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“Blade Runner 2049”: Hipnótico espectáculo.

Desde el momento en que se supo que iba a rodarse 35 años después de que fuese estrenada una secuela de la emblemática “Blade Runner” (1982), se generaron una serie de expectativas, alimentadas (cómo no) por las redes sociales, que han llevado a que el estreno hace apenas unos días de esta tardía segunda parte haya sido recibida con un nivel de ansiedad cinéfila poco dada a ver en los tiempos que corren. Sin ir más lejos, el que aquí firma se pasó una larga hora haciendo cola para entrar en un cine de Barcelona el sábado posterior a su estreno, algo que no recuerdo haber hecho desde aquellos lejanos tiempos de niñez y adolescencia en los que, dejando de lado la televisión o acaso los reproductores de vídeo, la forma habitual en que veíamos películas era en salas de cine, la mayoría de ellas de una sola pantalla, donde muy a menudo el estreno de determinados títulos era recibido como un auténtico acontecimiento, algo que muy raramente suele ocurrir en la actualidad. A la postre quizá la cosa no ha sido para tanto a tenor de las cifras de recaudación relativamente pobres que ha obtenido la película en Estados Unidos en sus primeros días de proyección.

Sea como sea, cuando me enteré de que se iba a realizar “Blade Runner 2049”, no pude más que tener una sensación de escepticismo. Es obvio que esa enorme maquinaria industrial que es Hollywood hace mucho tiempo que prefiere no arriesgar en proyectos de cierta originalidad y apuesta, en cambio, por secuelas que, en algunos casos (véase por ejemplo lo que está pasando con “Alien”) acaban casi malbaratando grandes títulos del cine popular. Aunque también se le puede dar la vuelta a esta idea y considerar que, precisamente, estas nuevas películas no hacen más que redimensionar el valor de los originales en los que están basados. Sea como sea, Blade Runner, como se sabe, film que dirigiera Ridley Scott basándose en un relato de Philip K. Dick, se me antoja una obra tan descomunal por si misma, que me resultaba extraña la idea de enfrentarme con una continuación tantos años después.

De entrada hay dos grandes aciertos que sí hay que reconocer en aquellos que pusieron en marcha el proyecto: alejarse temporalmente del momento en que terminaba la anterior película (algo, de todas formas, inevitable si se quería incluir personajes icónicos que aparecían en el film original, dado que los actores que los interpretan, obviamente, han envejecido) y escoger un gran director actual como es el canadiense Denis Villeneuve para llevar adelante el trabajo.

Debo decir que Villeneuve, realizador al que debemos títulos del mérito de “Prisioneros” (2013), “Sicario” (2015) o “La llegada” (2016) (película, esta última, que muchos consideran ya un referente del cine de ciencia ficción moderno), ha estado a la altura de la responsabilidad que se le ha dado, y ha conseguido crear un film en el que, sin duda, ha dejado su propia huella como autor.

Como hemos apuntado y como de hecho indica el título de la película, la historia de esta secuela ocurre bastantes años después de la original. Nos encontramos con un replicante (ya se sabe, una suerte de androide) de nombre K (interpretado por un acertado Ryan Gosling) que ejerce como Blade Runner, es decir, se dedica a “retirar” (eufemísticamente hablando) a otros replicantes como él que han decidido ejercer el libre albedrio en contra de lo que se considera legalmente establecido. El mismo trabajo, pues, que tenía Rick Deckard, el personaje (en principio humano) de Harrison Ford en la película que él protagonizaba. En uno de sus encargos, K se enterará de algo que trastocará completamente los principios de programación con los que actúa, y empezará una historia de descubrimiento que tiene tanto de detectivesco como de proceso existencial. En este sentido, las grandes preguntas que planteaba el film original, y que no son otras que los grandes interrogantes que acarrea la existencia humana (¿quién soy yo? ¿cuál es el sentido de mi existencia? ¿hay algo más después de esta vida?), continúan presentes, unidos a otros que tienen que ver no ya con el futuro, si no con nuestro mundo actual (aspectos relacionados con la clonación, la realidad virtual…).

Villeneuve no descuida la parte de gran espectáculo que necesariamente tenía que tener la película. Todo lo contrario, “Blade Runner” es un film deslumbrante en su apartado visual y sonoro. Un trabajo de gran belleza formal que, ineludiblemente, hay que disfrutar en una sala de cine bien equipada tecnológicamente. Otra cosa bien distinta es que la película consiga llegar emocionalmente al espectador más allá de la capacidad de epatar que tengan sus poderosas imágenes. En este sentido, Villenueve juega básicamente con dos cartas: la aparición esporádica de viejos personajes (con, lógicamente, el que encarna un excelente Harrison Ford a la cabeza) que activa la nostalgia del espectador, y la relación que se establece entre el protagonista que personifica Gosling y una suerte de novia virtual interpretada por una sorprendente Ana de Armas. Es en dicha relación donde aparece la emoción autentica que se echa mucho de menos en buena parte del film. En este sentido, los villanos, encarnados por un excesivamente solemne Jared Leto, y una mucho más interesante Sylvia Hoeks, capaz de pasar de la fragilidad emocional a mostrarse francamente amenazadora en apenas un instante, quedan algo a medias si se trata de ofrecer al relato el contrapunto necesario que lleve a su héroe central a una evolución completamente verosímil. Tampoco nos parece que la relación que se establece entre éste y el personaje que interpreta Robin Wright (una actriz a la que, en cualquier caso, siempre agradecemos ver en pantalla) acabe de estar del todo bien definida.  También nos hubiera gustado que se hubiera desarrollado un poco más el personaje de la científica que encarna Carla Juri, joven intérprete de potente presencia en pantalla cuya carrera habrá que seguir con interés. Igualmente, creemos que el personaje que encarna con solvencia Mackenzie Davis (vista anteriormente en uno de los episodios de la imprescindible serie “Black mirror”), se queda un poco cojo.

Con todo, hay que decir que no lo tenían nada fácil Hampton Fancher y Michael Green, los guionistas de la película, para llevar a buen puerto un proyecto de las dimensiones que se traían entre manos. El resultado, como hemos apuntado, es algo desigual, pero mantiene la esencia del film original. En el apartado técnico, la fotografía de Roger Deakins resulta portentosa, y tampoco está nada mal la música de Hans Zimmer y Benjamin Wallfisch, inevitablemente, muy en la estela de Vangelis.

En suma, Denis Villeneuve ha conseguido realizar una película quizá no perfecta pero sí a la altura de esas expectativas a las que nos referíamos al principio, hipnótica y de gran calado intelectual, con suficientes matices como para que, quizá, lleguemos a apreciarla incluso más con el paso del tiempo como, de hecho, ya nos pasó con el film en cuyo distópico mundo vuelve a sumergirnos.

Ricard con la colaboración de Laura Clemente.

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“El hombre del corazón de hierro”: La amoralidad del mal.

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Hace poco hemos visto en los cines Renoir Floridablanca de Barcelona la excelente “El hombre del corazón de hierro“, película francesa estrenada este año, dirigida por Cédric Jimenez y con guión creado por el propio Jimenez, David Farr y Audrey Diwan, basada en la novela “HHhH” del también francés Laurent Binet.

El film une con maestría dos historias. Por un lado tenemos la propia biografía de uno de los hombres más temidos del tercer Reich, Reynhard Heydrich, de quien Göring al parecer diría que era el auténtico cerebro del número dos del Reich, el jefe de las SS Heinrich Himmler, de ahí el título de la novela (Heinrich hirn heisst Heydrich, literalmente el cerebro de Heinrich se llama Heydrich).

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Terco oficial de la Escuela Naval de Kiel en el periodo de entreguerras, es expulsado del cuerpo por un lío de faldas, -era una época en que romper un compromiso podía costarte los galones-, pero encuentra apoyo en su novia Lina von Osten (Rosamund Pike), perteneciente a la nobleza prusiana y nazi convencida. Es ella quien le presenta a los jerarcas nazis en los años previos a la toma del poder. Es memorable la escena en la que Heydrich (magníficamente interpretado por el actor australiano Jason Clarke) visita a Himmler (Stephen Graham, cuyo parecido con el personaje es sorprendente)  en la granja bávara de éste, dejando boquiabierto al paleto campesino…   A partir de ese inicial encuentro, Heydrich sobrepasa ampliamente en crueldad y determinación a sus superiores…

Años después, iniciada la guerra, es nombrado Reichsprotektor de Bohemia y Moravia, la actual República Checa, y es ahí donde los miembros de la resistencia checa y los servicios secretos británicos deciden que debe morir.  La segunda parte de la película es pues, está consagrada por completo a esa misión, la Operación Antropoide, en la que los soldados checos Jan Kubis y Jozef Gabcik (excelentemente interpretados por Jack Reynor y Jack O’Connell), que habían emigrado al Reino Unido con la invasión de su país, son enviados de nuevo al protectorado con la misión de matar a Heydrich.

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Asistimos con la respiración contenida a las peripecias de esos dos valientes en la guarida de la bestia, siempre pendientes de que los sabuesos nazis les den caza, sentimos en todo momento el aliento de sus perseguidores. Hermosa historia de amor la que mantiene uno de ellos con una joven (Mia Wasikowska, camaleónica y talentosa actriz de la que ya hemos hablado anteriormente en el blog) que pertenece a una las familias que los acogen secretamente.

La última parte de la película es triste, muy triste, de un realismo lacerante y brutal. La bestial represión que despliegan los nazis para vengar al jerarca no conoce ningún limite moral o humanitario. El espectador se pregunta si el esfuerzo mereció la pena o fue en realidad una elección errónea, como se pregunta uno de los partisanos que duda si delatar a sus compañeros para parar el aquelarre sangriento.

Mia Wasikowska/ANNA NOVAK

Es una película, como decimos, realista en extremo, que nos plantea por un lado las ansias de medrar de una buena parte de la alta sociedad alemana en aquella época, y por el otro, el heroismo de unos patriotas que dieron su vida por arañar al régimen.

Como corolario, citamos el libro que Lina, la viuda de Heydrich, escribiría años más tarde, “Vivir con un criminal de guerra”. En esta obra constatamos que la moda del yo no sabía nada de lo que hacía mi marido no es algo reciente.

Ignasi y Laura.

 

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“Miles ahead”: Cine en clave de Jazz.

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Existen probablemente dos formas de encarar un biopic cinematográfico sobre un personaje más o menos célebre en función de dos circunstancias: el individuo a retratar es una persona común enfrentada a una situación extraordinaria que hace que salga de él algo que no hubiera emergido de no haberse encontrado en tal tesitura, o bien el protagonista de la historia es, de por sí, alguien completamente excepcional. El primer caso demanda en la mayor parte de ocasiones un tratamiento más o menos clásico, que enfoque nuestra atención de espectadores no solamente sobre el personaje en cuestión, sino también sobre el contexto en el que se mueve éste: circunstancias históricas, otros personajes con los que se relacionó (mostrados con cierta profundidad psicológica), u otros elementos en general que aporten luz sobre la personalidad del protagonista y las motivaciones que lo llevaron a actuar de la manera en que lo hizo. Por el contrario, un film dedicado a un genio (en el ámbito que sea) puede centrarse de manera más precisa en el individuo en sí, y escoger una manera más creativa, más libre, de mostrarlo; incluso obviando toda linealidad temporal, y circunscribiéndose a una época o épocas concretas en la trayectoria vital del protagonista.  Esta segunda opción es la que ha escogido con acierto el hasta ahora actor Don Cheadle a la hora de realizar un film dedicado a la figura de ese músico deslumbrante que fue Miles Davis.

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Tomando como punto de partida el final de un parón creativo del genio, acontecido de mediados de los años 70 a principios de los 80, y con la anécdota del robo de algunas grabaciones del músico como una suerte de MacGuffin argumental,  Cheadle realiza una especie de fresco, se diría que de tipo impresionista, sobre una personalidad única, con resultados que consiguen ser divertidos e incluso, por momentos, emotivos.

Con el mismo director encarnando con solvencia al propio Miles Davis, y un muy buen elenco de actores acompañándolo (entre ellos un adecuadamente histriónico Ewan McGregor, y la actriz Emayatzy Corinealdi asumiendo de forma brillante el papel de la que fuera mujer del músico, la bailarina Frances Taylor), el estilo visual y de montaje de la película, con diversos saltos en el tiempo, parece querer imitar el propio estilo experimental de la música de Davis, sin que, como ocurría con ésta, deje de ser un film bastante asequible y entretenido para el común de los mortales.

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Es esta película, en cualquier caso, un trabajo que transpira honestidad y auténtico amor por el personaje que se quiere retratar, sin que ello excluya que se muestren los claroscuros y contradicciones de éste. Añadiendo a todo lo dicho una muy creativa fotografía, y una banda sonora (no podía ser menos) excepcional, “Miles ahead” es uno de los filmes que destacan claramente en la cartelera cinematográfica de este verano. Vale mucho la pena acudir a un cine a disfrutar de ella.

Ricard.

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“Show me a hero”: Política real.

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En un panorama audiovisual sobresaturado de series más que interesantes, el sello de un guionista como David Simon, uno de los máximos responsables de la que pasa por ser justamente una de las mejores series de la historia (“The Wire”), se revela como un muy buen motivo a la hora de elegir una nueva producción televisiva que ver. Por eso no hemos tenido ninguna duda en visionar su, hasta ahora, última creación, “Show me a hero”, la cual es, en realidad, una miniserie de tan solo 6 episodios admirablemente bien escritos, dirigidos e interpretados.

Si en “The Wire”, Simon conseguía radiografiar en cierta forma la sociedad actual fijando su mirada en distintos ámbitos de ésta, creando un collage donde el espectador debía esforzarse por unir las distintas piezas de un tablero tan argumentalmente complejo como el mismo sistema que intentaba reflejar la serie, aquí nos encontramos con un trabajo menos ambicioso (necesariamente tratándose de una miniserie), pero de gran calado a la hora de mostrar el mundo de la política, tantas veces estereotipado en la ficción y en los medios de comunicación.

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Con la colaboración en los guiones de William Zorzi, y la dirección de Paul Haggis, “Show me a hero” cuenta con un gran elenco de actores que incluye a los, de un tiempo a esta parte, casi desaparecidos James Belushi y Winona Ryder, a los veteranos Alfred Molina y Catherine Keener, y al ascendente Oscar Isaac como protagonista. Isaac encarna a Nick Wasiscko, joven político que a mediados de los años 80 llegó a alcanzar la alcaldía de Yonkers, pequeña ciudad ubicada en el condado de Weschester, cerca de Nueva York. Forzado por una disposición judicial que obligaba a la ciudad a construir 200 viviendas sociales, Wasiscko se quedó prácticamente solo en la defensa de una responsabilidad que, en caso de no ser asumida, hubiese llevado a la ruina económica al Ayuntamiento. Con la resistencia casi total de unos vecinos que creían que la construcción de las viviendas traería miseria y delincuencia a la puertas de sus casas, y con una fiera oposición por parte de su partido rival, y aún entre la mayoría de los concejales de los del suyo propio, Wasiscko llegó a caer en desgracia, con resultados que a la larga resultaron ser trágicos.

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La historia, documentada en un libro de la periodista y escritora Lisa Belkin, nos muestra la complejidad del ejercicio político, y como éste se ve demasiadas veces supeditado a lo emocional, dejando de lado argumentos y razones que puedan llevar a tomar decisiones solidas, cuyo resultados puedan dar frutos positivos más allá del momento inmediato.

Hipocresía, manipulación, deslealtad, demagogia… elementos muy presentes no solo en la política norteamericana, tal y como, lamentablemente, podemos comprobar diariamente en nuestro país. Y es que, como ya ocurría en “The Wire”, pese a estar situada la trama de esta serie en un lugar alejado del lugar donde vivimos, y con elementos socioeconómicos distintivos respecto a los que nos rodean a nosotros, podemos considerar “Show me a hero” (frase por cierto extraída de un relato de Francis Scott Fitgerald) como un brillante análisis, a partir de un hecho concreto verídico, de lo que podemos considerar la política real en la actualidad.

Ricard.

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“Bone tomahawk”: Entre el western clásico y el horror gore.

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Lo dijimos hace ya bastante tiempo cuando hablamos de “Blue valentine”: no se entiende la forma de actuar de muchos programadores culturales en nuestro país. Una afirmación que, si nos parece cierta en general, resulta dolorosamente clara en cuanto fijamos nuestra atención en el circuito de proyección cinematográfica. No resulta comprensible que películas con un más que evidente atractivo como la antes mencionada, o la que nos ocupará en este caso, “Bone tomahawk”, que cuenta con sendos galardones (mejor dirección  y premio de la crítica) en el pasado Festival de Sitges, no encuentren apenas distribución. No se trata de que copen tantas salas como lo hacen los títulos más comerciales que se estrenan cada semana, pero estamos seguros que, con una mínima promoción, las películas mencionadas y otras tantas igualmente interesantes que no consiguen estrenarse en nuestro país o lo hacen en condiciones paupérrimas, lograrían un éxito más que aceptable. Eso partiendo del hecho que el verdadero aficionado al cine siempre intentará ver aquellos trabajos que más le interesan en el recogimiento de una sala de proyección. Dicho esto, la película que os queremos comentar, y que en el caso de Barcelona ha sido estrenada en una única sala, nos ha subyugado por la extraña pero, al mismo tiempo, coherente (argumentalmente) mezcla de géneros que la conforman.

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“Bone tomahawk” está dirigida por el debutante  S. Craig Zahler (Miami, 1973), y protagonizada por un estupendo elenco de actores: Kurt Russell, Matthew Fox, Patrick Wilson y Richard Jenkins. El film se sitúa inicialmente en un pueblo del viejo oeste norteamericano, y se centra en un grupo de personajes que se ven obligados a ir al rescate de una mujer secuestrada por un grupo de salvajes caníbales que viven en una zona montañosa, en tierras apenas exploradas mucho más allá de los límites del mencionado pueblo (un punto de partida argumental pues, más que recurrente en el western si substituimos a los salvajes por indios o bandas de forajidos).

Zahler, hasta ahora músico en bandas de doom metal y escritor de novelas, ha podido sacar adelante la producción de su película gracias a la aportación, sobre todo, de inversores europeos, aunque por lo demás, es éste un trabajo que nos retrotrae al mejor y más atemporal cine estadounidense. Y no deja de ser curioso porque el film oscila de manera admirablemente natural del western al cine de horror con ramalazos del más salvaje gore, pasando también por el género de aventuras, la comedia y el drama, sin que nada chirríe en ningún instante.

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Se puede considerar “Bone tomahawk” como parte de un cierto renacer del cine del oeste, que se viene dando periódicamente y que en los últimos meses ha sido alimentado por títulos como la comentada aquí “El renacido” (film muy sobredimensionado para quien escribe esto), “Deuda de honor”, “Slow west” o la tarantiniana “Los odiosos 8”. “Bone tomahawk” se distingue de ellas por el tono clásico que narrativamente tiene el film, emparentado de alguna forma con el cine que realizaban grandes autores como John Ford, Howard Hawks o Sam Peckinpah (el realizador favorito de Zahler según confesión propia). En este sentido, su director hace que la película discurra con un ritmo más bien pausado, dando tiempo a que conozcamos a sus personajes principales, recreándose en los desolados y, al mismo tiempo, bellos paisajes que les rodean durante su periplo, y consiguiendo una tensión en aumento que hace que, cuando la violencia explícita acaba apareciendo, ésta nos resulte mucho más impactante y cargada de dramatismo que si se hubiera mostrado de una forma constante y gratuita a lo largo del film. Con todo, hay un tramo central de la película al cual quizá le hubiera venido bien un cierto recorte (la cinta se acerca a las dos horas y cuarto de duración). Pero en su conjunto, “Bone tomahawk” es un título de veras estimulante y diferente en el panorama cinematográfico actual, que vale la pena disfrutar en una sala de proyección. Desde luego, estaremos atentos a próximos trabajos de  S. Craig Zahler.

Ricard.

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“The revenant” (El renacido): Una historia de supervivencia.

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Si en “Gangs of new York” vimos a Leonardo DiCaprio como protagonista de una historia que se ocupaba de los inicios de la gran ciudad, en esta ocasión cruza el país aunque no cambia de época, y aparece  caracterizado del audaz trampero Hugh Glass, que existió en la vida real, a finales del siglo XVIII,  y paradójicamente acabó sus días a manos de los indios arikara. La película se basa en la novela homónima sobre la vida del explorador escrita por  Michael Punke (escritor, profesor, asesor político, abogado y experto en asuntos exteriores del gobierno estadounidense).

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Nos situamos en los años de la conquista del Oeste; en concreto, de la parte noroeste de Estados Unidos, en las lejanas montañas de Dakota y Montana.  La expedición del capitán Andrew Henry  (interpretado por el actor irlandés Domhnall Gleeson a quien hemos visto hace poco en otro papel militar, el del avieso general Hux en el último episodio de “Star Wars”), es interceptada y diezmada por los arikara lejos de la base de Fort Kiowa, último lugar habitado antes de los bosques.

El agónico intento de regreso al fuerte es narrado con maestría por el genial Alejandro González Iñárritu, (director de películas tan dispares como “Amores perros” o “Birdman“).  No adelantaremos argumento, pero la resistencia frente a una naturaleza despiadada es también en la película una lucha contra la traición y el egoismo (brillante actuación de Tom Hardy en su papel de Fitgerald).

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Si algo hemos de destacar de la cinta es la sobrecogedora y majestuosa grandiosidad de la naturaleza en ella representada (excelente fotografía de Emmanuel Lubezki): magníficas localizaciones, incluso en la Tierra del Fuego argentina, que nos trasladan a ese escenario mítico de los primeros colonos y de su lucha frente a los que -con más razón de la que da a entender el sentido casi peyorativo de la expresión-, son llamados “native americans”, a quienes se les disputa el territorio, como a los franceses (que, dicho sea de paso, no son pintados de modo muy amable). También resaltamos la original e imponente banda sonora firmada por los prestigiosos Ryuychi Sakamoto y Alva Noto.

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La muy comentada escena de la lucha con el oso Grizzly es de un asombroso realismo, igual que el tormento  y venganza de Glass.  La gran versatilidad de DiCaprio da otra lección de buen hacer interpretativo.  Una impecable película de aventuras sin más pretensión que entretener un buen rato pero que exprime sus armas con oficio y delicadeza.

“The Revenant” ha sido premiada con tres Globos de Oro (mejor director, mejor película y mejor actor), tres Óscar (mejor director, mejor actor y mejor fotografía), cinco premios BAFTA (mejor director, mejor película, mejor actor, mejor fotografía y mejor sonido), el premio del Sindicato de Actores a Leonardo DiCaprio y dos premios Critics’ Choice Movie Awards (mejor actor y mejor fotografía).

Ignasi y Laura.

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“Irrational man”: Un Allen nada desdeñable.

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Empieza a resultar un tópico decir que las películas de Woody Allen, de un tiempo a esta parte, resultan sistemáticamente mediocres o directamente malas. Incluso antes del estreno anual al que el cineasta neoyorkino nos tiene acostumbrados, ya sabemos que buena parte de la crítica especializada y del público va a darle rápido carpetazo al nuevo trabajo de Allen sin que tan siquiera se hayan dignado, en muchos casos, a pasar por una sala de cine para ver la película en cuestión. Y sin embargo, a nosotros nos parece que el nivel medio de los títulos que el director ha realizado en los últimos tres lustros largos es, cuanto menos, notable; algo que, teniendo en cuenta su ritmo de producción, resulta de lo más meritorio. Es verdad que, salvo por la excepción de algún film aislado como “Match point”(2005) —quizá la película menos “alleniana” junto a “Interiores” (1978), “Septiembre” (1987) y “El sueño de Cassandra (2007) de la filmografía del realizador—, no hay un título que sobresalga especialmente entre todos los estrenados en este periodo de tiempo, e incluso hay que admitir que encontramos alguno —pensamos en concreto en “Vicky, Cristina, Barcelona”(2008)—, que sí merece ciertamente el calificativo de mediocre.

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Sin embargo, en la mayoría de ellos sigue existiendo la impronta que, desde principios de los años 70, una vez superado un primer tramo de carrera cinematográfica repleto de títulos puramente cómicos, ha hecho grande al cine de Allen. Esto es: los imaginativos planteamientos argumentales de sus películas, la concreción, precisión y ritmo narrativo inalterable con que se desarrollan, la sabia, casi invisible (en el mejor sentido de la expresión) puesta en escena de sus films, la naturalidad y buen hacer que extrae de la mayoría de sus actores, etc.

Si bien sus más recientes trabajos basculan entre distintos géneros (más cercanos a la comedia unos, más dramáticos otros), “Irrational man”, última película del director, nos parece un buen ejemplo de lo que viene siendo el cine de Woody Allen desde hace un tiempo. En él encontramos, no solo los elementos antes descritos, si no alguno más que viene repitiéndose de forma remarcable en este postrero trecho de su carrera, como un gusto casi esteticista por el encuadre cinematográfico, algo que, si bien forma parte en general de su personalidad como realizador, se ha intensificado particularmente en su cine más reciente. Y es que Allen siempre ha tenido muy buen ojo tanto para escoger los escenarios donde acontecen sus películas (sea en su habitual New York o en otros parajes), como en elegir técnicos capaces de dar respuesta a sus exigencias en el ámbito de la fotografía.

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En la película además continúan presentes las obsesiones del autor: sus reflexiones sobre el amor, el sexo, el vacío de la existencia y muy particularmente el sentido (o no) del crimen como forma de quebrantamiento moral capaz de salvar, redimir o dar incluso sentido a la vida de una persona; ponderaciones que ya aparecían en films como el antes mencionado “Match point” o en el aún más afinado “Delitos y faltas” (1989). Aquí es un profesor de filosofía recién llegado al campus de una universidad que le ha contratado quien se plantea esta última cuestión con la intención de salir de una dinámica de autodestructiva desazón existencial. El personaje, interpretado por Joaquin Phoenix, quien logra darle una personalidad propia obviando los habituales histrionismos imitativos de Allen a los que suelen recurrir los actores principales de sus películas como si se vieran en la obligación de, en cierta forma, substituir en la pantalla a éste, nos habla por momentos directamente con voz en off, un recurso que se extiende también a su comparsa femenina encarnada por la muy expresiva Emma Stone. De esta forma, el espectador se ve guiado por dos voces distintas, dos puntos de vista diferentes que, de forma equívoca, parecen confluir en un momento de la película para separarse después hasta llegar a un final (obviamente, no lo vamos a desvelar aquí) tragicómico. A diferencia del protagonista de “Match point”, el cual sentía una gran sensación de culpabilidad por los crímenes que había cometido, el de este film no muestra el más mínimo arrepentimiento por lo que hace; todo lo contrario: se siente liberado y feliz. Allen crea un diálogo inteligente entre esa forma de transgresión y el convencionalismo que acaba mostrando el personaje de Stone; como si se tratara de las dos voces que pudieran enfrentarse en nuestra cabeza ante un dilema ético. Las conclusiones finales, a pesar de un cierre de la película que podría pasar incluso por moralista (a nosotros nos parece en realidad maliciosamente sarcástico o incluso cínico), quedan  en manos del espectador.

Un film, en suma, plenamente recomendable.

Ricard.

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