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“The night of”: Insuperable ficción televisiva.

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Ya hablamos hace algún tiempo de “Show me a hero”, miniserie de la cadena HBO (como hemos reiterado en diversas ocasiones en nuestro blog, famosa por estar tras la producción de series como “The sopranos”, “The wire”, “Juego de tronos” o más recientemente la irregular pero apreciable “Westworld”), y hoy enfocamos nuestra atención en otra ficción salida de esta gran factoría televisiva, referente ineludible en los últimos tres lustros largos en lo que tiene que ver con la producción audiovisual. Nos referimos a la extraordinaria “The night of”.

La mención inicial a “Show me a hero” no solo tiene que ver con el hecho que HBO esté detrás de las dos series; también comparten ambas producciones algunas particularidades. Para empezar se trata de series de una única temporada y con pocos episodios (6 en el caso de “Show me a hero”, 8 en el de “The night of”). Además, en ambas está clara la ambición de llegar más allá del mero entretenimiento y ser obras que radiografíen en cierta forma mucho de lo que está ocurriendo en el ámbito socio-político actual en los Estados Unidos, si bien “Show me a hero” se basa en un caso real acontecido en los años 80, mientras que “The night of” es una ficción total situada temporalmente en la actualidad.

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“The nigt of” es una serie que se inspira a su vez en otra producción televisiva, la británica “Criminal justice”, y ha sido ideada por Steve Zaillan y Richard Price, ambos con experiencia contrastada en el mundo del cine y la televisión. Inicialmente iba a estar protagonizada por el malogrado James Gandolfini, inolvidable Tony Soprano en la serie de las series (junto a “The wire”) “The sopranos”. Sin embargo, tras la desaparición del añorado actor (quien luce como productor ejecutivo a título póstumo en los preciosos títulos de crédito de la serie) se barajaron varios nombres para substituirlo, incluyendo alguno tan insigne como el de Robert de Niro. Sin embargo, la repleta agenda de De Niro, y la negativa de otros intérpretes, hizo que el papel fuese a caer finalmente en John Turturro, quien, pese a tener dudas en un principio sobre si aceptarlo o no, se acabó incorporando al elenco de actores y actrices que forman parte del esplendido reparto de la producción.

Hacemos referencia en particular a Turturro y a su protagonismo porque es sobre él y su personaje sobre lo que pivota buena parte del éxito artístico de “The night of”. Sin él y su increíble trabajo interpretativo, de deslumbrante naturalidad, probablemente la serie resultaría muchísimo menos interesante, y el tono de la realización, mucho más grave y denso de lo que acaba siendo para el espectador. Su abogado “buscavidas”, de tintes entre patéticos y entrañables, merece entrar de pleno en una galería de los grandes personajes de ficción de los últimos años, ya no televisivos, sino de cualquier medio en general.

El argumento de “The night of”, sobre el que no queremos alargarnos mucho, se centra en el caso de un estudiante neoyorkino, de ascendencia pakistaní, al que se acusa del brutal asesinato de una chica. Durante el primer episodio de la serie seremos testigos de las circunstancias que llevan al joven a la acusación, y cómo aparentemente parece tenerlo todo (pruebas, testimonios, agravantes) en contra. Al final de dicho episodio, aparece el personaje de Turturro, quien de forma prácticamente casual asumirá la defensa del chico.

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“The night of” sigue la estructura de una gran ficción clásica. Se diría que podría ser una película o una novela en ocho capítulos. Con una linealidad temporal absoluta pues, y una economía de medios narrativos total (dicho sea en el mejor sentido). Los personajes están perfectamente retratados en el guión de la serie y en su puesta en escena, algo, esto último, a lo que contribuye su reparto, empezando por el mencionado abogado de Turturro, y pasando por el estudiante acusado del crimen (el ascendente Riz Ahmed), el policía veterano que interpreta Bill Camp (otro de esos actores que, lejos de ser estrellas, no pasan inadvertidos en cualquier aparición en pantalla que hagan), la abogada de origen indio que encarna con un trabajo lleno de matices la británica (con raíces familiares en Sri-Lanka) Amara Karan, y el siempre imponente Michael K. Williams, a quien recordamos especialmente por su trabajo como el gánster homosexual Omar Little en “The Wire” y que aquí interpreta un personaje con puntos en común con aquél.

Con una espléndida fotografía que podríamos calificar de hiperrealista, deudora de aquellos grandes filmes de los años 70 firmados por directores de la talla de Martin Scorsese o Sydney Lumet, en los que, en parte, “The night of” parece inspirarse, y con una maravillosa banda sonora, la serie es ante todo una gran historia de intriga, con generosas dosis de drama (se diría que de ecos dostoievskianos) y ramalazos de comedia, que engancha irremediablemente al espectador casi desde el primer instante. Pero también, como hemos apuntado al principio al compararla con “Show me a hero”, tiene la ambición de retratar una sociedad (la norteamericana, pero en realidad podría ser casi cualquiera del mundo occidental; solo hay que ver lo que está ocurriendo actualmente en países como Holanda o Francia) en un estado permanente de histeria y paranoia, devorada por los mensajes de odio al diferente que han llevado al poder al más reaccionario y ultraconservador presidente de los Estados Unidos en toda su historia.

En definitiva, “The night of” es, sencillamente, una insuperable ficción televisiva. No os la perdáis.

Ricard.

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“Show me a hero”: Política real.

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En un panorama audiovisual sobresaturado de series más que interesantes, el sello de un guionista como David Simon, uno de los máximos responsables de la que pasa por ser justamente una de las mejores series de la historia (“The Wire”), se revela como un muy buen motivo a la hora de elegir una nueva producción televisiva que ver. Por eso no hemos tenido ninguna duda en visionar su, hasta ahora, última creación, “Show me a hero”, la cual es, en realidad, una miniserie de tan solo 6 episodios admirablemente bien escritos, dirigidos e interpretados.

Si en “The Wire”, Simon conseguía radiografiar en cierta forma la sociedad actual fijando su mirada en distintos ámbitos de ésta, creando un collage donde el espectador debía esforzarse por unir las distintas piezas de un tablero tan argumentalmente complejo como el mismo sistema que intentaba reflejar la serie, aquí nos encontramos con un trabajo menos ambicioso (necesariamente tratándose de una miniserie), pero de gran calado a la hora de mostrar el mundo de la política, tantas veces estereotipado en la ficción y en los medios de comunicación.

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Con la colaboración en los guiones de William Zorzi, y la dirección de Paul Haggis, “Show me a hero” cuenta con un gran elenco de actores que incluye a los, de un tiempo a esta parte, casi desaparecidos James Belushi y Winona Ryder, a los veteranos Alfred Molina y Catherine Keener, y al ascendente Oscar Isaac como protagonista. Isaac encarna a Nick Wasiscko, joven político que a mediados de los años 80 llegó a alcanzar la alcaldía de Yonkers, pequeña ciudad ubicada en el condado de Weschester, cerca de Nueva York. Forzado por una disposición judicial que obligaba a la ciudad a construir 200 viviendas sociales, Wasiscko se quedó prácticamente solo en la defensa de una responsabilidad que, en caso de no ser asumida, hubiese llevado a la ruina económica al Ayuntamiento. Con la resistencia casi total de unos vecinos que creían que la construcción de las viviendas traería miseria y delincuencia a la puertas de sus casas, y con una fiera oposición por parte de su partido rival, y aún entre la mayoría de los concejales de los del suyo propio, Wasiscko llegó a caer en desgracia, con resultados que a la larga resultaron ser trágicos.

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La historia, documentada en un libro de la periodista y escritora Lisa Belkin, nos muestra la complejidad del ejercicio político, y como éste se ve demasiadas veces supeditado a lo emocional, dejando de lado argumentos y razones que puedan llevar a tomar decisiones solidas, cuyo resultados puedan dar frutos positivos más allá del momento inmediato.

Hipocresía, manipulación, deslealtad, demagogia… elementos muy presentes no solo en la política norteamericana, tal y como, lamentablemente, podemos comprobar diariamente en nuestro país. Y es que, como ya ocurría en “The Wire”, pese a estar situada la trama de esta serie en un lugar alejado del lugar donde vivimos, y con elementos socioeconómicos distintivos respecto a los que nos rodean a nosotros, podemos considerar “Show me a hero” (frase por cierto extraída de un relato de Francis Scott Fitgerald) como un brillante análisis, a partir de un hecho concreto verídico, de lo que podemos considerar la política real en la actualidad.

Ricard.

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“Ripper Street”: Bajo la sombra del destripador.

Nos encontramos en 1888. La gran urbe que es Londres vive aterrorizada por un asesino en serie apodado Jack el destripador. El individuo en cuestión ha matado a varias mujeres, todas ellas prostitutas, de la forma más atroz, pues la mayoría de sus víctimas son encontradas terriblemente mutiladas. Se especula con la identidad del asesino: ¿es acaso un cirujano, dada su habilidad diseccionadora? ¿O nos encontramos quizá ante un miembro de la nobleza británica tal y como apuntan algunos leves indicios? ¿Quién puede saberlo?

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El equipo de investigadores de la comisaría de Whitechapel (barrio de Londres en el que suele actuar el destripador) está encabezado por el estricto inspector Edmund Reid (Matthew Macfayden) una suerte de detective visionario que utiliza técnicas forenses poco menos que parejas a las de un equipo del CSI, aunque, claro está teniendo en cuenta la época en la que nos encontramos, realizadas con medios más rudimentarios. Junto a él se encuentran el capitán Homer Jackson (Adam Rothenberg), norteamericano ex miembro de la famosa agencia de detectives Pinkerton con grandes conocimientos científicos y un oscuro pasado, y el sargento Bennet Drake (Jerome Flynn), hombre cuya inclinación a la violencia es tan intensa como la bondad que anida realmente en su corazón. Mientras Jack deja de actuar, los tres personajes descritos se enfrentarán a toda clase de misterios a la vez que sobre ellos persiste la sombra del destripador a quien siguen queriendo atrapar.

Es tal la avalancha de series interesantes, cuando no directamente imprescindibles, que se están produciendo en la actualidad, que resulta imposible visualizar todas ellas a menos que uno se dedique a hacerlo como si de un trabajo a tiempo completo se tratara. Por eso es fácil que se nos “escape” algún serial que nos pueda resultar particularmente atractivo. En mi caso, la casualidad, más que cualquier otra cosa, fue lo que me hizo reparar en la muy notable “Ripper street”, serie auspiciada por el canal americano de la BBC que consta de dos únicas temporadas de ocho capítulos cada una emitidas en 2012 y 2013, aunque su rápido estatus de obra de culto ha hecho que, tras haber sido inicialmente cancelada, se hayan anunciado ocho nuevos episodios, esta vez producidos por Amazon.

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“Ripper Street” destaca por su muy buena puesta en escena, una cruda y magnifica fotografía, unos más que interesantes guiones, y los excelentes actores que encarnan tanto a los protagonistas de la serie como a otros personajes. El contexto en el que se mueven éstos es el de una ciudad, Londres, cuyos ambientes más pobres están soberbiamente recreados. Efectivamente, no se nos ahorra ver la miseria palpable entre los habitantes del East End, zona perteneciente a Whitechapel. Igualmente, somos testigos de las tensiones políticas y sociales del momento histórico, y comprobamos como, en parte debido a ello, la delincuencia corría a sus anchas por los callejones del lugar, de manera que la violencia se consideraba en muchas ocasiones la única forma de erradicarla.

En ese sentido, los policías protagonistas del serial, encabezados por el inspector Reid, se muestran a veces casi tan inmisericordes como los propios criminales a los que persiguen. Con todo, los matices que cada uno de ellos lleva en su interior florecen capítulo a capítulo de forma narrativamente inteligente, de manera que vemos crecer la complejidad psicológica de éstos. Los personajes reales (no solo los mencionados policías, también secundarios que aparecen puntualmente en diversos capítulos como pueda ser Joseph Merrik, el conocido como “hombre elefante”), se mezclan con algunos inventados. De igual modo, los hechos auténticos se combinan con otros ficticios, fruto en buena parte de la falta de una certidumbre absoluta que hoy en día podamos contemplar sobre lo mucho que aconteció en las calles del Londres más deprimido de finales del siglo XIX, sobre todo por lo que tiene que ver con Jack el destripador de quien se sigue desconociendo la identidad.

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Con todo, saber quién es el asesino en serie no es lo que más atormenta al inspector Reid. Conocemos al principio de la serie que la hija de Reid desapareció un año atrás sin que el jefe de la comisaría de Whitechapel tenga certeza alguna de lo que sucedió con ella.  Debido a eso, su matrimonio se resquebraja y su trabajo como investigador se resiente por momentos. Así, el gran hilo conductor de “Ripper Street” quizá sea esa imposibilidad de saber la verdad que devora por dentro a algunas personas y hace que lleguen a obsesionarse hasta extremos enfermizos. De acuerdo con ello, y aunque la historia que se cuenta suceda en una época y lugar diferentes, existe un cierto paralelismo entre el serial y una gran película que ha acudido alguna vez a mi cabeza mientras lo veía como es “Zodiac” de David Fincher. Aunque en el primero, finalmente, se acaban por esclarecer la mayoría de casos que se plantean.

“Ripper street” es una serie que aúna capacidad de llegar a un gran público con una calidad indiscutible. Las diferentes tramas y la acción se entremezclan de manera fluida y con un buen ritmo casi constante episodio tras episodio, sin que por ello se pierda el dibujo de los personajes ni la capacidad de emocionar y hacer reflexionar al espectador. Es, en fin, otra muestra más de esta época de oro de los seriales televisivos en la que estamos inmersos. Y por supuesto, una recomendación muy especial que os hacemos desde “Cultura y algo más”.

Ricard.

Os dejamos con un tráiler de la primera temporada de la serie:

Tráiler de la primera temporada de “Ripper Street”

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“Deadwood”: Un western televisivo con múltiples lecturas.

deadwoodYa comentamos en nuestro espacio, a raíz de la entrada dedicada a la imprescindible “The Wire”, que nos encontramos en un momento de máximo esplendor por lo que se refiere al formato serializado de ficción televisiva. De esta coyuntura de gloria participan no solo series que han obtenido una gran popularidad entre el público, si no otras que han pasado más discretamente por la pantalla pero que con el tiempo han sido reivindicadas por crítica y grupos de espectadores, convirtiéndose en obras de culto. Si bien la serie que nos ocupa en esta ocasión sí obtuvo un más que aceptable éxito de audiencia (al menos en su país de producción, los Estados Unidos), el tiempo trascurrido desde la emisión de su último capítulo la ha colocado en esa situación de serie reverenciada por un público fiel que bien podríamos calificar de amplia minoría.

Como “The Wire”, “Deadwood” pertenece a esa factoría de increíble creatividad denominada HBO. Con el auspicio de este canal de cable, el guionista David Milch produjo la serie, escribiendo el argumento de casi toda ella. El resultado final se emitió en tres temporadas de 12 capítulos cada una, entre los años 2004 a 2006.

La serie está ambientada en la década de 1870 en el pueblo de Deadwood, situado en Dakota del Sur, en los momentos previos y posteriores a la anexión de este territorio por parte del estado de Dakota, perteneciente éste a la Unión (es decir, a los Estados Unidos de América). En la serie aparecen diversos personajes históricos como Seth Bullock, Wild Will Hickock, Calamity Jane, Wyat Earp o George Hearst. Todos ellos conforman, en cierta forma, el paisaje mítico de la conquista del oeste norteamericano por parte de colonos, mineros, buscadores de oro, comerciantes, jugadores, bandidos, justicieros y toda clase de aventureros.

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“Deadwood” destacó por su formato de novela-río por episodios (otro punto de conexión con “The Wire”) y lo increíblemente elaborado de sus guiones, tanto por lo que se refiere al perfil de sus personajes, totalmente multidimensionales, como a la imprevisibilidad de los acontecimientos que narra, así como a (sobre todo) sus afilados diálogos, a los que nos atreveríamos a calificar de shakesperianos (lo cual no deja de ser algo irónico, teniendo en cuenta que “Deadwood” es una serie en la que la mayoría de sus protagonistas sueltan tacos de manera casi constante). De hecho, y en opinión de quien firma este escrito, los diálogos de “Deadwood” superan incluso a los de la ya mencionada “The Wire”, o a otras series igualmente brillantes como “The Sopranos” o “Breaking Bad”, por citar algunas que me vienen fácilmente a la cabeza. Por eso sorprende ver que en una reciente encuesta realizada a guionistas de los Estados Unidos, en la que se debían elegir las series mejor escritas de la historia, “Deadwood” aparezca en una posición más bien discreta (34 de un total de 101 series).

En contra de “Deadwood” juega su final, un tanto en falso (sin que este comentario suponga una suerte de spoiler para los que no hayan visto la serie). Y es que ésta fue una producción que, al querer recrear una época pasada con puntilloso detallismo (a las virtudes de la serie ya descritas hay que añadir su excelente puesta en escena, fotografía y vestuario), resultó económicamente muy costosa. De todas formas, nos parece poco comprensible la decisión de HBO de darle conclusión (teniendo en cuenta su buena aceptación entre la audiencia), sin que se llegasen a cerrar del todo algunas de las tramas de su argumento. La idea inicial de la cadena de cable era que se realizaran dos películas que sirvieran como epílogo de la serie, pero lo cierto es que el tiempo ha ido pasando y resulta poco factible que, finalmente, esos films vayan a rodarse.

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Con todo lo dicho, si nos hemos decidido a hablar en este blog de “Deadwood” es (además de por su nivel técnico y artístico que la ponen al nivel de cualquier gran obra cultural contemporánea) por el hecho de que la consideramos, en cierta forma, una excelente metáfora sobre las dinámicas de poder, influencias e intereses que gobiernan, en otro contexto, nuestra época. Y es que el pueblo de Deadwood se revela como una suerte de microcosmos en el que se muestran las constantes propias de cualquier comunidad coetánea pretendidamente democrática en la que, en realidad, las autoridades públicas son meras marionetas al servicio de quienes regentan el verdadero poder. En este sentido, resulta especialmente memorable un momento, dentro de uno de los episodios de la primera temporada, en el cual se eligen, en una reunión improvisada en uno de los prostíbulos del pueblo, los máximos representantes de éste (alcalde, sheriff…) de manera que en las negociaciones que han de llevar a la anexión de la localidad al estado de Dakota, los enviados gubernamentales que deben dialogar en ellas tengan la percepción de que en la población existe algo parecido a un sistema sólido de ley y orden (algo que, en el fondo, está lejos de acontecer). De esta forma, quienes sustentan realmente el poder en el pueblo (y a menudo se pelean duramente y llegan a matar por mantenerlo), esquivan la posibilidad de que ese gobierno federal (tan corrupto como lo puedan ser la mayoría de supuestas autoridades de Deadwood) tenga la excusa legal de ser excesivamente intervencionista en los asuntos que conciernen a la localidad. “Más que los servicios que proporcione, lo que da vida a una organización es llevarse el dinero del pueblo, ya sea formal, informal o provisional” afirma cínicamente durante la reunión uno de los personajes, elegido, prácticamente a dedo, como alcalde de la población.

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De todas formas, y pese a las diferentes lecturas que achacamos a la serie, “Deadwood” no deja de ser una ficción que mantiene las constantes del género al que está adscrito: el western. Así, tenemos personajes realmente memorables (interpretados, por cierto, admirablemente) que responden al perfil arquetípico de las historias del oeste norteamericano que hemos contemplado normalmente en el cine, pero retratados con una mayor profundidad psicológica de lo habitual. Además, la serie mezcla con naturalidad drama, tragedia, humor (en ocasiones muy negro) y acción, incluyendo alguna escena de violencia especialmente escabrosa (nos viene a la cabeza la brutal pelea callejera que acontece en uno de los episodios de la última temporada).

“Deadwood” es, en fin, una serie excelente que vale la pena ver o recuperar de nuevo.

Ricard.

Os dejamos con un curioso vídeo-documental que hemos localizado, de algo más de diez minutos de duración, y que nos explica, de forma muy amena y didáctica, la historia de Deadwood:

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“The Wire”: Tan lejos, tan cerca.

The_WireEmpieza a resultar recurrente decir que en la actualidad la mejor ficción cinematográfica se encuentra en las series de televisión. Ciertamente podemos afirmar que estamos viviendo una etapa dorada de los seriales televisivos. En este hecho tiene mucho que ver HBO, popular canal de cable norteamericano responsable de la producción de “Los Soprano” (auténtico pistoletazo de salida de esta época de gloria), “Boardwalk Empire”, “Game of thrones” o la serie que nos ocupa: “The Wire”.

“The Wire” fue emitida en los Estados Unidos en cinco temporadas durante los años 2002 a 2008. Hace ya, pues, un lustro que finalizó, pero los ecos que dejó en los espectadores que la siguieron en su momento o la han visto, de una forma u otra, más tarde, están lejos de apagarse.

La serie, aquí subtitulada “Bajo escucha”, seguía las vicisitudes de diversos personajes en la ciudad de Baltimore, centrándose cada una de las temporadas en algún cariz en particular, siendo el primero de ellos el de la delincuencia vista desde la perspectiva tanto del estamento policial como de los criminales; el segundo el del comercio portuario, los sindicatos y el contrabando ilegal; el tercero el del mundo político y la corrupción; el cuarto el de la educación y las muchas dificultades con las que se encuentran quienes se dedican a ella en un contexto de miseria y violencia diarias;  y el quinto y último, el de los medios de comunicación y su relación con el devenir de la política u otras dimensiones de la sociedad. Todo ello teniendo como hilo conductor la lucha contra el tráfico de drogas de un grupo de policías que conforman una suerte de brigada especializada en recabar información con la que implicar procesalmente a narcotraficantes.

El conjunto de las cinco temporadas de la serie supone un fresco total que muestra, con toda la complejidad necesaria, como es una comunidad en un momento histórico concreto. En este sentido, y tal como han apuntado personalidades como Mario Vargas Llosa, “The Wire” supone algo parecido a lo que han sido en épocas pasadas las grandes novelas-río en las que podíamos seguir lo que acaecía a un grupo de personajes durante un largo periodo de tiempo (un ejemplo obvio podría ser “Guerra y paz” de Tolstoi, sin que tal equiparación resulte exagerada).

Hablamos en presente de la serie porque, pese a que como ya hemos dicho, hace cinco años que terminó, su vigencia en la actualidad es total. “The Wire” se adelantaba en el tiempo a la hora de analizar aspectos de tan rabiosa actualidad como la crisis económico-financiera y sus consecuencias en las vidas de las personas de clase media y populares, las triquiñuelas con las que actúan las organizaciones políticas y el alto grado de corrupción del sistema, la caída de los medios de comunicación impresos en detrimento de formas de información cada vez más centradas en los medios digitales con lo que ello supone de inmediatez pero también de tergiversación y facilidad de manipulación, la dejadez por parte de las autoridades del sistema educativo y el loable, casi heroico trabajo de maestros y educadores en situaciones de fuerte estrés y falta de recursos, etc.

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Y eso sin abandonar en ningún momento un bien entendido concepto de entretenimiento. Y es que, si “The Wire” es todo lo que hemos apuntado arriba, también resulta una historia emotiva, tensa, a ratos trepidante en su acción, por momentos divertida, mientras que en muchos otros aparece con toda su crudeza la tragedia cotidiana en forma de ráfagas de violencia o imágenes de mendicidad y dolor. Todo ello en un contexto, el de la ciudad de Baltimore, que, con sus peculiaridades (una mayoría de habitantes de raza negra, el hecho que sea una población marítima), podría ser perfectamente equiparable a tantas otras del mundo occidental.

Aunque quizá, el gran logro de “The Wire” sean sus personajes. Caracteres salidos, en buena parte, de la realidad, pues uno de los creadores de la serie, el periodista y escritor David Simon (el otro es el ex policía Ed Burns), se basó en su experiencia como redactor de sucesos en el periódico “Baltimore Sun” para elaborar los primeros guiones de los cuales saldrían los protagonistas de las distintas temporadas de esta monumental obra televisiva. Desde el borrachuzo, mujeriego y obsesivo detective James ‘Jimmy’ McNulty, hasta el yonqui de personalidad frágil, atormentada y llena de buenos sentimientos que es Bubbles, pasando por el especialmente memorable Omar, individuo que se dedica a robar a los propios delincuentes, homosexual e imbuido de un aura de leyenda de intocable en las calles. Se trata, en todos los casos, de personajes retratados al margen de cualquier tipo de cliché, que nos son mostrados con todos los matices del espíritu humano.

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“The Wire” es una serie que podríamos calificar de pesimista, dado que no hay ningún personaje que pueda considerarse, propiamente, como totalmente bueno, y que muestra a la sociedad que quiere retratar y el sistema en que se sustenta como intrínsecamente caótica y repleta de injusticias de toda índole. Pero, paradójicamente, acaba emergiendo de todo eso algo que podríamos considerar como esperanza, pues no son pocos los momentos en que, como sucede en la vida misma, los protagonistas de la serie se rebelan contra sus propias limitaciones, las trabas que ponen ante ellos quienes sustentan mayor poder, o las fatalidades del destino, para salir adelante o conseguir algún logro que debe repercutir positivamente en ellos mismos o en la comunidad.

En conclusión, nos atrevemos a afirmar que “The Wire” es una de las obras de la cultura popular más importante de la última década. Su visión (o revisión) resulta más que aconsejable para entender mejor el momento histórico en que nos encontramos, al margen de que su trama ocurra en un lugar geográficamente alejado al nuestro.

Ricard.

Os dejamos con un vídeo en el que se puede ver la primera escena, previa a los títulos de crédito, del primer capítulo de la primera temporada de la serie. Como curiosidad, comentar que la canción que podemos escuchar mientras vemos los mencionados títulos es una versión a cargo de The Blind Boys of Alabama de “Down in a hole” de Tom Waits. En las siguientes temporadas sonarían sucesivamente la canción original del propio Waits, y otras tantas versiones a cargo de The Neville Brothers, DoMaJe (grupo formado por cinco adolescentes de Baltimore) y Steve Earle, comprometido cantante de country-rock que también asumía uno de los papeles en la serie.

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