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“Show me a hero”: Política real.

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En un panorama audiovisual sobresaturado de series más que interesantes, el sello de un guionista como David Simon, uno de los máximos responsables de la que pasa por ser justamente una de las mejores series de la historia (“The Wire”), se revela como un muy buen motivo a la hora de elegir una nueva producción televisiva que ver. Por eso no hemos tenido ninguna duda en visionar su, hasta ahora, última creación, “Show me a hero”, la cual es, en realidad, una miniserie de tan solo 6 episodios admirablemente bien escritos, dirigidos e interpretados.

Si en “The Wire”, Simon conseguía radiografiar en cierta forma la sociedad actual fijando su mirada en distintos ámbitos de ésta, creando un collage donde el espectador debía esforzarse por unir las distintas piezas de un tablero tan argumentalmente complejo como el mismo sistema que intentaba reflejar la serie, aquí nos encontramos con un trabajo menos ambicioso (necesariamente tratándose de una miniserie), pero de gran calado a la hora de mostrar el mundo de la política, tantas veces estereotipado en la ficción y en los medios de comunicación.

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Con la colaboración en los guiones de William Zorzi, y la dirección de Paul Haggis, “Show me a hero” cuenta con un gran elenco de actores que incluye a los, de un tiempo a esta parte, casi desaparecidos James Belushi y Winona Ryder, a los veteranos Alfred Molina y Catherine Keener, y al ascendente Oscar Isaac como protagonista. Isaac encarna a Nick Wasiscko, joven político que a mediados de los años 80 llegó a alcanzar la alcaldía de Yonkers, pequeña ciudad ubicada en el condado de Weschester, cerca de Nueva York. Forzado por una disposición judicial que obligaba a la ciudad a construir 200 viviendas sociales, Wasiscko se quedó prácticamente solo en la defensa de una responsabilidad que, en caso de no ser asumida, hubiese llevado a la ruina económica al Ayuntamiento. Con la resistencia casi total de unos vecinos que creían que la construcción de las viviendas traería miseria y delincuencia a la puertas de sus casas, y con una fiera oposición por parte de su partido rival, y aún entre la mayoría de los concejales de los del suyo propio, Wasiscko llegó a caer en desgracia, con resultados que a la larga resultaron ser trágicos.

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La historia, documentada en un libro de la periodista y escritora Lisa Belkin, nos muestra la complejidad del ejercicio político, y como éste se ve demasiadas veces supeditado a lo emocional, dejando de lado argumentos y razones que puedan llevar a tomar decisiones solidas, cuyo resultados puedan dar frutos positivos más allá del momento inmediato.

Hipocresía, manipulación, deslealtad, demagogia… elementos muy presentes no solo en la política norteamericana, tal y como, lamentablemente, podemos comprobar diariamente en nuestro país. Y es que, como ya ocurría en “The Wire”, pese a estar situada la trama de esta serie en un lugar alejado del lugar donde vivimos, y con elementos socioeconómicos distintivos respecto a los que nos rodean a nosotros, podemos considerar “Show me a hero” (frase por cierto extraída de un relato de Francis Scott Fitgerald) como un brillante análisis, a partir de un hecho concreto verídico, de lo que podemos considerar la política real en la actualidad.

Ricard.

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“El lobo de Wall Street” Vs. “La gran estafa americana”.

El_lobo_de_Wall_Street-CartelTodavía se pueden ver en muchos cines de nuestro país dos películas estrenadas casi al unísono y que tienen mucho en común, hasta el punto que se pueden considerar, en cierta forma, complementarias.  Se trata de “El lobo de Wall Street” de Martin Scorsese  y “La gran estafa americana”, del también norteamericano David O. Rusell, ambos films ganadores de diversos galardones y candidatos en diversas categorías en los inminentes premios Oscar.

Los dos títulos están basados en hechos acontecidos realmente, se circunscriben a un periodo histórico similar (algo más alargado en el tiempo en el caso de “El lobo de Wall Street”), y centran su atención en unos personajes unidos por unas características comunes: la ambición y el engaño como forma para conseguir sus objetivos. Pero hay matices que conviene resaltar.

En el primer film, el protagonista se erige prácticamente como amo y señor único de la función en lo que podemos calificar de auténtico tour de forcé del actor que lo encarna, un histriónico Leonardo di Caprio que convierte al Al Pacino de “El precio del poder” en un ejemplo de contención interpretativa. Por el contrario, “La gran estafa americana” es una película coral, donde las relaciones entre los distintos personajes tienen mucha más importancia, y en la que los actores se muestran mucho más comedidos (especialmente brillantes en sus papeles el siempre solvente Christian Bale y la cada vez más demandada Amy Adams). En “El lobo de Wall Street” la desmesura de su protagonista parece apropiarse de la película misma que alcanza las tres horas de duración, mientras que en el segundo título comentado, las algo más de dos horas de su metraje resultan, a priori, más llevaderas para el espectador. Además, se puede decir que en la película de Scorsese el tono de comedia es casi constante, mientras que el film de O. Rusell mantiene un cierto equilibrio entre dramatismo y comicidad.

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Fotograma de “El lobo de Wall Street”

Con todo lo dicho, podríamos decantarnos por “La gran estafa americana” antes que por “El lobo de wall street”. Sin embargo, hay un punto en el que la balanza se inclina a favor de esta última. Y es que, si bien el film está lejos de ser una obra maestra, sí es propio de un maestro del cine. Scorsese es un director tan sobrado de recursos e ideas, tan increíblemente enérgico (pasados sus 70 años), tan capaz en todos los sentidos, que, aún y considerando su película como irregular, logra deslumbrarnos en no pocos momentos durante su visionado. En cambio, O. Rusell, hijo putativo del propio Scorsese, no pasa de ser un buen artesano con cierta habilidad para imitar (algo que no diremos que sea especialmente fácil) a su indudable referente, pero que no llega a alcanzar sus cotas de genialidad. Más en concreto, en “La gran estafa americana” tenemos la sensación de que nos encontramos ante un film de fabricación industrial, una película de fórmula, donde todo está muy en su sitio para que funcione a los distintos niveles que pretende: éxito en taquilla, buenas críticas en festivales y medios de comunicación, nominaciones y premios en certámenes como los Globos de Oro o los Oscar… Pero al medir tanto todo, O. Rusell coloca su film en ese punto donde asoma el hocico aquello que solemos calificar en el arte como “mediocre”.

La-gran-estafa-americana-critica-cartelEn “El lobo de Wall Street”, Scorsese tenía como intención sumergir al espectador en el modus vivendi de su protagonista, de forma que fuésemos testigos del auge y caída de un individuo por el cual costaría mucho, en un film de perfil más dramático, sentir un mínimo de simpatía. Por ese motivo, y tal y como ya hemos apuntado, el director italoamericano prefirió otorgar un tono de comedia a su película, algo que, en algunos instantes, hace que nos sintamos desconcertados, sobre todo en esas escenas donde vemos el efecto sobre terceros que tiene la conducta increíblemente pueril e irresponsable del protagonista interpretado por Di Caprio. Tampoco ayuda en nada la ya comentada extensión del metraje que hace que la fatiga pueda acudir fácilmente a quienes vean el film. Fatiga no tanto por el irreprochable aspecto técnico de la película, sino por “aguantar” al omnipresente personaje central, haciendo que su continua visibilidad se vuelva en contra de esa intentona del director de crear cierta conexión entre el protagonista y el espectador. Pero con todo lo dicho, “El lobo de Wall Street” tiene escenas que sencillamente asombran (confieso sentir cierto estremecimiento al recordar el momento del almuerzo entre el personaje de Di Caprio y el que encarna un sencillamente monumental Matthew McConaughey). En “La gran estafa americana” en cambio, todo es mucho más plano. Pese al buen nivel mostrado por sus actores, no hay momentos en los que el film consiga elevarse, e incluso se tiene una sensación, en algunos tramos de la película, de cierto aburrimiento, algo que quizá también se hubiera evitado recortando un poco el metraje y puliendo además un guión que resulta un tanto espeso.

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Fotograma de “La gran estafa americana”

Por todo lo dicho, tendemos a decantarnos por “El lobo de Wall Street” antes que por “La gran estafa americana”. Pero ambos films son hijos de su tiempo, de estos momentos de fuertes tensiones socioeconómicas y políticas en los que, inevitablemente, el arte y la cultura en general, y el cine en particular, tienden a hacerse preguntas sobre el cómo hemos llegado al instante de crisis global en el que nos encontramos. Es en este sentido que consideramos que el visionado de las dos películas aquí comentadas es poco menos que imprescindible.

Ricard.

Os dejamos con los tráiler de las dos películas:

El lobo de Wall Street (V.O.)

La gran estafa americana (V.O.)

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John Fante: El alter ego como figura literaria.

Hace unos meses, tuvimos la oportunidad de estar en la presentación de las traducciones al catalán de dos novelas ,“La germandat del raïm” y “Plens de vida”, de John Fante (Denver, 1909 – Los Ángeles, 1983). Fue poco después de la inauguración de la librería “La impossible”, de la que os hablamos en este espacio el pasado verano. Los libros han sido  traducidos magníficamente por Martí i Sales y publicados por “Edicions de 1984”, una editorial que ha ido incorporando poco a poco una muy atractiva lista de autores y títulos a su catálogo en lengua catalana. La presentación de los libros corrió a cargo del escritor Kiko Amat, gran conocedor de la obra de Fante del que se considera un absoluto admirador, además de reconocerlo como una de sus máximas influencias.

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Con motivo de la asistencia a este acto, pensamos en dedicarle un espacio al escritor norteamericano por el cual, al igual que Amat, sentimos gran devoción. No ha sido antes que lo hemos hecho porque queríamos leer las dos traducciones mencionadas arriba. Por otra parte, se da el hecho de que, justamente ahora, la editorial Anagrama ha cerrado la publicación completa en castellano de la obra de Fante con su recopilación de cuentos “El vino de la juventud”.

John Fante nació en el seno de una familia italoamericana de clase humilde-trabajadora. Su padre, Nicola Fante, albañil con tendencias alcohólicas, y su madre, Mary Capolungo, mujer de fuertes creencias católicas, marcaron profundamente la niñez del autor. Motivado por una profesora de instituto, quien vio en él un talento natural para la escritura, John Fante empezó a elaborar sus primeros textos recién llegada la adolescencia y, poco después, se animó a enviar algunos relatos a revistas literarias viendo publicados algunos de ellos.

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La mala suerte hizo que cuando iba a lanzarse su novela “Pregúntale al polvo” (la más famosa y, seguramente, la mejor de sus obras), la editorial que tenía que hacerlo desviase el dinero inicialmente previsto para publicarla con el propósito de sufragar la sanción correspondiente al hecho de haber editado el “Mein Kampf” de Hitler sin tener los permisos de autor necesarios (nos encontramos en 1939 y Estados Unidos todavía no ha entrado en la segunda guerra mundial).

La mala fortuna, de hecho, fue algo que acompañó al autor durante casi toda su vida, hasta el punto de que, probablemente, si no hubiese sido por la admiración que le profesaba Charles Bukowski (una de las pocas influencias reconocidas abiertamente por el sin par escritor angelino), todavía ahora sería prácticamente un desconocido. De allí que se le considere a veces como escritor referencial a la hora de hablar de eso que se ha denominado “malditismo” en la literatura; un calificativo, el de “maldito”, que, como ya reflexionamos aquí en una ocasión aludiendo a la publicación de todos los cuentos del también norteamericano Breece D’J Pancake, puede llevar a equívocos e impulsar a muchos a leer a un autor por los motivos más equivocados.

Lo cierto es que la literatura de John Fante hubiese tenido el mismo valor aunque hubiese conseguido publicar “Preguntale al polvo” en 1939 y éste hubiese sido el pistoletazo de salida a una carrera larga, fructífera y llena de éxitos, tanto por las ventas de sus libros, como por el beneplácito ganado a la crítica. Lejos de ello, a la no publicación de la novela siguió un largo periplo en el desierto en el que Fante dedica su esfuerzo a los guiones cinematográficos en un intento de salir de las muchas penurias económicas a las que se había visto expuesto hasta ese momento.  No fue hasta 1952 que volvió a escribir literatura y, de hecho, publicó su novela “Llenos de vida”, obra que tendría más adelante una traslación al cine.

La escritura y publicación de “Llenos de vida” fue un pequeño paréntesis en realidad, ya que, hasta 1977, Fante no volvió a escribir y editar ningún libro. En 1959 se le diagnosticó diabetes, cosa que le llevó a alejarse del alcohol del cual había abusado durante años para sufrimiento de su mujer y de sus múltiples hijos (entre ellos, el que sería también escritor Dan Fante). Fue pues a finales de la década de los 70 que, gracias a Charles Bukowski que la recomendó apasionadamente a su editor, el autor consiguió ver publicada de nuevo “Pregúntale al polvo”, novela que había sido descatalogada y que, en esta ocasión, iba a ser prologada por el propio Bukowski, algo que sin duda hizo atraer a muchos nuevos lectores a la obra de Fante.

En los años siguientes, fueron publicándose títulos inéditos del autor que éste había ido escribiendo en diferentes etapas previas a la edición de “Llenos de vida”, y consiguió completar algún manuscrito más que también fue editado, pero la mala suerte volvió a cebarse en él, y el progresivo aumento de su reconocimiento como escritor corrió paralelo al deterioro de su salud que se agravó hasta su fallecimiento en 1983, no sin que antes terminara una última novela, dictándosela casi a ciego (tal era su mal estado físico) a su mujer.

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En la literatura de Fante destaca el hecho de que sus personajes principales, como el Arturo Bandini protagonista de varias de sus novelas incluida “Pregúntale al polvo”, sean, de facto, alter egos del propio autor, algo en lo que el escritor fue, en cierta forma, un precursor al acercar ficción y autobiografía hasta llegar a crear una frontera difusa entre ambas cosas. Influenciado por ello, Bukowski  concibió el personaje de Henry Chinaski como sosias de él mismo a la hora de protagonizar un gran número de sus novelas y relatos.

Por otra parte, las novelas de Fante acontecen en los ambientes en los que se movió el escritor durante su infancia en su pueblo del estado de Colorado, o bien en la ciudad de Los Ángeles donde se trasladó más tarde. Siempre con un pie en lo dramático y sentimental, y otro en lo irónico o directamente cómico, en las historias de John Fante no es difícil ver reflejada su propia experiencia familiar, la angustia casi existencial de un chico abocado aparentemente a la pobreza y la mediocridad, o el absurdo cotidiano en una ciudad como Los Ángeles capaz de devorar a sus habitantes y despojarlos de cualquier esencia espiritual.

Otra de las características que hacen especial la obra de Fante es su capacidad de concreción: la mayoría de sus novelas no son demasiado largas y tienen un estilo vivo, dinámico y aparentemente sencillo que, en realidad, esconde la gran depuración de su trabajo narrativo conseguida con enorme esfuerzo y tesón. Probablemente, solo Hemingway, entre los escritores norteamericanos de la misma época, se acerca en este sentido a Fante.

9788433967763Tierna en algunos momentos, dura y explícita en otros, a la literatura de Fante se le critica a veces la ligereza de su prosa, uno de los aspectos que personalmente me resultan más atractivos del estilo del autor italoamericano. También se le achaca en ocasiones un exceso de sentimentalismo. Lo cierto es que sus textos rezuman una conseguida frescura, que logran atrapar al lector sin remedio, y que consiguen transmitir una emoción que a través de la lengua escrita es muy difícil llegar a crear sin caer (Fante nunca lo hace) en una excesiva e impostada afectación.

Sea como sea, vale la pena que os acerquéis o redescubráis su obra, ya sea en las flamantes ediciones en catalán, las traducciones al castellano de Anagrama o, quizá, si domináis bien el idioma inglés, en alguna edición original donde podréis disfrutar de la especial musicalidad del lenguaje del autor (otra de las características de su prosa).

Terminamos con el tráiler de la adaptación cinematográfica que se hizo en 2006 de “Preguntale al polvo”, protagonizada por Salma Hayek y Colin Farrell, y dirigida por el poco prolífico Robert Towne. Una película cuyo título en su versión española fue traducido por obra y gracia de algún avispado distribuidor como “Preguntale al viento”.

Ricard.

Tráiler oficial de “Ask the dust”

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“Deadwood”: Un western televisivo con múltiples lecturas.

deadwoodYa comentamos en nuestro espacio, a raíz de la entrada dedicada a la imprescindible “The Wire”, que nos encontramos en un momento de máximo esplendor por lo que se refiere al formato serializado de ficción televisiva. De esta coyuntura de gloria participan no solo series que han obtenido una gran popularidad entre el público, si no otras que han pasado más discretamente por la pantalla pero que con el tiempo han sido reivindicadas por crítica y grupos de espectadores, convirtiéndose en obras de culto. Si bien la serie que nos ocupa en esta ocasión sí obtuvo un más que aceptable éxito de audiencia (al menos en su país de producción, los Estados Unidos), el tiempo trascurrido desde la emisión de su último capítulo la ha colocado en esa situación de serie reverenciada por un público fiel que bien podríamos calificar de amplia minoría.

Como “The Wire”, “Deadwood” pertenece a esa factoría de increíble creatividad denominada HBO. Con el auspicio de este canal de cable, el guionista David Milch produjo la serie, escribiendo el argumento de casi toda ella. El resultado final se emitió en tres temporadas de 12 capítulos cada una, entre los años 2004 a 2006.

La serie está ambientada en la década de 1870 en el pueblo de Deadwood, situado en Dakota del Sur, en los momentos previos y posteriores a la anexión de este territorio por parte del estado de Dakota, perteneciente éste a la Unión (es decir, a los Estados Unidos de América). En la serie aparecen diversos personajes históricos como Seth Bullock, Wild Will Hickock, Calamity Jane, Wyat Earp o George Hearst. Todos ellos conforman, en cierta forma, el paisaje mítico de la conquista del oeste norteamericano por parte de colonos, mineros, buscadores de oro, comerciantes, jugadores, bandidos, justicieros y toda clase de aventureros.

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“Deadwood” destacó por su formato de novela-río por episodios (otro punto de conexión con “The Wire”) y lo increíblemente elaborado de sus guiones, tanto por lo que se refiere al perfil de sus personajes, totalmente multidimensionales, como a la imprevisibilidad de los acontecimientos que narra, así como a (sobre todo) sus afilados diálogos, a los que nos atreveríamos a calificar de shakesperianos (lo cual no deja de ser algo irónico, teniendo en cuenta que “Deadwood” es una serie en la que la mayoría de sus protagonistas sueltan tacos de manera casi constante). De hecho, y en opinión de quien firma este escrito, los diálogos de “Deadwood” superan incluso a los de la ya mencionada “The Wire”, o a otras series igualmente brillantes como “The Sopranos” o “Breaking Bad”, por citar algunas que me vienen fácilmente a la cabeza. Por eso sorprende ver que en una reciente encuesta realizada a guionistas de los Estados Unidos, en la que se debían elegir las series mejor escritas de la historia, “Deadwood” aparezca en una posición más bien discreta (34 de un total de 101 series).

En contra de “Deadwood” juega su final, un tanto en falso (sin que este comentario suponga una suerte de spoiler para los que no hayan visto la serie). Y es que ésta fue una producción que, al querer recrear una época pasada con puntilloso detallismo (a las virtudes de la serie ya descritas hay que añadir su excelente puesta en escena, fotografía y vestuario), resultó económicamente muy costosa. De todas formas, nos parece poco comprensible la decisión de HBO de darle conclusión (teniendo en cuenta su buena aceptación entre la audiencia), sin que se llegasen a cerrar del todo algunas de las tramas de su argumento. La idea inicial de la cadena de cable era que se realizaran dos películas que sirvieran como epílogo de la serie, pero lo cierto es que el tiempo ha ido pasando y resulta poco factible que, finalmente, esos films vayan a rodarse.

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Con todo lo dicho, si nos hemos decidido a hablar en este blog de “Deadwood” es (además de por su nivel técnico y artístico que la ponen al nivel de cualquier gran obra cultural contemporánea) por el hecho de que la consideramos, en cierta forma, una excelente metáfora sobre las dinámicas de poder, influencias e intereses que gobiernan, en otro contexto, nuestra época. Y es que el pueblo de Deadwood se revela como una suerte de microcosmos en el que se muestran las constantes propias de cualquier comunidad coetánea pretendidamente democrática en la que, en realidad, las autoridades públicas son meras marionetas al servicio de quienes regentan el verdadero poder. En este sentido, resulta especialmente memorable un momento, dentro de uno de los episodios de la primera temporada, en el cual se eligen, en una reunión improvisada en uno de los prostíbulos del pueblo, los máximos representantes de éste (alcalde, sheriff…) de manera que en las negociaciones que han de llevar a la anexión de la localidad al estado de Dakota, los enviados gubernamentales que deben dialogar en ellas tengan la percepción de que en la población existe algo parecido a un sistema sólido de ley y orden (algo que, en el fondo, está lejos de acontecer). De esta forma, quienes sustentan realmente el poder en el pueblo (y a menudo se pelean duramente y llegan a matar por mantenerlo), esquivan la posibilidad de que ese gobierno federal (tan corrupto como lo puedan ser la mayoría de supuestas autoridades de Deadwood) tenga la excusa legal de ser excesivamente intervencionista en los asuntos que conciernen a la localidad. “Más que los servicios que proporcione, lo que da vida a una organización es llevarse el dinero del pueblo, ya sea formal, informal o provisional” afirma cínicamente durante la reunión uno de los personajes, elegido, prácticamente a dedo, como alcalde de la población.

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De todas formas, y pese a las diferentes lecturas que achacamos a la serie, “Deadwood” no deja de ser una ficción que mantiene las constantes del género al que está adscrito: el western. Así, tenemos personajes realmente memorables (interpretados, por cierto, admirablemente) que responden al perfil arquetípico de las historias del oeste norteamericano que hemos contemplado normalmente en el cine, pero retratados con una mayor profundidad psicológica de lo habitual. Además, la serie mezcla con naturalidad drama, tragedia, humor (en ocasiones muy negro) y acción, incluyendo alguna escena de violencia especialmente escabrosa (nos viene a la cabeza la brutal pelea callejera que acontece en uno de los episodios de la última temporada).

“Deadwood” es, en fin, una serie excelente que vale la pena ver o recuperar de nuevo.

Ricard.

Os dejamos con un curioso vídeo-documental que hemos localizado, de algo más de diez minutos de duración, y que nos explica, de forma muy amena y didáctica, la historia de Deadwood:

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“Blue Valentine”: Retrato de un (des)amor.

Blue_Valentine_film“Los amores son como los imperios: cuando desaparece la idea sobre la cual han sido construidos, perecen ellos también”. Esta frase de Milan Kundera parece ser la máxima sobre la que se sostiene la recientemente estrenada por aquí (con considerable retraso de dos años) “Blue Valentine”, película dirigida por el norteamericano Derek Cianfrance en el que fue su segundo trabajo de ficción, y de quien pronto podremos ver la también muy esperada “The place beyond the pines”, film igualmente protagonizado por el cada vez más solicitado Ryan Gosling.

“Blue Valentine” es una película envuelta en un cierto grado de mitificación, acrecentado en nuestro país por el ya referido retraso en su estreno. Ello es debido en parte a las dificultades que tuvo su director para poder realizarla. De hecho, el guión que creó inicialmente Cianfrance (junto a Joey Curtis y Cami Delavigne) fue reescrito decenas de veces sin que ningún estudio o productora pareciera interesarse por él, hasta que, con la ayuda de los dos actores protagonistas, quienes ejercieron también de coproductores, consiguió sacar el proyecto adelante.

Sorprende la tardanza en el estreno de la película aquí teniendo en cuenta la gran cantidad de títulos mediocres que pueblan la cartelera durante buena parte del año, y más si consideramos el innegable  atractivo de su dúo protagonista (el mencionado Gosling y Michelle Williams) y que el tema que trata, al fin y al cabo, puede interesar a un amplio número de personas. Prueba de ello es que, finalmente, el film está obteniendo un más que aceptable éxito de taquilla pese a que la película se puede ver, desde hace tiempo, en internet.

Sobre la miopía de las distribuidoras cinematográficas, o, de hecho, sobre el poco avispado ojo con que actúan en ocasiones los agentes y promotores culturales en este país, podríamos hablar, largo y tendido, poniendo múltiples ejemplos. Es más que probable que volvamos sobre ello en este blog, pero ahora queremos comentaros esta película que nos ha subyugado por su muy bien trazado argumento que da saltos en el tiempo de forma nada gratuita, mostrándonos el inicio y final de un romance de manera paralela y configurando un retrato, a la par, bello y melancólico, sobre dos personas condenadas  a amarse tanto como a no comprenderse.

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La estética del film, cercana a eso tan temible que a veces se ha venido a denominar cine “indie”, está al servicio de la historia que se nos quiere contar, siendo la sensible dirección de Derek Cianfrance, atenta al detalle, a una puesta en escena siempre apropiada y a un conseguido lirismo, algo que merece resaltarse. Aunque si la película es grande de verdad es gracias a sus actores protagonistas, cuya deslumbrante naturalidad deja completamente desarmados a los espectadores. Por lo visto, Gosling y Williams se decidieron a convivir juntos en un apartamento durante un mes para, llegado el momento, lograr una mayor credibilidad en sus interpretaciones.

El espectador tenderá quizá a contemplar la película con la idea de que aquello de lo que va a ser testimonio es extrapolable a algo vivido en algún momento de su existencia. Lo que es indudable es que “Blue Valentine” es de esas obras que dejan huella en el público y que, a pesar del desasosiego que pueda sentir éste durante su visionado, su honestidad, poderío y belleza la convierten en un film plenamente recomendable.

Ricard.

Trailer oficial de “Blue Valentine”

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“The Wire”: Tan lejos, tan cerca.

The_WireEmpieza a resultar recurrente decir que en la actualidad la mejor ficción cinematográfica se encuentra en las series de televisión. Ciertamente podemos afirmar que estamos viviendo una etapa dorada de los seriales televisivos. En este hecho tiene mucho que ver HBO, popular canal de cable norteamericano responsable de la producción de “Los Soprano” (auténtico pistoletazo de salida de esta época de gloria), “Boardwalk Empire”, “Game of thrones” o la serie que nos ocupa: “The Wire”.

“The Wire” fue emitida en los Estados Unidos en cinco temporadas durante los años 2002 a 2008. Hace ya, pues, un lustro que finalizó, pero los ecos que dejó en los espectadores que la siguieron en su momento o la han visto, de una forma u otra, más tarde, están lejos de apagarse.

La serie, aquí subtitulada “Bajo escucha”, seguía las vicisitudes de diversos personajes en la ciudad de Baltimore, centrándose cada una de las temporadas en algún cariz en particular, siendo el primero de ellos el de la delincuencia vista desde la perspectiva tanto del estamento policial como de los criminales; el segundo el del comercio portuario, los sindicatos y el contrabando ilegal; el tercero el del mundo político y la corrupción; el cuarto el de la educación y las muchas dificultades con las que se encuentran quienes se dedican a ella en un contexto de miseria y violencia diarias;  y el quinto y último, el de los medios de comunicación y su relación con el devenir de la política u otras dimensiones de la sociedad. Todo ello teniendo como hilo conductor la lucha contra el tráfico de drogas de un grupo de policías que conforman una suerte de brigada especializada en recabar información con la que implicar procesalmente a narcotraficantes.

El conjunto de las cinco temporadas de la serie supone un fresco total que muestra, con toda la complejidad necesaria, como es una comunidad en un momento histórico concreto. En este sentido, y tal como han apuntado personalidades como Mario Vargas Llosa, “The Wire” supone algo parecido a lo que han sido en épocas pasadas las grandes novelas-río en las que podíamos seguir lo que acaecía a un grupo de personajes durante un largo periodo de tiempo (un ejemplo obvio podría ser “Guerra y paz” de Tolstoi, sin que tal equiparación resulte exagerada).

Hablamos en presente de la serie porque, pese a que como ya hemos dicho, hace cinco años que terminó, su vigencia en la actualidad es total. “The Wire” se adelantaba en el tiempo a la hora de analizar aspectos de tan rabiosa actualidad como la crisis económico-financiera y sus consecuencias en las vidas de las personas de clase media y populares, las triquiñuelas con las que actúan las organizaciones políticas y el alto grado de corrupción del sistema, la caída de los medios de comunicación impresos en detrimento de formas de información cada vez más centradas en los medios digitales con lo que ello supone de inmediatez pero también de tergiversación y facilidad de manipulación, la dejadez por parte de las autoridades del sistema educativo y el loable, casi heroico trabajo de maestros y educadores en situaciones de fuerte estrés y falta de recursos, etc.

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Y eso sin abandonar en ningún momento un bien entendido concepto de entretenimiento. Y es que, si “The Wire” es todo lo que hemos apuntado arriba, también resulta una historia emotiva, tensa, a ratos trepidante en su acción, por momentos divertida, mientras que en muchos otros aparece con toda su crudeza la tragedia cotidiana en forma de ráfagas de violencia o imágenes de mendicidad y dolor. Todo ello en un contexto, el de la ciudad de Baltimore, que, con sus peculiaridades (una mayoría de habitantes de raza negra, el hecho que sea una población marítima), podría ser perfectamente equiparable a tantas otras del mundo occidental.

Aunque quizá, el gran logro de “The Wire” sean sus personajes. Caracteres salidos, en buena parte, de la realidad, pues uno de los creadores de la serie, el periodista y escritor David Simon (el otro es el ex policía Ed Burns), se basó en su experiencia como redactor de sucesos en el periódico “Baltimore Sun” para elaborar los primeros guiones de los cuales saldrían los protagonistas de las distintas temporadas de esta monumental obra televisiva. Desde el borrachuzo, mujeriego y obsesivo detective James ‘Jimmy’ McNulty, hasta el yonqui de personalidad frágil, atormentada y llena de buenos sentimientos que es Bubbles, pasando por el especialmente memorable Omar, individuo que se dedica a robar a los propios delincuentes, homosexual e imbuido de un aura de leyenda de intocable en las calles. Se trata, en todos los casos, de personajes retratados al margen de cualquier tipo de cliché, que nos son mostrados con todos los matices del espíritu humano.

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“The Wire” es una serie que podríamos calificar de pesimista, dado que no hay ningún personaje que pueda considerarse, propiamente, como totalmente bueno, y que muestra a la sociedad que quiere retratar y el sistema en que se sustenta como intrínsecamente caótica y repleta de injusticias de toda índole. Pero, paradójicamente, acaba emergiendo de todo eso algo que podríamos considerar como esperanza, pues no son pocos los momentos en que, como sucede en la vida misma, los protagonistas de la serie se rebelan contra sus propias limitaciones, las trabas que ponen ante ellos quienes sustentan mayor poder, o las fatalidades del destino, para salir adelante o conseguir algún logro que debe repercutir positivamente en ellos mismos o en la comunidad.

En conclusión, nos atrevemos a afirmar que “The Wire” es una de las obras de la cultura popular más importante de la última década. Su visión (o revisión) resulta más que aconsejable para entender mejor el momento histórico en que nos encontramos, al margen de que su trama ocurra en un lugar geográficamente alejado al nuestro.

Ricard.

Os dejamos con un vídeo en el que se puede ver la primera escena, previa a los títulos de crédito, del primer capítulo de la primera temporada de la serie. Como curiosidad, comentar que la canción que podemos escuchar mientras vemos los mencionados títulos es una versión a cargo de The Blind Boys of Alabama de “Down in a hole” de Tom Waits. En las siguientes temporadas sonarían sucesivamente la canción original del propio Waits, y otras tantas versiones a cargo de The Neville Brothers, DoMaJe (grupo formado por cinco adolescentes de Baltimore) y Steve Earle, comprometido cantante de country-rock que también asumía uno de los papeles en la serie.

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