real, nacido en Poitiers (Francia) a finales del siglo XIX, trabajador de una casa de baños y aficionado a la fotografía de la cual extrae un desahogo a sus necesidades estéticas y eróticas. Su figura está vista a partir de una reconstrucción casi periodística aunque nos movamos en un marco de ficción total.

Tienen estas dos obras, como hemos dicho, algo de las formas conceptuales y laberínticas con las que nos encontramos al leer a Borges (autor al que, por cierto, Manguel llegó a conocer e incluso le hizo de lector en su juventud cuando el gran escritor argentino ya estaba completamente ciego), aunque al mismo tiempo se trata de dos libros de lectura ligera (en el mejor sentido de la palabra), que nos retrotraen también a la mejor literatura clásica, desde Stevenson a Kafka, y nos devuelven de nuevo, en cierta forma, ese enorme placer que sentimos en nuestra iniciación como lectores al adentrarnos en el universo literario de dichos autores u otros muchos que podríamos llegar a mentar aquí. Destacan también en estos dos títulos un gran sentido de la ironía que Manguel maneja como nadie, una capacidad para generar inquietud en el lector muy particular, y un estilo de escritura maravillosamente pulcro, ajustado al máximo a aquello que se quiere transmitir.

Siendo, como hemos dicho, un escritor argentino-canadiense, Alberto Manguel ha ido compaginando a lo largo de su carrera el inglés y el castellano, en la que es ya una riquísima obra trufada de premios y reconocimientos. Además, ha llegado a ser colaborador de publicaciones del prestigio de The New York Times y The Washington Post, e incluso se ha aventurado a escribir los libretos de un par de espectáculos musicales.

Nosotros creemos que “El amante extremadamente puntilloso” y “El regreso” pueden ser dos muy buenas puertas de acceso al mundo literario de un autor que nos atrevemos a calificar de fascinante.

Ricard.

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Ryan Adams: Notable artesanía rock.

Dentro del interesante cartel del Festival Cruïlla que se va a celebrar en Barcelona el próximo mes de julio, destaca para nosotros el nombre de Ryan Adams, quien vendrá a presentar su último disco “Prisioner”.

Músico incontinente donde los haya (suma ya una veintena de álbumes en poco más de 20 años si contamos los que grabó con su primera banda Wiskeytown), Adams se ha caracterizado por poner en primera línea un estilo de rock enraizado en el country, el folk, o el blues (eso que algunos denominarían “Americana”), deudor de gigantes de este estilo como Bruce Springsteen o Tom Petty.

Si bien ninguno de los álbumes que ha publicado el músico nacido en 1974 en Jacksonville (Florida) se puede comparar a las grandes obras de los antes mencionados, sí se puede estimar la carrera de Adams, vista en perspectiva, como más que interesante, siendo probablemente sus primeros trabajos en solitario, “Heartbreaker” (2000) y “Gold” (2001), los que más siguen destacando de su dilatada discografía. Además, se puede considerar que ha sabido cultivarse una cierta imagen cool (algo parecido a lo logrado por un artista de similar edad y características estilísticas, aunque a la postre más personal en lo musical como es Jack White), que lo hacen atractivo para muy distintos tipos de público: desde el más indie al más rockero, y desde el más joven al más maduro que puede tener como referencias musicales clásicas los nombres mencionados en el párrafo anterior.

En su último lanzamiento observamos que se subraya un cierto giro estilístico que empezó a vislumbrarse en su disco homónimo “Ryan Adams” (2015) y que siguió configurándose en el curioso “1989” (2015), álbum que versionaba íntegramente el disco del mismo nombre de la estrella del Pop Taylor Swift. Nos referimos sobre todo a un trabajo de producción que nos hace pensar inevitablemente en los años 80: desde el Springsteen de “Born in the USA” (1984) o “Tunnel of love” (1987), a (por qué no decirlo) los primeros álbumes de Bryan Adams; títulos nada desdeñables como “Cuts like a Knife” (1983), “Reckless” (1984), o “Into the fire” (1987). Tampoco es gratuito comparar lo que hace Ryan Adams en la actualidad con bandas del estilo de The War on Drugs.

En cualquier caso, “Prisioner” se inspira en la tormentosa ruptura amorosa sufrida por el músico de Florida recientemente, así como por ciertos problemas de salud que le han mantenido en vilo de un tiempo a esta parte, siendo el tono general del trabajo más bien melancólico, aunque no exento de músculo rockero. En este sentido, hay en el álbum canciones muy asequibles, con cierto aroma AOR, como el primer single “Do you still love me?”, o “Anything I say to you now”. También cortes que se acercan al pop y que nos pueden recordar un tanto a The Smiths como es el caso de la canción que da nombre al disco: “Prisioner”. Por otro lado, temas como “Shiver and shake”, “Breakdown” o “Broken anyway” son de esos que crecen con las escuchas, y que pertenecen a un compositor que forma parte de esa estirpe de músicos que podríamos considerar brillantes artesanos del rock.

En suma, un trabajo variado, muy compensado y que podríamos incluir ya entre la media docena de títulos más destacables de su autor. Ahora solo queda corroborar las nuevas canciones en directo. Nuestra ocasión de escucharlas en tal tesitura, como hemos dicho, será en el próximo Festival Cruïlla, a celebrar en Barcelona los días 7, 8 y 9 de julio.

Ricard.

Para más información sobre el Festival Cruïlla Barcelona clica abajo:

Web del Cruïlla

Os dejamos con el vídeo de presentación del último disco de Ryan Adams:

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JABIER MUGURUZA – FESTIVAL BARNASANTS: NOVA JAZZ CAVA- TERRASSA (26/02/17).

Jabier Muguruza es de esa clase de músicos tan necesarios como escasos en los días que corren. A sus espaldas, una larga carrera de discos (obras, como a él le gusta matizar) y de recitales a lo largo y ancho del planeta.

Quien escribe lo lleva siguiendo mucho más de cerca desde hace más de una década y ha podido comprobar, obra a obra, recital a recital, no sólo la dulzura de la música o de las letras sino también el cariño intenso que destila para con su público.

Tan tranquilo como hiperáctivo, Jabier prepara nuevo trabajo. Pero entre canciones nuevas y recitales diversos, Jabier asomó la cabeza en la Nova Jazz Cava de Terrassa en el marco de un Festival muy especial para él: el Barnasants. Escogido en 2015 como el cantante que hizo el mejor concierto dentro del evento, y que en inmortalizó en el disco “Barnasants 2015”, Jabier siempre acepta encantado las invitaciones del Festival. Esta vez repasaba su último trabajo : “Tonetti Anaiak” (Los hermanos Tonetti).

A partir de una experiencia personal en la que se enmarca la amistad de los Muguruza con los añorados payasos Tonetti, Jabier recupera el bello sentimiento infantil del niño que todos llevamos dentro. El trágico final de los payasos (uno de ellos se suicidó) que inicialmente ennegrece la historia, se torna luminoso cuando Jabier expresa que un payaso nunca muere (idea recuperada del documental de Oskar Alegría , “Emak Bakia”).

Ese es el espíritu y las canciones tan bonitas que inundaron el bello y mítico local de Terrassa. La última obra, sus explicaciones y algunos rescates, fueron la columna vertebral del recital.

Jabier emociona, y mucho. En esos espacios recogidos, esta vez tan sólo con su acordeón y un piano, se puede degustar aún más el sabor de sus bellas melodías. Jabier da luz y nos recuerda que ,en el frío Noviembre, el calor de tu amada  hace que el mes no sea tan malo (“Azaroak..”). Nos habla del diario de un niño envuelto por tristezas familiares (“Egunkari…”). Y por su puesto está el recuerdo del personaje africano de Bernardo Atxaga (“Mazisik:.”) o las letras de ese oculto y genial escritor, Iñaki Irazu, y que nos recuerda que siempre que vengas a casa tendrás mi caluroso recibimiento (Eskaintza).

Es algo mágico. Un concierto de Jabier es como una bella caricia al corazón. Por eso gusta tanto. Y siempre me maravilla cuando nuevo público (aún ocurre) lo descubre. Vuelve pronto, lagun, se te quiere mucho.

Jordi Martínez.

Repertorio:

  1. Sarrera (texto adaptado de Bernardo Axtaga)
  2. Katherine Schwitzer
  3. Tonetti anaiak
  4. Azaroak baditu gauza onak
  5. Maite zaitut, ez
  6. Ez da komeni exagetzareak
  7. Hurrengo geltokiak
  8. Mazisi Okeita Denbelek
  9. Benino edo benito
  10. Tan Petita
  11. Eskaintza

 

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“The night of”: Insuperable ficción televisiva.

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Ya hablamos hace algún tiempo de “Show me a hero”, miniserie de la cadena HBO (como hemos reiterado en diversas ocasiones en nuestro blog, famosa por estar tras la producción de series como “The sopranos”, “The wire”, “Juego de tronos” o más recientemente la irregular pero apreciable “Westworld”), y hoy enfocamos nuestra atención en otra ficción salida de esta gran factoría televisiva, referente ineludible en los últimos tres lustros largos en lo que tiene que ver con la producción audiovisual. Nos referimos a la extraordinaria “The night of”.

La mención inicial a “Show me a hero” no solo tiene que ver con el hecho que HBO esté detrás de las dos series; también comparten ambas producciones algunas particularidades. Para empezar se trata de series de una única temporada y con pocos episodios (6 en el caso de “Show me a hero”, 8 en el de “The night of”). Además, en ambas está clara la ambición de llegar más allá del mero entretenimiento y ser obras que radiografíen en cierta forma mucho de lo que está ocurriendo en el ámbito socio-político actual en los Estados Unidos, si bien “Show me a hero” se basa en un caso real acontecido en los años 80, mientras que “The night of” es una ficción total situada temporalmente en la actualidad.

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“The nigt of” es una serie que se inspira a su vez en otra producción televisiva, la británica “Criminal justice”, y ha sido ideada por Steve Zaillan y Richard Price, ambos con experiencia contrastada en el mundo del cine y la televisión. Inicialmente iba a estar protagonizada por el malogrado James Gandolfini, inolvidable Tony Soprano en la serie de las series (junto a “The wire”) “The sopranos”. Sin embargo, tras la desaparición del añorado actor (quien luce como productor ejecutivo a título póstumo en los preciosos títulos de crédito de la serie) se barajaron varios nombres para substituirlo, incluyendo alguno tan insigne como el de Robert de Niro. Sin embargo, la repleta agenda de De Niro, y la negativa de otros intérpretes, hizo que el papel fuese a caer finalmente en John Turturro, quien, pese a tener dudas en un principio sobre si aceptarlo o no, se acabó incorporando al elenco de actores y actrices que forman parte del esplendido reparto de la producción.

Hacemos referencia en particular a Turturro y a su protagonismo porque es sobre él y su personaje sobre lo que pivota buena parte del éxito artístico de “The night of”. Sin él y su increíble trabajo interpretativo, de deslumbrante naturalidad, probablemente la serie resultaría muchísimo menos interesante, y el tono de la realización, mucho más grave y denso de lo que acaba siendo para el espectador. Su abogado “buscavidas”, de tintes entre patéticos y entrañables, merece entrar de pleno en una galería de los grandes personajes de ficción de los últimos años, ya no televisivos, sino de cualquier medio en general.

El argumento de “The night of”, sobre el que no queremos alargarnos mucho, se centra en el caso de un estudiante neoyorkino, de ascendencia pakistaní, al que se acusa del brutal asesinato de una chica. Durante el primer episodio de la serie seremos testigos de las circunstancias que llevan al joven a la acusación, y cómo aparentemente parece tenerlo todo (pruebas, testimonios, agravantes) en contra. Al final de dicho episodio, aparece el personaje de Turturro, quien de forma prácticamente casual asumirá la defensa del chico.

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“The night of” sigue la estructura de una gran ficción clásica. Se diría que podría ser una película o una novela en ocho capítulos. Con una linealidad temporal absoluta pues, y una economía de medios narrativos total (dicho sea en el mejor sentido). Los personajes están perfectamente retratados en el guión de la serie y en su puesta en escena, algo, esto último, a lo que contribuye su reparto, empezando por el mencionado abogado de Turturro, y pasando por el estudiante acusado del crimen (el ascendente Riz Ahmed), el policía veterano que interpreta Bill Camp (otro de esos actores que, lejos de ser estrellas, no pasan inadvertidos en cualquier aparición en pantalla que hagan), la abogada de origen indio que encarna con un trabajo lleno de matices la británica (con raíces familiares en Sri-Lanka) Amara Karan, y el siempre imponente Michael K. Williams, a quien recordamos especialmente por su trabajo como el gánster homosexual Omar Little en “The Wire” y que aquí interpreta un personaje con puntos en común con aquél.

Con una espléndida fotografía que podríamos calificar de hiperrealista, deudora de aquellos grandes filmes de los años 70 firmados por directores de la talla de Martin Scorsese o Sydney Lumet, en los que, en parte, “The night of” parece inspirarse, y con una maravillosa banda sonora, la serie es ante todo una gran historia de intriga, con generosas dosis de drama (se diría que de ecos dostoievskianos) y ramalazos de comedia, que engancha irremediablemente al espectador casi desde el primer instante. Pero también, como hemos apuntado al principio al compararla con “Show me a hero”, tiene la ambición de retratar una sociedad (la norteamericana, pero en realidad podría ser casi cualquiera del mundo occidental; solo hay que ver lo que está ocurriendo actualmente en países como Holanda o Francia) en un estado permanente de histeria y paranoia, devorada por los mensajes de odio al diferente que han llevado al poder al más reaccionario y ultraconservador presidente de los Estados Unidos en toda su historia.

En definitiva, “The night of” es, sencillamente, una insuperable ficción televisiva. No os la perdáis.

Ricard.

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The Divine Comedy. Barcelona. 08/02/17: Un dandy en el Palau de la Música.

Dentro del marco del Festival Mil·leni, The Divine Comedy, la banda liderada por el carismático irlandés Neil Hannon, vuelve para presentar su último disco “Foreverland”, un trabajo que llega unos 6 años después del gran “Bang goes to Knighthood”.

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Ya acudimos hace unos meses a una previa al aire libre dentro del “Vida Festival”. Ahora tocaba en un escenario muy especial, el Palau de la Música Catalana. Lo cierto es que la mayoría de los últimos conciertos que he visto de ellos han sido en teatros y con el público sentado. Quizás se sienten más cómodos en esa intimidad de lugares más o menos pequeños donde crear mayor comunión con el público y favorecer la parte más crooner de Neil Hannon, un tío que siempre se acerca a su público y te hace cómplice del show. En todos los aspectos, por su majestuosidad, su magia… El  Palau era el mejor escenario para esta banda.

A pesar de esta introducción que parece patrocinada debo decir que “Foreverland” no me parece, ni de lejos, el mejor disco del año, ni tampoco de los mejores discos de los irlandeses. Pero las presentaciones de los discos están para esto, para defenderlos en directo y debo decir que, de nuevo, Neil  hizo que este álbum ganara texturas. Se descubren todas sus posibilidades. Los 5 cortes que repasa adquieren una nueva riqueza. Y también cabe admitir que Mr Hannon no estaba en el mejor estado de su voz, algo ronca al principio y sin poder llegar a algunas notas en algunos momentos, supongo a causa de que gira a concierto por día. Aunque fue mejorando y a mitad del show ya estaba casi al 100%.

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El Palau de la Música no es cualquier escenario. Tiene una fuerza especial. Está por encima de lo humano. A Divine Comedy le iba al pelo. Y Neil aparece enfundado en un traje de Napoleón, allí, en ese escenario clásico, dispuesto a cometer sus travesuras. Nos presentó la mayoría de los cortes del último disco en la primera mitad del concierto, intercalando antiguas canciones escogidas de entre casi todos los discos, repasando sus ya más de 25 años de carrera

Como los divos, se deshace de su traje napoleónico para volver a aparecer vestido como el dandy que es mientras acaba de sonar la maravillosa The Certainty of chance.  Tras la crítica The Complete Banker y Bang goes the Knighthood llega el primer subidón con Generation Sex. El Palau empieza a levantarse para volver a sentarse con la “dramática” Our Mutual Friend con un Neil que acaba estirado en el escenario.

Punto de inflexión y momento “cool” de esos típicos del rubio: el crooner enchufa un tocadiscos en el que suena la “guatequera” Spanish Flea, mientras se dedica a repartir cervezas y vino a la banda y prepara el escenario para cantar a dúo Funny Peculiar con su telonera, Lisa O’neill. El concierto sigue desarrollándose entre tempos medios y las llamadas al desfase del propio Neil (en catalán) con los hits más conocidos de The Divine Comedy (Something for the Weekend, National Express, Becoming more than Alfie) y otras más modernas que ya se están convirtiendo en clásicos como I like o At the Indie Disco (o cómo una canción puede retratar la mitad de tu juventud) y la preciosa Lady of a certain age entre otras.

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Cierra como de costumbre con Tonight we fly… Y puedes sentir que formas parte de algo especial. Ver saltos en los palcos del Palau es una imagen que quedará guardada en mi retina por mucho tiempo. Y sonríes. Porque no puedes evitarlo. Porque transmite tal cantidad de buen rollo que no hay quien se resista a caer rendido a sus pies. Me llevo a alguien nuevo a cada concierto de Neil… ¡¡¡y siempre acierto!!! Ahora siempre voy acompañada 😉

Así que si nunca habéis tenido la suerte de ver a este pequeño gran hombre, acompañado o no de su banda, DEBÉIS, una vez en la vida, pegaros un homenaje. Porque The Divine Comedy canta a la vida, con sus miserias y sus alegrías… y todas las canciones quedan bellas cuando estás ahí. Quedáis advertidos.

Laura Mart Sit.

Os dejamos con un concierto completo de la actual gira de The Divine Comedy recientemente emitido en Francia:

 

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Michael Kiwanuka: Soul expansivo.

Aunque hace ya unos meses que se publicó, es ahora, coincidiendo con la pronta fecha de su concierto en Barcelona (16 de noviembre, Sala Bikini, en el marco del Festival Mil·leni), cuando hablamos aquí de uno de los discos que debemos considerar como firme candidato a encabezar las recurrentes listas de lo mejor del año que a final de cada temporada pueblan las publicaciones y webs musicales, así como aquellos medios, como el nuestro, en que se habla de cultura en general, siendo la música, obviamente, parte de ella. Nos referimos a “Love and hate”, segundo trabajo de Michel Kiwanuka (Londres, 1987).

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Kiwanuka se dio a conocer en 2012 con un primer álbum, “Home again”, en el que ya se apreciaba su talento para asimilar un estilo clásico como el soul (se le ha comparado a menudo con Ottis Redding o Marvin Gaye) y convertirlo en algo completamente personal, añadiendo ramalazos de folk o rock a sus canciones impregnadas de elegancia y sentimiento a partes iguales.

Sin embargo, no ha sido hasta la publicación, antes del verano, de su segundo larga duración, “Love and hate”, en que hemos visto plasmar todo el potencial que atesora el músico de ascendencia ugandesa. Y es que en este nuevo trabajo, Kiwanuka nos ha sorprendido con un sonido que parece querer expandirse de una forma similar a la entendida por bandas de rock progresivo como Pink Floyd, sin desmarcarse en ningún momento de sus raíces en la música negra, y añadiendo a todo ello una producción (en la que está metida Danger Mouse) que le da una pátina de modernidad bien entendida (un poco en la línea de lo que hizo la añorada Amy Winehouse) a la coctelera que maneja con mano maestra nuestro protagonista.

De esta forma, el disco se abre con un tema, “Cold Little heart”, de cerca de 10 minutos de duración, que es ya de por sí toda una declaración de intenciones, con una larga introducción puramente instrumental (salvo por algunos coros), que incluso nos puede llegar a recordar al genio de todo un Ennio Morricone. Después de eso, la canción deriva hacia un muy sentido, dolorido por momentos, canto de tintes épicos y espirituales, en la estela del mejor Ben Harper.

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En la misma línea se mueve otro de los momentos álgidos del álbum, el single que da título al disco, “Love and hate”, con un alargado solo de guitarra al final que nos hace pensar que el glorioso legado de Jimi Hendrix sigue presente entre las nuevas generaciones tantos años después de su desaparición.

Por otra parte, encontramos canciones más concisas, como el otro adelanto del álbum, “Black man in a white world”, de letra muy reivindicativa y con un gran sentido del ritmo, la bella “Rule the world”, o la pegadiza “One more night”, puro soul del siglo XXI.

En total son 10 canciones sin un solo momento de descenso en el nivel de las composiciones, aunque claramente destaque ese espectacular inicio que es “Cold Little heart”.

Un grandísimo disco, en suma, que os recomendamos fervientemente. Como decíamos al principio, en pocos días Michael Kiwanuka estará defendiendo sus nuevas canciones en directo en Barcelona, en un concierto que se nos antoja uno de los momentos especialmente remarcados del calendario musical en este año 2016 que encara ya su recta final.

Ricard.

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