Archivo mensual: diciembre 2016

“Nora”: La dignidad de la esposa.

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Hemos asistido hace poco a la primera obra de la “Trilogía de la imperfección” que esta temporada llevará a la Sala Atrium de Barcelona obras de Ibsen, StrindbergChéjov, a partir del hilo común del feminismo, entendido como la emancipación de la mujer de la tutela del marido que progresivamente tuvo lugar a principios del siglo pasado, con diversos matices que iremos descubriendo en nuestro blog.

El convencionalismo con el que se inicia la representación, con un matrimonio pequeñoburgués al inicio de su pujanza económica gracias al puestazo conseguido por él al frente de un banco, dará en seguida un giro para desenmascarar todas las miserias que a veces rodean esos ascensos metéoricos. La adaptación y dirección de Raimon Molins desproveen al clásico de cualquier valor más o menos anecdótico para convertirlo, con un arriesgado lenguaje visual, en una obra de plena actualidad.

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Mireia Trias en su papel de Nora está magnífica, dotando al personaje de ricos matices;  así, al principio, se nos presenta como una tontuela pequeñoburguesa empeñada en fundirse la tarjeta de crédito del marido, por lo que recibe un cariñoso tirón de orejas  de Torvald (Oriol Tarrasón), que considera el malgasto como un pecadillo menor fácilmente perdonable y que entra incluso en lo que se espera de una mujer de esa clase y condición.

Pero en seguida vemos que esa presentación del personaje esuna cortina de humo para distraer al espectador. Nora es mucho más que eso. Cuando su amiga Kristine (genial Patricia Mendoza) se presenta en su casa como el contrapunto de fracaso ante tanta pujanza, implorando que interceda ante su marido por un empleo en el banco, vemos otra dimensión del personaje, mucho más tierna y sensible:  parece ocuparse de los problemas de su amiga de modo altruista y se muestra decidida a rogar  por ella ante su  marido.

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Pero es cuando entra en escena Oda (Gal.la Sabaté), el dramatismo que había permanecido contenido se desata en toda su intensidad:  Oda no viene como Kristine a implorar nada, sino a exigir que se le restituya lo suyo, y amenaza con las consecuencias de no hacerlo, consecuencias que se llevarán por delante el matrimonio.

La inocentona burguesa del principio de la obra ha mutado ya en una mujer que reivindica su actuación en favor de su marido, y que incluso, cuando acaba sufriendo la ira de él -que le reprocha haber roto en esta ocasión las reglas del juego-, se rebela.

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Lo que siempre sorprende de Ibsen es la extraordinaria actualidad de sus argumentos. Si en “Un enemigo del pueblo” el argumento es la corrupción política, en “Casa de  muñecas” los temas centrales son el matrimonio,  dinero, el empleo y el chantaje.  Como decíamos al principio, la puesta en escena huye del convencionalismo clásico para adentrarse en un lenguaje visual más elaborado, enriqueciendo la obra con un cierto experimento metateatral, en el que los actores y actrices parecen dirigirse y filmarse al tiempo, con sus  imágenes proyectadas al fondo, cual unos amigos rodando la obra  (en algún momento los actores y actrices se llaman por sus nombres), lo que añade dramatismo al espectáctulo, al dejar de confinarse en un páis escandinavo a finales del siglo pasado,  para interpelar directamente a los presentes que se sienten perfectamente identificados. La liberación final de Nora, que rompe con todas sus ataduras, es como un alivio colectivo al espectador, que ha asistido con angustia a la creciente presión que vive esa mujer y que comparte con ella como un soplo de aire fresco.

La obra estará en la Atrium hasta el 8 de enero.

Ignasi y Laura.

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Nirvana: 25 aniversario de “Nevermind”. Sigue importando.

¿Cómo afrontar la revisión de una obra sobre la que se han vertido y se seguirán vertiendo ríos de tinta? La mejor manera de hacerlo es desde lo personal. En mi caso, la primera imagen que acude a mi mente cuando pienso en un disco como el “Nevermind” de Nirvana es la de mi mismo sentado en una clase de la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Barcelona. Había acabado el COU y, a la espera de empezar el servicio militar obligatorio, acudía como oyente tanto a clases de Psicología como de Pedagogía con la idea de aclararme sobre cual de las dos carreras podía interesarme más si, una vez terminada la “mili”, me decidía a seguir estudiando como finalmente hice (para los curiosos, me decanté por Pedagogía). Fue allí donde entablé conversación espontanea con un estudiante de primer curso que llevaba su carpeta forrada con fotografías de grupos como Sex Pistols, The Clash, The Damned… “¿Has escuchado un grupo que se llama Nirvana?” me preguntó en un momento de la, para mí, apasionante charla que (ya os lo imaginaréis) versaba sobre el punk-rock. Como respuesta me encogí de hombros. Apenas hecho esto, y cuando mi contertuliano se disponía a darme algún tipo de explicación sobre quienes eran los tales Nirvana, apareció un profesor por la puerta, empezó a dar clase y, de esta manera, finalizó con cierta brusquedad ese diálogo musical que yo hubiese extendido hasta el infinito y que no tuvo continuación más tarde, sin que recuerde el motivo de ello.

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Apenas unos días después, un sábado al mediodía, me encontraba con un par de amigos en una tienda de discos, una de las muchas que por aquella época (situémonos definitivamente, finales de 1991) poblaban las calles del barrio gótico de Barcelona. En aquella pequeña y cerrada ágora para melómanos, un lugar (¡ay!) tan alejado en el tiempo (aquí no puedo evitar sentir cierta nostalgia), en las antípodas de los foros virtuales (redes sociales mediante) en los que se suele afrontar hoy en día el debate sobre lo musical, lo cultural y todo lo divino y humano,  fue donde escuché por primera vez “Smells like teen spirit”, canción escogida como primer single y que, de hecho, abría el que era segundo disco (primero para una multinacional, aunque entonces, lógicamente, no lo sabíamos) de Nirvana: “Nevermind”. “Tenéis que escuchar esto”, nos había dicho con evidente entusiasmo (creo recordar el brillo en sus ojos)  el tipo que se encontraba tras el mostrador de la tienda de discos hace años desaparecida que solía pinchar vinilos con un tocadiscos que se encontraba en un extremo de su lugar de trabajo. “¿Cómo se llama el grupo?” preguntó uno de mis colegas apenas transcurrido un minuto de la canción. “Nirvana”, respondió el vendedor. Me acordé entonces del nombre que había mencionado el estudiante con el que había conversado días atrás. Mi intervención en este momento es una frase memorable que debo transcribir tal cual: “Suena bien pero… esto no va a tener ningún éxito” (esta es una anécdota recurrente en mi vida, algo que he contado en múltiples ocasiones y que pongo como ejemplo de lo cortos de miras que podemos ser a veces). Ni que decir tiene que “Nevermind” se convirtió en pocas semanas en un fenómeno mundial, con millones de copias vendidas, propagándose además con mucha rapidez una suerte de histerismo colectivo que no solamente convirtió en hiperfamosos a los miembros de la banda que lo había creado (especialmente a su líder, Kurt Cobain), sino que catapultó a otras formaciones con influencias similares que probablemente sin el éxito de este disco no hubieran tenido la oportunidad de fichar para un gran sello, a los primeros puestos de ventas en todo el mundo, en lo que fue una (ciertamente difícil de prever poco tiempo antes) explosión de popularidad de lo que hasta entonces algunos denominábamos “rock alternativo”.

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¿Pero cómo se podía considerar “alternativo” algo que vendía millones de unidades? Nirvana aparecían continuamente en medios de comunicación convencionales, su música sonaba en cadenas de radio “mainstream” al estilo de los 40 principales…. Hasta aquellos compañeros de estudio que jamás habían mostrado el más mínimo interés por bandas que había escuchado durante mi adolescencia (The Replacements, Sonic Youth, Pixies), que bien se podían considerar en la órbita de lo que representaba a priori una banda como Nirvana y que, de hecho, habían influenciado claramente a Cobain y compañía, me preguntaban, al encontrarnos aquí o allá, por el grupo que había hecho popular el llamado sonido Seattle (ciudad de referencia del “grunge”, ese movimiento caracterizado por el desaliño estético y la angustia existencial que solían mostrar en las letras de sus canciones las bandas que se circunscribían a él), y me pedían recomendación sobre otras formaciones que pudieran sonar de manera similar.

Quizá por despecho a que hasta entonces no se hubiera prestado suficiente atención a esas bandas que tanto me habían gustado, no sentí en primera instancia una gran simpatía por Nirvana. Me gustaba muchísimo “Nevermind”. Durante un par o tres de años estuvo entre los discos que más escuché, claro está, pero en cierta forma tenía la sensación de que se había traicionado lo que podríamos llamar la ética del punk llevando esa clase de música a todo tipo de audiencias (recordemos que “Nevermind” superó en ventas al mismísimo Michael Jackson, que por entonces acababa igualmente de sacar un disco al mercado). Además, Kurt Cobain me parecía un tipo, por momentos, algo arrogante (una percepción absurda vista con la perspectiva que da el tiempo). Tonterías pseudoadolescentes por mi parte que, de forma brutal, con el trágico suicidio de Cobain en abril de 1994, se desvanecieron. En realidad “Nevermind” merecía todo el éxito que tuvo. Era (y es) un álbum brillante que aunaba en un sonido uniforme no solo influencias del punk y el rock alternativo, sino también del rock duro de inspiración setentera, el folk, y, desde luego, el pop (ese yeahhhh… tan beateliano de “Lithium”). Un trabajo sin mácula cargado de posibles singles, aunque siga destacando ese “Smells like teen spirit” con el que se abre el disco (ese mismo tema que, en mi opinión, no iba a triunfar) y que cargaba con oscura ironía contra la apatía de la llamada “Generación X”. Igualmente sobresalen canciones como la magnética “Como as you are”, la rotunda “In bloom”, la descaradamente punk “Territorial pissings”, la bella (en su sencillez) “Polly”, o la igualmente preciosa aunque lúgubre “Something in the way”. Mención aparte merece la acertadísima producción de Butch Vig, quien supo hacer relucir el buen material que había compuesto Kurt Cobain como probablemente nadie más lo hubiese podido hacer.

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Han pasado 25 años desde la edición de “Nevermind”. Hemos madurado (o eso queremos creer) y, evidentemente, nuestra capacidad para asombrarnos, para sentir el impacto de lo nuevo, ha disminuido con la experiencia, de forma que cuando escuchamos, vemos o leemos algo inédito, no tenemos tendencia a lanzar las campanas al vuelo como podíamos haberlo hecho antaño por muy gratificante que sea la experiencia. Puede que en parte sea por ello, pero no creo que haya mucha música hoy en día, al menos si nos circunscribimos al Rock o al Pop, música que alcance autentica relevancia entre las masas, que consideremos que pueda mirar de tú a tú a un álbum como “Nevermind”. La frescura, la sana mala leche, la fuerza de este disco, se mantienen incólumes. Sería tan necesario que en los tiempos que corren hubiera algo así. Seguimos echando tanto de menos a alguien como Kurt Cobain.

Decididamente, “Nevermind” sigue importando.

Ricard.

Os dejamos con un concierto completo de Nirvana:

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“Conte de Tots Sants”: Dickens en Tailandia.

conte-1Nos ha sorprendido gratamente esta versión en clave de comedia musical del clásico de Dickens “A Christmas carol” escrita por Jofre Bellés con dirección de Maria Voronkova y dirección musical de David Anguera. Ingeniosa, dinámica y descarada, protagonizada por dos fantasmas elfos, los propios Bellés y  Anguera, cual si de Dupont y Dupont se trataran  -más que de los espíritus de las navidades presentes y futuras-, que tratan de redimir al personaje repelente encarnado por  Miguel Ángel Sánchez, en su papel de guaperas rey de las redes sociales e industrial explotador. La buena voluntad y empeño de los dos geniecillos es guiada con acierto por la diablesa Lluna Pindado, que por las malas trata de salvar al desalmado ejecutivo como también lo intenta por las buenas con su encantador alter ego, la vecina María, que tiene que soportar los continuos desprecios del jefe de empresa al que para ahorrar se le ocurre trasladar la producción a… Tailandia!!!

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Sorprendente faceta como cantantes de los intérpretes, con una excelente Lluna Pindado con voz de soprano acompañada por el resto de actores que nos muestran su talento musical, que junto a las cuidada escenografía de Xavier Vila e iluminación de Joan Gil, conforman un espectáculo delicioso; la trama se desarrolla ágil, traviesa y desenfadada entre gags y canciones: un precioso cuento de Navidad ideal para ver en familia, que destila fina ironia sobre la obsesión con el móvil, la hipócrita vida paralela en las redes sociales, la avaricia y la redención, todo ello presentado sin la gravedad del cuento original, en clave de comedia musical.

La obra se representará hasta el 11 de diciembre en El Maldà de Barcelona.

Ignasi y Laura.

Para más información clica abajo:

Web de El Maldà/Información sobre “Conte de Tots Sants”

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“La treva”: La adrenalina de la guerra.

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Hemos asistido en La Villarroel de Barcelona a “La Treva”, traducción de Cristina Genebat del original de Donald MarguliesTime stands still“. Resulta curioso que en catalán se haya elegido el mismo título de la novela de Primo Levi que precisamente narraba el tiempo que el autor pasó, como en un sueño, tras la salida del campo de concentración, al final de la guerra, viajando por media Europa; tiempo en el que pudo liberarse momentáneamente del horror vivido, aunque finalmente comprendería, como narra el último capítulo que “nada de lo que había fuera del campo era verdad. El resto era una vacación breve, un engaño de los sentidos, un sueño: la familia, la naturaleza, las flores, la casa…”

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Y en esa situación de tregua en el sentido de alejamiento temporal de sus fantasmas es la que está Sarah (Clara Segura), que tras sufrir un accidente en Irak junto a su traductor vuelve a su casa de Nueva York junto a su pareja James (David Selvas). Por sus gestos bruscos y crispados, en seguida percibimos que echa de menos estar en el ojo del huracán: lo que le va a Sarah no es una vida urbanita sin sobresaltos. La relación de pareja importa más bien poco a este personaje que en seguida se nos hace antipático: impaciente con James, al que ni siquiera le ha sido fiel, se muestra desdeñosa con Mandy (Mima Riera), la nueva pareja de otro de sus antiguos amantes y ahora jefe (por llamarlo de algún modo, tal es la confianza que reina entre ambos), Richard (Ramon Madaula). Por momentos nos parece estar en un film de Woody Allen -con esos aburguesados personajes que se conforman con llevar una vida cómoda repartida entre sus trabajos bien remunerados y sus dulces obligaciones sociales-, con el foco típicamente “alleniano” en la divertida situación de un señor más que maduro, en la cúspide de su carrera, que tras divorciarse se ha fijado en la típica becaria con ambiciones, a su vez encantada de pescar al buen partido de turno.

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Nada de eso interesa a Sarah, que se enzarza con Richard en discusiones sobre la interpretación de las películas de terror como castigo a sus escarceos sexuales. Más tarde, en el núcleo del debate ético de la obra, se pregunta: ¿está justificada la contemplación y captación fotográfica del sufrimiento humano como supuesta transmisión de información? Nos sabe mal ver como Mandy trata de argumentar que no lo es, con su triste historia del elefantito al que los reporteros no ayudaron, ante la frialdad de Sarah. Al final aparece clara la tesis de la obra: Sarah no precisa de ninguna difusa justificación ética para hacer lo que hace: le va la marcha y punto, como le va el tabaco, al que también vuelve tras otra tregua. Las fotografías, la guerra, todo es secundario. Lo único que desea es huir de si misma, vivir al límite, sentir la adrenalina  y la falta de responsabilidad de una nómada de la guerra, con la cámara como débil excusa de todo ello.

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En este discurrir de su particular tregua hasta reencontrarse con su destino, los demás personajes hacen de comparsas. Son cualitativamente diferentes: de una parte su pareja, su jefe, la becaria, es decir la gente que sufre, se plantea cosas,  tiene anhelos y emociones. De la otra, ella, que en el fondo desprecia a todos y que necesita la guerra como la misma catarsis a la que aludía al hablar de películas de terror. La brillante y convincente Clara Segura, y Mima Riera como contrapunto sensible, así como un David Selvas que en esta ocasión cede protagonismo y un Ramon Madaula que borda a la perfección el papel de jefe pragmático que tiene que aguantar a una subordinada díscola aunque eficiente, conforman esta obra lúcida e incisiva dirigida con gran acierto por Julio Manrique y producida por La Brutal, Bitó Produccions y La Villarroel que estará representándose en esta sala hasta el 15 de enero de 2017.

Ignasi y Laura.

Para más información clica abajo:

Web de La Villarroel/Información sobre “La treva”

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“Mambo”: El baile de los conflictos matrimoniales.

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A menudo nos aferramos a una pareja para no sentirnos solos. Sacrificamos nuestras aficiones, sueños, proyectos e ilusiones por las ideas románticas del “amor eterno” o las más prosaicas y tradicionales como son el matrimonio, la familia, etc. Y convivimos años y años con una persona con la que casi no tenemos nada en común o a la que ya no queremos, no vemos, no compartimos… en resumen, un extraño.

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Así se siente “ella” (Annabel Castan) hacia “él” (Dani Arrebola). Ella quiere el divorcio. Él no. Ella está más que harta y quiere cambiar su vida, darle un giro, aprovechando que todavía es joven. Está cansada de su rol de ama de casa y madre más o menos normalita. En cambio a él, las cosas ya le van bien como están, aferrándose a la mentira y a la hipocresía de la vida burguesa, donde todo va bien y en verdad todo va mal.

Y la vida se convierte en un mambo, danza que tanto gusta a la pareja protagonista, y que en el momento actual ya casi sólo practica él, pues ella está en casa con los niños mientras él se convierte en un asíduo de una sala de baile a la que acude cuando sale de trabajar.

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Sensacional e hilarante texto de Oriol Tarrasón, que dirige también la obra encabezando su compañía Les Antonietes (que también se encargan del vestuario), a la que nosotros tenemos especial devoción (ver nuestras entradas sobre “Vania“, “Stockmann“, “Somni americà” y “Un tramvia anomenat desig“). Annabel Castan y Dani Arrebola están geniales, demostrando otra vez esa química escénica que tienen ( “Si planeas vengarte cava dos tumbas“) y que esperamos se repita próximamente.

Completan un excelente equipo artístico el director y dramaturgo Iñaki Garz ,que en esta ocasión se encarga de la iluminación, y Assad Kassab en el diseño.

Mambo” se podrá ver en El Maldà de Barcelona hasta el domingo 11 de diciembre.

Laura.

Para más información clica abajo:

Web de El Maldà/Información sobre “Mambo”

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