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Nirvana: 25 aniversario de “Nevermind”. Sigue importando.

¿Cómo afrontar la revisión de una obra sobre la que se han vertido y se seguirán vertiendo ríos de tinta? La mejor manera de hacerlo es desde lo personal. En mi caso, la primera imagen que acude a mi mente cuando pienso en un disco como el “Nevermind” de Nirvana es la de mi mismo sentado en una clase de la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Barcelona. Había acabado el COU y, a la espera de empezar el servicio militar obligatorio, acudía como oyente tanto a clases de Psicología como de Pedagogía con la idea de aclararme sobre cual de las dos carreras podía interesarme más si, una vez terminada la “mili”, me decidía a seguir estudiando como finalmente hice (para los curiosos, me decanté por Pedagogía). Fue allí donde entablé conversación espontanea con un estudiante de primer curso que llevaba su carpeta forrada con fotografías de grupos como Sex Pistols, The Clash, The Damned… “¿Has escuchado un grupo que se llama Nirvana?” me preguntó en un momento de la, para mí, apasionante charla que (ya os lo imaginaréis) versaba sobre el punk-rock. Como respuesta me encogí de hombros. Apenas hecho esto, y cuando mi contertuliano se disponía a darme algún tipo de explicación sobre quienes eran los tales Nirvana, apareció un profesor por la puerta, empezó a dar clase y, de esta manera, finalizó con cierta brusquedad ese diálogo musical que yo hubiese extendido hasta el infinito y que no tuvo continuación más tarde, sin que recuerde el motivo de ello.

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Apenas unos días después, un sábado al mediodía, me encontraba con un par de amigos en una tienda de discos, una de las muchas que por aquella época (situémonos definitivamente, finales de 1991) poblaban las calles del barrio gótico de Barcelona. En aquella pequeña y cerrada ágora para melómanos, un lugar (¡ay!) tan alejado en el tiempo (aquí no puedo evitar sentir cierta nostalgia), en las antípodas de los foros virtuales (redes sociales mediante) en los que se suele afrontar hoy en día el debate sobre lo musical, lo cultural y todo lo divino y humano,  fue donde escuché por primera vez “Smells like teen spirit”, canción escogida como primer single y que, de hecho, abría el que era segundo disco (primero para una multinacional, aunque entonces, lógicamente, no lo sabíamos) de Nirvana: “Nevermind”. “Tenéis que escuchar esto”, nos había dicho con evidente entusiasmo (creo recordar el brillo en sus ojos)  el tipo que se encontraba tras el mostrador de la tienda de discos hace años desaparecida que solía pinchar vinilos con un tocadiscos que se encontraba en un extremo de su lugar de trabajo. “¿Cómo se llama el grupo?” preguntó uno de mis colegas apenas transcurrido un minuto de la canción. “Nirvana”, respondió el vendedor. Me acordé entonces del nombre que había mencionado el estudiante con el que había conversado días atrás. Mi intervención en este momento es una frase memorable que debo transcribir tal cual: “Suena bien pero… esto no va a tener ningún éxito” (esta es una anécdota recurrente en mi vida, algo que he contado en múltiples ocasiones y que pongo como ejemplo de lo cortos de miras que podemos ser a veces). Ni que decir tiene que “Nevermind” se convirtió en pocas semanas en un fenómeno mundial, con millones de copias vendidas, propagándose además con mucha rapidez una suerte de histerismo colectivo que no solamente convirtió en hiperfamosos a los miembros de la banda que lo había creado (especialmente a su líder, Kurt Cobain), sino que catapultó a otras formaciones con influencias similares que probablemente sin el éxito de este disco no hubieran tenido la oportunidad de fichar para un gran sello, a los primeros puestos de ventas en todo el mundo, en lo que fue una (ciertamente difícil de prever poco tiempo antes) explosión de popularidad de lo que hasta entonces algunos denominábamos “rock alternativo”.

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¿Pero cómo se podía considerar “alternativo” algo que vendía millones de unidades? Nirvana aparecían continuamente en medios de comunicación convencionales, su música sonaba en cadenas de radio “mainstream” al estilo de los 40 principales…. Hasta aquellos compañeros de estudio que jamás habían mostrado el más mínimo interés por bandas que había escuchado durante mi adolescencia (The Replacements, Sonic Youth, Pixies), que bien se podían considerar en la órbita de lo que representaba a priori una banda como Nirvana y que, de hecho, habían influenciado claramente a Cobain y compañía, me preguntaban, al encontrarnos aquí o allá, por el grupo que había hecho popular el llamado sonido Seattle (ciudad de referencia del “grunge”, ese movimiento caracterizado por el desaliño estético y la angustia existencial que solían mostrar en las letras de sus canciones las bandas que se circunscribían a él), y me pedían recomendación sobre otras formaciones que pudieran sonar de manera similar.

Quizá por despecho a que hasta entonces no se hubiera prestado suficiente atención a esas bandas que tanto me habían gustado, no sentí en primera instancia una gran simpatía por Nirvana. Me gustaba muchísimo “Nevermind”. Durante un par o tres de años estuvo entre los discos que más escuché, claro está, pero en cierta forma tenía la sensación de que se había traicionado lo que podríamos llamar la ética del punk llevando esa clase de música a todo tipo de audiencias (recordemos que “Nevermind” superó en ventas al mismísimo Michael Jackson, que por entonces acababa igualmente de sacar un disco al mercado). Además, Kurt Cobain me parecía un tipo, por momentos, algo arrogante (una percepción absurda vista con la perspectiva que da el tiempo). Tonterías pseudoadolescentes por mi parte que, de forma brutal, con el trágico suicidio de Cobain en abril de 1994, se desvanecieron. En realidad “Nevermind” merecía todo el éxito que tuvo. Era (y es) un álbum brillante que aunaba en un sonido uniforme no solo influencias del punk y el rock alternativo, sino también del rock duro de inspiración setentera, el folk, y, desde luego, el pop (ese yeahhhh… tan beateliano de “Lithium”). Un trabajo sin mácula cargado de posibles singles, aunque siga destacando ese “Smells like teen spirit” con el que se abre el disco (ese mismo tema que, en mi opinión, no iba a triunfar) y que cargaba con oscura ironía contra la apatía de la llamada “Generación X”. Igualmente sobresalen canciones como la magnética “Como as you are”, la rotunda “In bloom”, la descaradamente punk “Territorial pissings”, la bella (en su sencillez) “Polly”, o la igualmente preciosa aunque lúgubre “Something in the way”. Mención aparte merece la acertadísima producción de Butch Vig, quien supo hacer relucir el buen material que había compuesto Kurt Cobain como probablemente nadie más lo hubiese podido hacer.

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Han pasado 25 años desde la edición de “Nevermind”. Hemos madurado (o eso queremos creer) y, evidentemente, nuestra capacidad para asombrarnos, para sentir el impacto de lo nuevo, ha disminuido con la experiencia, de forma que cuando escuchamos, vemos o leemos algo inédito, no tenemos tendencia a lanzar las campanas al vuelo como podíamos haberlo hecho antaño por muy gratificante que sea la experiencia. Puede que en parte sea por ello, pero no creo que haya mucha música hoy en día, al menos si nos circunscribimos al Rock o al Pop, música que alcance autentica relevancia entre las masas, que consideremos que pueda mirar de tú a tú a un álbum como “Nevermind”. La frescura, la sana mala leche, la fuerza de este disco, se mantienen incólumes. Sería tan necesario que en los tiempos que corren hubiera algo así. Seguimos echando tanto de menos a alguien como Kurt Cobain.

Decididamente, “Nevermind” sigue importando.

Ricard.

Os dejamos con un concierto completo de Nirvana:

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The Stooges: “Fun house”, adelantándose a casi todo.

Alguien se preguntaba no hace mucho si estábamos preparados para escuchar una obra como “Fun house” (1970) tantos años después de haber sido publicada, y se respondía a sí mismo que no. Y efectivamente, nunca estaremos preparados para volver a escuchar un álbum como éste, ni tampoco podremos dejar de hacerlo periódicamente. Y es que este disco del grupo seminal del cual surgiría una bestia llamada Iggy Pop, se puede considerar la banda sonora ideal para la autodestrucción, pero también es un canto desesperado a la vida.

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Las sonoridades de este álbum que avanzaba estilos todavía por llegar como el punk, el rock alternativo e incluso el grunge, aún te dejan boquiabierto por su extraordinaria modernidad.  La expresividad, la rabia que esconden piezas como la inicial “Down on the street”, o las posteriores “Loose” y “TV Eye”, no dejarán nunca de remover las entrañas del oyente desprevenido. Pero aún te sorprende más el blues hipnótico que es “Dirt”, o las reminiscencias jazzísticas de “1970”, en la que un saxo delirante se añade a la obsesiva línea de bajo con la cual empieza la canción, mientras Iggy no deja de vociferar I feel alright! No en vano, John Coltrane era uno de los grandes ídolos de Dave Alexander, los hermanos Asheton, y el mismo Iggy Pop, los cuatro componentes de The Stooges, unidos por el destino en las calles de la industrial Detroit allá por finales de los años 60. Pero con las dos últimas canciones del disco, “Fun house” y “L.A. Blues”, el grupo se desmarcaba definitivamente de cualquier etiqueta para crear directamente la música del infierno.

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Foto promocional de The Stooges tomada a finales de los años 60.

Sí, el primer disco del grupo, el homónimo “The Stooges” (1969), ya daba muestras de que la banda era algo completamente diferente; y “Raw power” (1973), disco producido por David Bowie y que cerraría magistralmente la trilogía de discos que publicó la banda antes de separarse (o en cierta forma de explosionar) y de que Iggy Pop empezara su carrera en solitario con la ayuda del mencionado Bowie, es igualmente imprescindible. Pero “Fun House” es sin duda una de las obras capitales no ya de la historia del Rock, si no de la música publicada desde mediados del siglo XX en adelante. Ni más ni menos.

Con motivo de la presentación (con grandes elogios de la crítica) en el pasado Festival de Cannes de “Gimme danger”, el documental que sobre el grupo ha creado uno de nuestros directores fetiche, el gran Jim Jarmusch, hemos decidido dedicar un espacio a la obra más destacada de la formación, mientras esperamos con grandes ansias a que se estrene el mencionado documental, algo que, según parece, sucederá de aquí a finales de año.

Ricard.

Os dejamos con un concierto completo de The Stooges perteneciente a la gira de retorno de la banda en 2006:

Y aquí tenéis la rueda de prensa conjunta que hicieron Iggy Pop y Jim Jarmusch en Cannes presentando “Gimme danger”:

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Neil Young: “Ragged Glory”, electricidad y belleza.

Como para tantos otros grandes nombres de la música popular de los 70, la década de los 80´s no fue nada fácil para Neil Young. Acontecimientos de índole personal, el intento de adaptarse a los nuevos tiempos, y las ansias de experimentación, llevaron al músico a entrar en una dinámica de continuos giros estilísticos que abarcaron desde el rockabilly en el fallido “Everybody´s rockin” (1983), al techno en el, solo por momentos, interesante “Trans” (1982), pasando por un acercamiento al blues en “This note´s for you” (1988), haciendo de esa década, en suma, un tiempo creativamente errático en el cual se concentra buena parte de lo más prescindible de la discografía del canadiense, salvo por honrosas excepciones como el recomendable “Re-ac-tor” (1981).

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En 1989, con la publicación de “Freedom”, una de las indiscutibles obras maestras de Young, se produce un punto de inflexión tras el cual el músico parece entrar en una especie de segunda juventud. “Freedom” era un disco muy variado, pero cuyas canciones funcionaban admirablemente bien en conjunto. Un compendio que se movía entre el folk, el country, las baladas pianísticas y el rock más experimental, y entre cuyos surcos se encontraba una canción, como “Rockin´in the free world”, que se convirtió en todo un hit mundial, con su vídeo emitiéndose continuamente en las cadenas de televisión de clips como MTV, entonces de incipiente popularidad. La notoriedad que alcanzó “Freedom” llevó a muchos nuevos melómanos a interesarse por la música de Young, y paralelamente, no fueron pocas las bandas y artistas jóvenes que empezaron a reivindicarle como una de sus máximas influencias, siendo mencionado tanto por grupos de índole “alternativa”, como por otros más cercanos al rock clásico y la música de raíces.

Quién sabe si animado por el éxito de “Freedom” y de la mencionada “Rockin´…”, Neil Young decide juntarse con Crazy Horse, banda que le había acompañado en la grabación de diversos discos a lo largo de su carrera, y con la que se había embarcado en no pocas giras llenas de gloria rockera, y se encierra con sus miembros en el estudio para trabajar en nuevas canciones. El resultado se materializa en un álbum, “Ragged glory”, que debe considerarse justamente como uno de los más imprescindibles de su carrera.

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Neil Young en una foto promocional de la época de “Ragged Glory”

Si, como hemos dicho, “Freedom” era un disco muy variado, donde destacaba una canción como “Rockin in the free world” que se podía circunscribir al rock más denso y poderoso, aquí son todos y cada uno de los temas, con la excepción del final “Mother earth”(una especie de canto espiritual dedicado a la naturaleza), los que se pueden enmarcar en el más rotundo y eléctrico rock n´roll.

Si bien algunas canciones ya hacía tiempo que eran interpretadas en directo por la formación (es el caso de los dos primeros cortes del disco, y muy especialmente de “Country home”, tema que ya sonó en la gira que Young y su banda de acompañamiento realizaron en 1976), y encontramos además una versión (“Farmer John” del dúo Don and Dewey), la mayor parte de canciones fueron compuestas para la ocasión, o en cualquier caso adaptadas para que en conjunto formaran un bloque de monolítica intensidad, una abrumadora tormenta eléctrica, tan imperfecta como llena de pasión, en la que, a pesar del atronador sonido, jamás se pierde el sentido de la melodía, llegando a alcanzarse auténticas cimas de estremecedora belleza.

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Neil Young en una actuación en directo junto a Crazy Horse

En “Ragged glory” hay dos canciones que superan los 10 minutos de duración (“Love to burn” y “Love and only love”), y en general los cortes son bastante largos. Pero lejos de caer en el posible aburrimiento que muchos podrían preconcebir, el álbum se convierte para el oyente en un auténtico viaje épico, certificado por sencillos como “Mansion on the hill”, “Over and over” o la especialmente contundente “Fuckin´up”, que no hacen sino dar muestra del estado de gracia en el que se encontraba en aquellos momentos un artista que acababa de entrar (como se ha dicho, con su anterior disco “Freedom”) en una nueva época de éxitos, creativos y populares, pareja a la vivida en la década de los 70.

Pasados más de 25 años de su creación, “Ragged glory” mantiene intacta toda su frescura e increíble vigor. El próximo lunes día 20, Neil Young estará tocando en el Poble Espanyol de Barcelona. Todos sus seguidores esperamos que, de entre el vasto listado de temas del que puede extraer un setlist de concierto, el músico canadiense no descuide algunas canciones de este excepcional trabajo que, sin otro motivo especial, os invitamos encarecidamente a descubrir o redescubrir.

Ricard.

Os dejamos con algunos vídeos promocionales de “Ragged glory”:

 

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Bruce Springsteen: “The River”, la cumbre creativa del Boss reeditada en su 35 aniversario.

En 1980 Bruce Springsteen acababa de cumplir 30 años y encaraba una nueva década sumido en una cierta crisis personal y creativa. A pesar de la increíble progresión de su carrera desde su aparición en 1973 con “Greetings from Asbury Park, N.J.”, y del éxito conseguido con álbumes tan representativos como “Born tu run” (1975) o “Darkness on the edge of town” (1978), seguía siendo un tipo bastante más inseguro de lo que podía aparentar en sus enérgicas, increíbles actuaciones en vivo.

En la tesitura de entregar un nuevo trabajo discográfico capaz de dar respuesta a las muchas expectativas depositadas en él, descarta “The ties that bind”, álbum con 10 temas que siguen la estela de “Darkness…”, pero de los cuales Springsteen no se siente satisfecho por considerar que no tienen una unidad conceptual que los haga merecedores de ser publicados como un trabajo completo (qué tiempos aquéllos en que se pensaba en el disco como una obra que debía responder a una cierta coherencia en cuanto a sonido y temática de las canciones).

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Así las cosas, se embarca en la grabación del que será su disco más ambicioso, y el que lo lanzará además definitivamente como estrella de la música. Un trabajo para el que decide contar de nuevo (no lo había hecho con el disco descartado) con la E. Street Band al completo, sin que ésta aparezca acreditada como tal en la carpeta del álbum.

El resultado fueron 20 canciones distribuidas en un trabajo doble que musicalmente venían a ser un compendio de todo lo que había hecho Springsteen hasta aquel momento (un muy personal rock urbano mezclado con ramalazos de soul, folk y un nada ortodoxo country), y de casi todo lo que iba a hacer en el futuro.  Así, el álbum nos mostraba un autor con todas las de la ley que cabalga sobre los lomos de la épica cotidiana en canciones que resumen la existencia, miserias y pequeñas glorias del común de los mortales con admirable precisión y sensibilidad. Temas que se mueven de lo jovial (“The ties that bind”, que debía pertenecer obviamente al disco descartado, “Sherry darling”, “Cadillach ranch” o el super éxito “Hungry heart” son buenos ejemplos de ello), a lo melancólico (la bellísima “Independence day”, “Point black”, “Drive all night”, la emblemática “The river”), sin que se resienta en ningún momento esa coherencia conceptual que Springsteen consideraba imprescindible (de esto hay que darle buena parte del mérito al productor del trabajo, Jon Landau, habitual colaborador del músico).

Ahora, coincidiendo con el 35 aniversario de la publicación del disco, se ha reeditado como una monumental obra que incluye, entre otras cosas, el álbum tal y como fue lanzado en su momento aunque convenientemente remasterizado, dos CDs extra con un total de 22 cortes descartados de las sesiones de grabación (resulta increíble pensar en la creatividad del Boss en la época en que grabó el trabajo), varios Dvds con un concierto filmado el mismo año en que apareció el disco y un documental de cómo se hizo éste, un libro repleto de fotos, carteles y recortes de prensa…

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Aunque cuatro años después con la publicación de “Born in the USA” (1984) -previo paso por el peaje del intimista “Nebraska” (1982)-, el Boss alcanzaría cotas de popularidad aún más altas, “The River” sigue siendo considerado justamente como el punto de inflexión definitivo y obra cumbre en la carrera de un músico que, si bien en las dos últimas décadas largas ha dado muchas muestras de irregularidad, debe ser valorado justamente como uno de los más grandes en la historia del Rock, o en general de la música popular de la segunda mitad del siglo XX en adelante.

Como ya hemos hecho con otros discos emblemáticos que hemos comentado en nuestro blog anteriormente, os invitamos a descubrir o redescubrir una obra que, como toda que se considere clásica, no ha perdido ni lo más mínimo con el tiempo.

Ricard.

Os dejamos con una de las grandes canciones de “The River”, la muy exitosa “Hungry heart”:

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The Rolling Stones: “Sticky fingers”, la provocación sigue vigente.

El pasado 9 de junio se reeditó lujosamente uno de los discos clave no solamente de la larga carrera de The Rolling Stones, si no de la música popular de las últimas décadas entendida genéricamente. Se trata de “Sticky fingers”.

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Publicado originalmente en 1971, el disco forma parte de una tetralogía de álbumes que muchos consideran la mejor en la historia del grupo, y que viene conformada por “Beggars Banquet” (1968), “Let it Bleed” (1969), el propio “Sticky Fingers” y “Exile on Main Street” (1972). Un tramo en la historia de la banda donde ésta se abandona completamente a los sonidos deudores de la música de raíces norteamericana, o lo que es lo mismo, al blues, country o soul, unido todo ello por la textura sonora del mejor rock n´roll.

Previa a esta etapa, la formación provenía de un relativo fracaso de éxito y crítica tras la edición del psicodélico “Their Satanic Majesties Request” (1968), motivo por el cual se habían generado ciertas tensiones en el seno del grupo. En el cambio de rumbo de la banda fue clave la contratación de un nuevo productor, el norteamericano Jimmy Miller, quien estuvo detrás de los mandos en la grabación de “Beggars Banquet”. Pese al éxito que sí obtuvo este álbum, las relaciones entre los miembros del grupo siguieron deteriorándose, especialmente entre Brian Jones, con graves problemas de adicción a las drogas, y el resto de la formación.  El resultado de todo ello fue la expulsión de Jones, a quien, como se sabe, se encontró muerto en la piscina de su casa poco después, generándose, aún hoy en día, toda clase de especulaciones sobre los motivos del fallecimiento, y aumentando una cierta leyenda negra en torno a la banda, aderezada por los trágicos sucesos ocurridos en el Festival de Altamont de 1969 durante la actuación del grupo en la que murieron varias personas.

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Los Stones con Brian Jones aún en el grupo.

Jones había sido substituido por el joven guitarrista Mick Taylor, quien contribuiría a impulsar el nuevo sonido, más americano, de la banda, aún más patente en “Let it Bleed”, y que explotaría decididamente en “Sticky Fingers”. De hecho, buena parte de los arreglos del disco se pueden atribuir al propio Taylor, pese a que en el álbum los cortes viniesen firmados únicamente por Mick Jagger y Keith Richards, como había sido habitual hasta ese momento, algo que contribuiría a la frustración del guitarrista y que, tiempo después, lo llevaría a dejar la formación.

“Sticky fingers” fue el primer disco editado por el propio sello del grupo, el cual había decidido dejar Decca en pro de una mayor libertad creativa, y también (por qué no decirlo) para lograr un mayor control empresarial de la marca que se había generado en torno a la banda. En él encontramos una profundización en un estilo que, como hemos dicho, bebía del blues, el country o el soul, con el rock como leit motiv. En esta ocasión, condimentándolo todo más que nunca con letras que eran pura provocación, o incluso transgresión, y que hablaban de temas aún tabú por aquella época como el amor interracial o las drogas. A todo ello hay que añadir una portada, diseño de Andy Warhol, donde se veía una entrepierna masculina embutida en unos vaqueros y que causó gran controversia (en España, la portada fue censurada y substituida por otra, acaso más inquietante, en la que aparecen tres dedos femeninos asomando desde el interior de un pote de melaza). En la carátula aparece además por primera vez el famoso logo de la lengua que se convertiría en icono oficial del grupo, y que fue diseñado por John Pasche (y no por Warhol, como popularmente se cree) al cual hay que responsabilizar también de la portada alternativa del disco.

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Andy Warhol y Mick Jagger.

Por lo que se refiere las canciones del trabajo, éste empieza con “Brown sugar”, tema emblemático en el que Jagger juguetea magistralmente con la ambigüedad (no sabemos si se está refiriendo a una mujer negra o a las drogas), y que viene marcado por su irresistible sentido del ritmo. Una canción que suele ser uno de los momentos álgidos en cualquier concierto de los Stones. A este corte le sigue el medio tiempo “Sway”, canción de exquisitos arreglos. Igualmente memorable es “Wild horses”, considerada, junto a “Angie”, la balada por excelencia del grupo. “Can´t you hear me knocking” es puro rock n´roll atemporal; imposible dejar de agitarse mientras escuchas la canción. “You gotta move” es un blues primigenio; una versión que conecta a la banda con la más bella música de raíces. “Bitch” empezaba la cara b del vinilo original de forma inmejorable con un riff afilado marca de la casa y un estribillo como solo alguien como Jagger podría idear. “I got the blues” es un tema donde afloran influencias góspel; otra canción (una más) extraordinaria. Por su parte “Sister morphine” es acaso el corte más lánguido del disco, aunque igualmente intenso; se trata de la adaptación de un tema originariamente escrito por Marianne Faithful y que cuenta con la slide guitar de Ry Cooder; una canción sencillamente sobrecogedora. “Dead flowers” en cambio, a medio camino entre el country y el pop, es un tema mucho más alegre y que bien podría haber inspirado a bandas actuales de Americana como The Jayhawks. Finalmente, el disco se cierra de manera inmejorable con “Moonlight mile”, preciosa canción de reminiscencias folk en la que destacan sus arreglos orquestales.

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Imagen de promoción de la época de “Sticky Fingers” con Mick Taylor ya formando parte de la banda.

Aunque el siguiente disco de los Stones, “Exile on main street”, suele ser considerado justamente como la cumbre definitiva del grupo, “Sticky fingers” es igualmente imprescindible. Pocas colecciones de canciones tan variadas y, a la vez, equilibradas y de tan alto nivel encontramos a lo largo de la historia de la música popular. Incluso “Exile…” (recordemos, álbum doble) puede tener algún muy ligero bajón, algo que no ocurre con “Sticky fingers”. La nueva edición viene acompañada además de joyas como una versión completamente acústica de “Wild horses”, otra de “Brown sugar” con Eric Clapton en la guitarra, tomas alternativas, información detallada sobre los pormenores de la grabación del disco, fotografías inéditas…

En suma, escuchar “Sticky fingers” es escuchar un pedazo imprescindible de la música popular de nuestra época. Algo que os animamos a disfrutar.

Ricard.

Os dejamos con una fabulosa versión en directo de “Brown sugar”:

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Led Zeppelin: “Led Zeppelin IV”, reedición de una de las obras definitivas del Rock.

Tras la reedición hace unos meses de “I”,” II” y “III”, los primeros tres discos de Led Zeppelin, acaba de hacerse lo mismo con los dos siguientes álbumes de la banda, “Led Zeppelin IV” y “Houses of the holy”.  Aprovechando la ocasión, hemos querido rendir tributo a la mítica banda británica centrando nuestra atención en “Led Zeppelin IV”, su disco probablemente más popular, dando cuenta de él (con el ánimo historicista que caracteriza este blog), como ya hemos hecho con otros grandes álbumes de la música popular como “Berlín” (1973) de Lou Reed, “OK Computer” (1997) de Radiohead, y “Green” (1988) de R.E. M.

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Publicado el 8 de noviembre de 1971, “Led Zeppelin IV”, o “Zoso”, o “Runes”, o sencillamente “IV” como es conocido también el disco, es, no solo el trabajo más famoso de la banda, si no una de los álbumes más vendidos de la historia. Su importancia, con todo, no radica tanto en eso, como en su indudable calidad y en el hecho que en sus surcos encontremos casi todo el gran espectro musical que la banda llegó a abarcar a lo largo de su carrera. Y es que, más allá de los tópicos, y del hecho que Led Zeppelin sean comúnmente considerados (junto a  Black Sabbath) como los padres de la música Heavy-Rock, lo cierto es que se trata de una banda cuya influencia se deja notar, aun hoy en día, en toda clase de estilos y en artistas con personalidades musicales muy diversas.

“Led Zeppelin IV” surgió en parte como respuesta a la templada acogida que público y, especialmente, crítica, había dispensado a su anterior disco, el igualmente brillante en realidad “Led Zeppelin III”. Si en ese trabajo el grupo formado por Robert Plant (voz), Jimmy Page (guitarra), John Paul Jones (bajo/teclados) y John Bonham (batería), había profundizado en sus raíces blues y, sobre todo, folk, en “IV” quisieron expandir su sonido, yendo en distintas direcciones sin por ello dejar de lado una idea conceptual; una uniformidad (a la que no es ajena la excelente producción a cargo del propio Jimmy Page) que da un valor de obra compacta al disco.LedZeppelin2

Como hemos dicho, el álbum es conocido de diversas formas, principalmente como “Led Zeppelin IV”, siguiendo la estela de los anteriores trabajos del grupo que habían sido numerados partiendo del nombre de la formación, pero lo cierto es que, a diferencia de esos tres primeros discos, el trabajo no lucía ningún título explícito en su portada. Únicamente vemos, en el lomo de ésta, cuatro símbolos. Con el tiempo, el grupo dio a conocer que cada uno de ellos representaba a uno de los miembros de la banda.  Por lo demás, la imagen del hombre mayor cargando ramas que contemplamos en la carpeta del disco pertenece a una lámina que Robert Plant había comprado en una chatarrería en la población de Reading. Al grupo le gustó la idea de que fuera lo más destacado de la portada del álbum; enmarcada y colgada en una pared de aspecto mugriento, lo consideraron una representación de “lo antiguo en un edificio derruido, con lo nuevo surgiendo por detrás”, según palabras de Jimmy Page.

Musicalmente, como se ha apuntado, el disco viraba en diferentes direcciones sin perder por ello un mínimo de consistencia. Desde el blues-rock poderoso y de letra explícita que es “Black dog” con el que se inicia el trabajo, pasando por el homenaje al rock n´roll primigenio que se titula precisamente así “Rock n´Roll”, o la nueva revisión de las influencias folk-célticas del grupo en un tema como “The battle of evermore”, así como el boogie de “Misty monuntain hop”, el sonido acústico de la preciosa “Going to california”, la matizada psicodelia de “Four sticks”, o la energía rítmica del último corte del álbum “When the levee breaks”; toda la obra respira una frescura que la convierte en un título atemporal e imprescindible para entender el devenir de la música popular a posteriori.

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Mención aparte merece, por supuesto, “Stairway to heaven”, una canción que es un universo en sí misma, y que, dejando a un lado su sobreexposición, sigue considerándose justamente como uno de los momentos cumbre de la historia del rock. Compuesta musicalmente durante un largo periodo de tiempo por Jimmy Page, su letra fue escrita por Robert Plant inspirándose en el libro de Lewis Spence, “Magic arts in Celtic Britain”. Sobre su significado existen muchas interpretaciones, incluyendo alguna tan delirante como que hay un mensaje satanista implícito en ella. Lo cierto es que es una letra llena de misterio, aunque Robert Plant ha apuntado en alguna ocasión al hecho que quiso hacer referencia sobre todo a las Fiestas de Primavera, “cuando los pájaros hacen sus nidos, cuando empiezan la esperanza y el nuevo año”. Musicalmente consta de dos partes diferenciadas: una primera semiacústica de tintes casi medievales que incluye el uso de instrumentos como la flauta y con una sentimiento melancólico que inunda completamente su melodía, y un segundo tramo de carácter épico con una extraordinaria labor en la guitarra de Page, bien acompañado por la expresiva voz de Plant y la contundencia del imbatible combo rítmico que formaron John Paul Jones y el malogrado John Bonham.

La reedición del disco, al igual que ocurre con los otros álbumes de la banda que han ido apareciendo en nuevas publicaciones recientemente, viene cargada de extras, remezclas distintas y algún descarte de las sesiones de grabación, además de textos y fotografías inéditas en su libreto interior. En el futuro está previsto que se siga reeditando en la misma línea el resto de la discografía del grupo.

Terminamos esta entrada de nuestro blog instándoos a que aprovechéis las fechas navideñas en ciernes para escuchar o reescuchar esta obra imperecedera, enigmática y llena de belleza, que es “Led Zeppelin IV”.

Ricard.

Os dejamos con una versión en directo de “Stairway to heaven”:

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R.E.M.: 25 aniversario de “Green”.

Siguiendo la línea iniciada con “OK Computer” de Radiohead y “Berlin” de Lou Reed, damos cuenta ahora del aniversario de la publicación (25 años) de otro disco que se puede considerar ya un clásico de la música popular, y que, con motivo de la efeméride, acaba de ser reeditado en un formato de caja de lujo con diversos extras. Se trata de “Green” de R.E.M.

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“Green”, publicado en 1988, fue el sexto larga duración en la carrera de la banda formada a principios de los años 80 en la ciudad de Athens, en el estado de Georgia, Estados Unidos. Los cuatro componentes del grupo, Michael Stipe (cantante), Peter Buck (guitarra), Mike Mills (bajo) y Bill Berry (batería), habían conseguido un notable éxito con su anterior álbum, el magnífico “Document”, donde destacaban sencillos como “The one I love” o “It´s the end of the world as we know it (and I feel fine)”. “Document” supuso un punto y aparte para R.E.M. no solo por sus buenas ventas, si no por ser el trabajo con el que finiquitaban su pertenencia a un sello independiente, IRS. La banda había formado parte de esa suerte de movimiento que algunos bautizaron como “nuevo rock americano” que englobaba grupos como Dream Syndicate, Violent Femmes, Green on Red o The Long Ryders entre otros. En unos años en que los sintetizadores, las producciones sobrecargadas y el pop más vacío e inofensivo triunfaban en las listas de éxito, todas estas bandas apostaron por dar prioridad al sonido de guitarras, y a producciones más orgánicas y naturales. Pero de todos los nombres mencionados, tan solo R.E.M. tuvieron un nivel de progresión artístico y comercial que parecía no tener techo álbum tras álbum, hasta el punto de que, traspasada la década de los 90, su popularidad llegaría a alcanzar niveles planetarios como nadie hubiese podido imaginar cuando publicaron su primer trabajo, el E.P. “Chronic Town”, en 1982.

Sin embargo, el disco que supuso en cierta forma el tránsito entre el rock independiente y la entrada de lleno en la liga de grupos de estadio que en aquellos años lideraba la banda irlandesa U2, fue “Green”, primer álbum de R.E.M. editado por un sello multinacional, Warner, que hizo aumentar sensiblemente, sobre todo en Estados Unidos y Reino Unido, la popularidad del grupo. Paralelamente, el éxito del disco supuso un espaldarazo para otras bandas (como podrían ser Sonic Youth, The Pixies o Jane´s Addiction, por citar algunos nombres) que en aquella época y en años posteriores irrumpirían con fuerza en el panorama de la música popular, y que conformarían el precedente directo del rock alternativo y el grunge que triunfarían a principios de la década de los 90 con formaciones como Nirvana a la cabeza.

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R.E.M. etapa 80´s.

Con todo, “Green” era un trabajo que seguía manteniendo las líneas maestras que formaban parte del trabajo de la banda durante su trayectoria hasta ese momento: potentes guitarras mezcladas con un gran sentido melódico reforzado por la personal voz del carismático Michael Stipe, quien otorgaba además a las letras de las canciones un plus de distinción poética poco habitual en el  pop y el rock de aquellos momentos.

Uno de los grandes aciertos de “Green” es que, siendo un trabajo muy variado, las canciones encajan entre ellas como si de piezas de un delicado engranaje se tratara, de tal forma que el resultado en su conjunto es de una conseguida uniformidad, algo no reñido con la sensación de frescura que sigue experimentando el oyente tantos años después de la primera edición del disco. En buena parte, esto es mérito del productor del álbum, Scott Litt, habitual colaborador de la banda.

“Green” se inicia con “Pop song 89”, una canción que fue, en realidad, el último single escogido del disco, y que, con su sinuoso riff de guitarra, hace entrar al oyente en el álbum de manera directa y efectiva. “Get up” continua por la misma senda enérgica incorporando magníficas harmonías vocales que nos hacen pensar por momentos en The Beach Boys. En “You are the everything”, el grupo parece inspirarse en la faceta más acústica de unos Led Zeppelin, pero otorgándole una personalidad propia a la canción a la que seguramente no es ajena la procedencia sureña de la formación. “Stand”, siguiente corte del álbum, fue escogido como primer single de éste; se trata de un tema luminoso de melodía irresistible, pura felicidad contenida en poco más de tres minutos. Por el contrario, “World leader pretend”, donde afloran las preocupaciones socio-políticas de Michael Stipe aunque encriptadas en una letra llena de lirismo, tiene un tono mucho más sombrío. Se trata de una canción que incorpora instrumentos de cuerda y piano y que, en opinión de quien firma este texto, se encuentra entre las 4 o 5 mejores composiciones de la carrera del grupo. “The wrong child” sigue la línea acústica iniciada en “You are the everything”, pero añadiendo en primer plano el sonido de unas mandolinas que puede considerarse un anticipo de otros temas que serían publicados en siguientes trabajos. Se trata, en cualquier caso, de otra bellísima canción de complicadas harmonías y muy difícil ejecución.

La cara B del disco (en su versión en vinilo) se inicia con “Orange crush”, tema de afiladas guitarras que también fue single y que nos retrotrae a los primeros trabajos de los ya mencionados U2. Le sigue la muy rockera “Turn you inside out”, una intensa canción de memorable in crescendo y tintes psicodélicos con la presencia de órgano Hammond. “Hair hirt” es quizá el corte más discreto de la colección; sin ser desdeñable, su textura acústica palidece ante los grandes logros que son “You are the everything” y “The wrong child”. Por su parte, “I remember california” es un tema de rock ralentizado y algo oscuro con un implícito mensaje ecologista (algo que revolotea conceptualmente por todo el álbum, empezando por su título). Finalmente, el disco se cierra con “11th”, en realidad, canción sin título que vuelve al pop-rock de estructura clásica.

Cabe destacar los video-clips que el grupo grabó para cada uno de los singles del disco y que forman parte de una imaginería artística que es también una de las grandes señas de identidad de la formación, sobre todo durante el periodo que abarca los años 80 y principios de los 90 (no en vano, la portada de “Green” fue realizada por el pintor Jon McCafferty). Podéis verlos en esta entrada de nuestro espacio.

En la nueva edición de “Green” se incluye el álbum remasterizado, además de un segundo disco con un directo inédito grabado en noviembre de 1989 en Greensboro (Carolina del Norte). También se han añadido un poster y diversas postales con imágenes de los miembros del grupo durante la época en que se editó y promocionó el trabajo.

Os invitamos a que disfrutéis, por primera vez o de nuevo, de este disco por el que no parece que pasen los años.

Ricard.

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