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The Doors: “The Doors”, 50 aniversario de uno de los mejores debuts de la historia del rock.

Mi primer recuerdo asociado con The Doors  tiene que ver con el cine Savoy, desaparecido hace ya muchos años, y que estaba situado en el Passeig de Gracia de Barcelona, muy cerca de la confluencia con la calle Provença y, por tanto, a pocos metros de la Pedrera de Antoni Gaudí. Hacía muy poco que se había estrenado la película de Oliver Stone que llevaba como título el nombre del grupo (aunque en realidad se centraba más bien en la figura de su líder, Jim Morrison), y precisamente el Savoy proyectaba el film en una sesión de madrugada a la que acudimos un sábado. Recuerdo de forma nítida el cartel de luces de neón verdes de la sala o la pequeña galería previa a las taquillas con sus expositores de vidrio a un lado y otro repletos de posters y fotografías de películas. Así mismo, me viene a la cabeza que durante la proyección del film había gente bebiendo cerveza o fumando porros sin ningún tipo de pudor. También que aquella noche, tras ver la película, la persona que me había acompañado y yo pasamos un largo rato de apasionado diálogo sobre ella en un pub de la calle Balmes.

Para nosotros, que apenas estábamos entrando en la veintena, The Doors eran una banda mítica muy alejada en el tiempo. Dado que el grupo estaba inactivo desde el fallecimiento de su cantante en 1971, no conocíamos especialmente su música más allá de sus dos o tres mayores hits clásicos. No ocurría como con Lou Reed o Neil Young, músicos de la misma quinta que los integrantes del grupo, que en aquellos tiempos (finales de los 80,s principios de los 90,s) acababan de publicar grandes trabajos que podían servir de punto de enganche para profundizar en sus respectivas discografías. Así las cosas, la visualización de una película como “The Doors” supuso toda una revelación para nosotros, aunque, revisado muchos años después, el film nos resulte un tanto hiperbólico y nos parezca que, en no pocos momentos, roce incluso lo ridículo por su empeño de mostrar a Jim Morrison, no como un ser humano normal (por muy genial que fuese) sino como alguien exageradamente excesivo, en permanente estado de alucinación lisérgica, y poco menos que capaz de adentrarse, literalmente, por dimensiones espirituales inaccesibles para el resto de personas.

Con todo, y como ya hemos apuntado, el film (aún impactante visualmente y con una gran banda sonora que incluye también algún tema de The Velvet Underground o el famoso y anónimo “Carmina Burana”), tiene el mérito de haber impulsado a muchos, como nosotros mismos, a querer escuchar más y más música de The Doors, y a intentar conocer hasta el último detalle de la historia de la banda, y muy particularmente de su carismático líder. Lo obvio en el caso de The Doors era empezar con su primer y homónimo álbum, dado que probablemente es el trabajo de la formación que incluye sus canciones más populares, y ese fue precisamente el primer disco que me compré. Justamente ahora, con la excusa del 50 aniversario de su lanzamiento, ha sido reeditado, y hemos querido rememorar esta gran obra discográfica como ya hemos hecho con otros grandes títulos de la historia de la música popular.

Publicado el 7 de febrero de 1967, “The Doors” se lanzó dos años después de la génesis de la banda, la cual, según cuenta la leyenda, se originó tras el encuentro en la playa californiana de Venice del futuro teclista del grupo Ray Manzarek, y de Jim Morrison (ambos habían sido estudiantes de teatro y cine en la universidad de UCLA). La conexión entre ambos fue inmediata y se cuenta que la conversación se alargó durante horas y terminó cuando Morrison recitó “Moonlight drive”, poema que con los años se convertiría en una de las canciones del grupo. Fue en ese instante cuando Manzarek decidió crear la banda.

Pocas semanas después, los dos amigos ya estaban grabando algunas maquetas con la colaboración de algunos conocidos músicos locales, entre los cuales, el batería Jon Densmore quien poco después se convertiría en miembro permanente del grupo. Meses más tarde se les uniría el guitarrista (aún primerizo) Robbie Krieger. Con él se completaría una de las formaciones definitivas del rock.

Cogiendo el nombre para la banda del libro de Aldous Huxley “The doors of perception”, que a su vez se había inspirado en un texto de William Blake, The Doors consiguieron un primer contrato discográfico con Columbia que se rompió al no conseguir el sello un productor que pudiera grabar el disco de debut de la formación.

Mientras el grupo no conseguía registrar un álbum, empezó a componer canciones que sí tocaban en directo en clubs emblemáticos de California como el Wisky a Go Go o el London Fog. Parece ser que durante una de esas actuaciones, Arthur Lee, líder de los también imprescindibles Love, los vio y fue él quien recomendó la banda a los magnates de su sello discográfico, Elektra.

De esta forma, el grupo pudo grabar su inmejorable debut, un total de 11 canciones, en tan solo 6 días (tan por la mano tenían los temas), a finales de 1966. Con la producción de Paul A. Rotchild, y teniendo a Bruce Botnick como ingeniero de sonido, realizaron las sesiones con una mesa de tan solo cuatro pistas.

El primer single escogido para promocionar el álbum fue “Break on through (to the other side)”, que, pese a que no fue un gran éxito, ahora es considerada uno de los temas más reconocibles del grupo. “Light my fire”, elegido como segundo sencillo, sí obtuvo bastante repercusión siendo una de las canciones que, por tener el órgano de Manzarek en primer plano, se pueden estimar más representativas de lo que podríamos llamar el sonido The Doors. Y es que aún hoy en día, se puede considerar a la banda una formación atípica, con, tal y como hemos dicho, el sonido de tintes psicodélicos del órgano en primer plano (junto a la grave y expresiva voz de Morrison), substituyendo además el sonido del bajo el cual solo en estudio era asumido por algún músico de sesión. Si juntamos a todo ello el preciso sonido blues de la guitarra, y los ritmos de la batería, a menudo navegando por sutiles arreglos jazzísticos, podemos decir que The Doors es una de las formaciones más sui generis de la historia de la música popular.

El éxito del álbum se acabaría apuntalando con canciones como ‘The crystal ship”, “Twentieth century fox”, “I looked at you”, “End of the night” y “Take it as it comes”, todas ellas originales, y versiones tan acertadas como “Alabama song (Whisky bar)”, tema que dieran a conocer Bertolt Bretch y Kurt Weill en 1927, y “Back door man”, un corte blues compuesto por Willie Dixon y que popularizó Howlin’ Wolf.

Aunque la canción que probablemente más destaca del disco es la que lo cierra, “The end”, un tema largo, hipnótico, de letra tan hermosamente poética como misteriosa (las letras de Jim Morrison son, obviamente, otra de los logros a destacar del trabajo), con connotaciones incluso freudianas.

Finalmente, el álbum consiguió auparse al segundo puesto de la lista de discos más vendidos en los USA, situándose solo por debajo del “Sgt Peppers’s Lonely Hearts Club Band” de The Beatles. Un éxito expandido en el tiempo, de forma que el trabajo acumula más de 20 millones de copias despachadas.

Ahora, como ya hemos dicho anteriormente, se reedita, como suele ocurrir con los aniversarios redondos de muchos grandes discos de la historia, en formato de lujosa boxset que incluye el álbum remasterizado en stereo, la mezcla en mono, una versión en vinilo de dicha mezcla, y un disco en directo grabado el 7 de marzo del año en que se editó por primera vez “The Doors”, en la sala The Matrix de San Francisco. El lanzamiento se completa con un libro fotográfico, y anotaciones de David Fricke, conocido crítico de la revista Rolling Stone.

Sea en una presentación como la descrita, o sea en su formato de álbum (vinilo o cd) más sencillo, o incluso escuchado en streaming… de la forma que sea, “The doors” nos espera una y otra vez para abrirnos, ciertamente, nuevas puertas de percepción sonora, como ocurre, de hecho, con el resto de la discografía (en total, cinco disco más si nos ceñimos estrictamente a lo que The Doors publicó antes de la muerte de su cantante en Paris en 1971) de una banda tan singular como irrepetible.  Este verano os recomendamos que buena parte de vuestra banda sonora sea la que nos ofrece el legado de este grupo de inmarchitable recuerdo.

Ricard.

Os dejamos con un concierto completo de The Doors:

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Ryan Adams: Notable artesanía rock.

Dentro del interesante cartel del Festival Cruïlla que se va a celebrar en Barcelona el próximo mes de julio, destaca para nosotros el nombre de Ryan Adams, quien vendrá a presentar su último disco “Prisioner”.

Músico incontinente donde los haya (suma ya una veintena de álbumes en poco más de 20 años si contamos los que grabó con su primera banda Wiskeytown), Adams se ha caracterizado por poner en primera línea un estilo de rock enraizado en el country, el folk, o el blues (eso que algunos denominarían “Americana”), deudor de gigantes de este estilo como Bruce Springsteen o Tom Petty.

Si bien ninguno de los álbumes que ha publicado el músico nacido en 1974 en Jacksonville (Florida) se puede comparar a las grandes obras de los antes mencionados, sí se puede estimar la carrera de Adams, vista en perspectiva, como más que interesante, siendo probablemente sus primeros trabajos en solitario, “Heartbreaker” (2000) y “Gold” (2001), los que más siguen destacando de su dilatada discografía. Además, se puede considerar que ha sabido cultivarse una cierta imagen cool (algo parecido a lo logrado por un artista de similar edad y características estilísticas, aunque a la postre más personal en lo musical como es Jack White), que lo hacen atractivo para muy distintos tipos de público: desde el más indie al más rockero, y desde el más joven al más maduro que puede tener como referencias musicales clásicas los nombres mencionados en el párrafo anterior.

En su último lanzamiento observamos que se subraya un cierto giro estilístico que empezó a vislumbrarse en su disco homónimo “Ryan Adams” (2015) y que siguió configurándose en el curioso “1989” (2015), álbum que versionaba íntegramente el disco del mismo nombre de la estrella del Pop Taylor Swift. Nos referimos sobre todo a un trabajo de producción que nos hace pensar inevitablemente en los años 80: desde el Springsteen de “Born in the USA” (1984) o “Tunnel of love” (1987), a (por qué no decirlo) los primeros álbumes de Bryan Adams; títulos nada desdeñables como “Cuts like a Knife” (1983), “Reckless” (1984), o “Into the fire” (1987). Tampoco es gratuito comparar lo que hace Ryan Adams en la actualidad con bandas del estilo de The War on Drugs.

En cualquier caso, “Prisioner” se inspira en la tormentosa ruptura amorosa sufrida por el músico de Florida recientemente, así como por ciertos problemas de salud que le han mantenido en vilo de un tiempo a esta parte, siendo el tono general del trabajo más bien melancólico, aunque no exento de músculo rockero. En este sentido, hay en el álbum canciones muy asequibles, con cierto aroma AOR, como el primer single “Do you still love me?”, o “Anything I say to you now”. También cortes que se acercan al pop y que nos pueden recordar un tanto a The Smiths como es el caso de la canción que da nombre al disco: “Prisioner”. Por otro lado, temas como “Shiver and shake”, “Breakdown” o “Broken anyway” son de esos que crecen con las escuchas, y que pertenecen a un compositor que forma parte de esa estirpe de músicos que podríamos considerar brillantes artesanos del rock.

En suma, un trabajo variado, muy compensado y que podríamos incluir ya entre la media docena de títulos más destacables de su autor. Ahora solo queda corroborar las nuevas canciones en directo. Nuestra ocasión de escucharlas en tal tesitura, como hemos dicho, será en el próximo Festival Cruïlla, a celebrar en Barcelona los días 7, 8 y 9 de julio.

Ricard.

Para más información sobre el Festival Cruïlla Barcelona clica abajo:

Web del Cruïlla

Os dejamos con el vídeo de presentación del último disco de Ryan Adams:

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12 sensaciones del Primavera Sound 2017.

Como ya hicimos en 2015  y 2016, os dejamos con una entrada dedicada al Festival Primavera Sound que se celebra esta semana, escrita por nuestro buen amigo Angel Luís Mena, gran melómano que abandona cada año por estas fechas su Granada adoptiva para disfrutar del que se puede considerar como el gran evento musical del año en Barcelona.

Es difícil escoger entre la avalancha de calidad y emoción que durante cuatro días llenará el Fórum. Estas son una docena de sensaciones, pero podría haber varias docenas más (hoy Saint Etienne y Local Natives, The XX, Flying Lotus, Kepa Junkera, Swans, King Krule, Elza Soares, The Zombies, !!!, Teenage Fanclub, Metronomy, Berri Txarrak, Sleaford Mods, etc).

El mito de Van Morrison:

El León de Belfast, Van the Man, el indomable irlandés que conjuga voz privilegiada, solidez musical inoxidable y un estado de gracia compositivo perenne. Una leyenda por la que vale la pena pagar la entrada de día e incluso un abono. Su timbre es tan negro como de un blanco inmaculado: es una de las grandes voces de la historia de la música popular y con una personalidad que llena el escenario o un estadio entero. Su último disco, Keep me singing es una joya que lo muestra en pleno estado de forma. Si además canta Moondance o Into the Mystic, la mística de su soul-jazz -folk se convertirá en momentos inolvidables.

La emoción de Arcade Fire:

Todavía en el recuerdo el enérgico concierto del Primavera 2014; la banda de Will Butler vuelve al Fórum sin estrenar su esperado quinto disco, continuación del aclamado Reflektor. Los canadienses se han ganado por derecho propio un puesto en el Olimpo del rock alternativo y a la vez ser una banda con millones de fans que agotan entradas en grandes recintos. Verlos en directo es una experiencia que va más allá de la música, sus canciones tocan lo emocional con una frecuencia sorprendente.

La psicodelia de King Gizzard & The Lizard Wizzard:

Una de las sensaciones del rock en los últimos tiempos. Llegados desde Australia, la desmesura psicodélica es la marca de la casa. Capaces de colar un disco que se escucha como una única canción en (casi) todas las listas de lo mejor de 2016 y de que hablen de su directo como una experiencia sónica. Pueden convertirse en una de las revelaciones del Primavera con su mezcla de catarsis rítmica y mantra lisérgico.

El Oriente de Junun:

No contento con formar parte del grupo que marca el tempo de la modernidad rock, Radiohead, y de grabar excelsas bandas sonoras, el guitarrista Jonny Greenwood se ha embarcado en un proyecto con tintes épicos. Junto al israelí Shye Ben Tzur, el ensemble indio Rajasthan Expréss y el productor Nigel Godrich grabaron Junun, un mandala de música qawwali de raíz sufí, ecos de la exuberancia de Bollywood y la influencia del folk manganiar. Cantado en urdu, indi y hebreo, y grabado en documental por Paul Thomas Anderson (Magnolia, The Master), la cuota étnica del Primavera rebosará con esta iniciativa.

El infierno de Slayer:

Cada año el programa depara alguna delicatessen metal para devotos o curiosos, y este año Slayer podría ser un plato único. La legendaria banda trash-metal estadounidense demostró estar en forma en su último disco Repentless (2015) y su directo promete ser incendiario (nivel infierno). Los autores del seminal y brutal Reign in blood merecen ser escuchados aunque sólo sea por haber sido los primeros y los reyes de un género durante muchos años. Parafernalia satánica, velocidad o guitarras endiabladas son parte de un espectáculo para disfrutar por divergente en el cartel y su singularidad.

El grime de Skepta:

Y si de cuotas hablamos, la del hip hop es de alta calidad cada año. Después de la espantada del aclamado y esperado en Europa Frank Ocean, cancelando pocos días antes, y con el permiso de Run the Jewels, el británico Skepta es la estrella. Revitalizador del género grime, una mezcla de hip hop, dubstep, dancehall y UK Garage, su carrera hacia el estrellato es imparable. Su último trabajo, Konnichiwa, ganó el prestigioso Mercury Prize, el Nobel de la música británica que se entrega al mejor disco del año. Su influencia hoy día no tiene límites y en Barcelona esperamos que siga su ascenso.

El magnetismo de Angel Olsen:

La cantautora de Sant Louis, Missouri (EE UU) se ha convertido en una de las musas de la música independiente. Si su primer trabajo, Burn your fire with your witness (2014) sorprendía por su equilibrio entre candidez y personalidad, My woman la encumbró el año pasado a la primera división, mostrando una solidez compositiva que promete grandes canciones y emotivos conciertos. Con un toque retro, apegada a la tradición folk americana, su voz es magnética. ¿Su única pega? Que la han programado a la vez que Van Morrison.

La suavidad de Whitney:

Su disco Light Upon The Lake fue una de las sorpresas del año pasado, una maravilla de suave rock, pop y folk entrelazados en melodías sinuosas que arrastran a la pura ensoñación. Ternura y melancolía en canciones vestidas con un sonido intemporal. La banda de Chicago podría haberlo grabado en cualquier década, pero lo podemos disfrutar ahora.

La palabra de Kate Tempest:

La poetisa británica es un prodigio de spoken word, un espectáculo sobre el escenario donde sus versos fluyen con bases de hip hop y reflexiones críticas sobre la sociedad contemporánea. Desde sus inicios en el rap, su carrera literaria no conoce límites: reconocida dramaturga y novelista, se la considera una de las voces poéticas de referencia en lengua inglesa de la actualidad. Una artista con mayúsculas apenas treintañera que será una de las voces culturales de los próximos años, o décadas.

La biografía de The Magnetic Fields:

El único concierto de pago en el Auditori Rock de Lux corresponde a la sesión doble de The Magnetic Fields, con una generosa duración de casi dos horas. Tiempo seguramente insuficiente para desplegar su último disco, 50 song memoir, un repaso de su líder Stephin Merrit a sus 50 años de vida, con una canción para cada uno. El resultado del inspirado bostoniano es a ratos irregular, pero su ambiciosa propuesta y el carisma del autor de 69 love songs son sin duda (y nunca mejor dicho) magnéticos.

El alegato de Solange:

¿Es un hype, es una jugada comercial o es la nueva esperanza negra de la música? Mucha curiosidad por ver el directo de la hermana de Beyoncé, encumbrada a la cima de la música alternativa con su disco A seat at the table, un maravilloso alegato social y personal, feminista y reivindicativo. Con joyas como Crane in the sky, su poderosa mezcla de R&B con el toque neosoul que triunfa en las plazas más exigentes, se espera un concierto de los que levantan almas.

El sabor de Seu Jorge:

Brasil está muy presente en el Primavera con gemas como la leyenda Elza Soares (nonagenaria, indie y mito a la par), el vitalismo de Liniker e os Caramelows, o el renovador Seu Jorge. Este último, maestro en la amalgama de samba, pop, funk, soul o bossa nova, aporta además notas emotivas y nostálgicas con un repertorio tributo a David Bowie, remodelando las canciones de la película The life aquatic: Changes, Life on Mars o Rebel Rebel con sabor carioca removerán el escenario Ray-Ban.

Angel Luis Mena.

Nos permitimos añadir a la excelente selección de Ángel a The Afghan Whigs, uno de los grupos favoritos de quienes hacemos realidad este blog, del que os hemos hablado anteriormente, y que vienen a presentar su nuevo disco, recien editado, titulado, In Spades.

Para más información clica abajo:

Web del Primavera Sound

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Festival Brunzit 2017.

Nos hacemos eco de la segunda edición del Festival Brunzit, evento musical a celebrar el próximo sábado 27 de mayo en Martorelles (Barcelona), y que este año cuenta con artistas del nivel de Paul Vallvé, Cala Vento, Roba Estesa o The Crab Apples.

Pau Vallvé, cantautor destacado, prolífico músico y creador (autor de bandas sonoras, productor, realizador de vídeos, creador de páginas web, etc.), ha publicado un nuevo y brillante álbum, “Abisme cavall hivern primavera i tornar ” (del que os hablaremos próximamente con más amplitud), autoeditado y distribuido personalmente desde su página web, en alguna tienda pequeña y en los conciertos.

En cuanto al grupo musical Roba Estesa, que visitará Barcelona el 1 de junio en ocasión del festival Born de Cançons, están presentando su primer trabajo, “Descalces” (Coopula Records, 2016), y ha recibido diversos galardones, como el Premi Sons de la Mediterrània 2015 o cinco Premis Enderrock 2016. Se determina con un género propio, el folkcalentó, un folk que fusiona otros estilos, muy personal y característico de esta banda. Su objetivo es convertir la cultura en un espacio de transformación social, ofreciendo un espectáculo global, donde se combinan performance, calidad musical y puesta en escena. Reivindican también a la mujer, proponiendo nuevas dinámicas para disfrutar del ocio desde el empoderamiento y la visibilización.

Cala Vento es un grupo emergente en la escena musical catalana que estará también presente en la edición 2017 del festival Cruïlla. Considerados como la nueva joya del sello discográfico Bcore, presentan su nuevo álbum “Fruto Panorama”, publicado en 2017, con un estilo ecléctico y muy hipnótico, con un directo intenso y espontáneo.

Web de Bcore – Información sobre Cala Vento

The Crab Apples es un grupo que surge del certamen Sona 9 (organizado por la prestigiosa revista Enderrock). Este grupo formado por cuatro jóvenes entre los cuales predomina la presencia femenina, presentaba en su origen canciones en catalán y en inglés, que se definían más como pop, aunque su directo se acercaba al rock. Tienen en su haber el LP “Right Here” (Discmedi, 2014) y el EP “Hello Stranger” (Discmedi, 2016), con el que están realizando la gira actual. Con este nuevo trabajo, en inglés en su totalidad, el grupo muestra un cambio hacia adelante, con una base muy contundente, una sonoridad más formada y cruda, crítica social en sus letras, y un estilo ya más rockero y atmosférico, sin abandonar las melodías pop.

Enlace a Mondo Sonoro – EP Hello Stranger

The Black Suns, surgen de la banda barcelonesa Klaudia y presentan nuevo trabajo, de gran calidad, que aquí os mostramos:

Web de The Black Suns

Uno de los miembros de la banda, Raul Naro, también actuará en el festival Brunzit, ofreciendo su repertorio de música electrónica, cuya muestra os dejamos:

Mixcloud de Raul Naro

Y también tendremos la presencia de la banda de hard rock Rampa, con un potente sonido y un EP homónimo en su haber:

Nacido en 2016 a partir de la iniciativa de Victor Torremocha, nativo de Martorelles, el Brunzit quiere dar a conocer propuestas de música independiente autóctona, en un espacio natural y en pleno corazón de la primavera, y con la oportunidad de consumir productos ecológicos al mismo tiempo que se disfruta de buena música.

Deseamos a este festival gran éxito y larga vida. A continuación tenéis un enlace donde podréis encontrar toda la información sobre el evento: cartel completo, ubicación, forma de comprar las muy baratas entradas, etc.

Ricard y Laura.

Web del Brunzit 2017

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The Divine Comedy. Barcelona. 08/02/17: Un dandy en el Palau de la Música.

Dentro del marco del Festival Mil·leni, The Divine Comedy, la banda liderada por el carismático irlandés Neil Hannon, vuelve para presentar su último disco “Foreverland”, un trabajo que llega unos 6 años después del gran “Bang goes to Knighthood”.

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Ya acudimos hace unos meses a una previa al aire libre dentro del “Vida Festival”. Ahora tocaba en un escenario muy especial, el Palau de la Música Catalana. Lo cierto es que la mayoría de los últimos conciertos que he visto de ellos han sido en teatros y con el público sentado. Quizás se sienten más cómodos en esa intimidad de lugares más o menos pequeños donde crear mayor comunión con el público y favorecer la parte más crooner de Neil Hannon, un tío que siempre se acerca a su público y te hace cómplice del show. En todos los aspectos, por su majestuosidad, su magia… El  Palau era el mejor escenario para esta banda.

A pesar de esta introducción que parece patrocinada debo decir que “Foreverland” no me parece, ni de lejos, el mejor disco del año, ni tampoco de los mejores discos de los irlandeses. Pero las presentaciones de los discos están para esto, para defenderlos en directo y debo decir que, de nuevo, Neil  hizo que este álbum ganara texturas. Se descubren todas sus posibilidades. Los 5 cortes que repasa adquieren una nueva riqueza. Y también cabe admitir que Mr Hannon no estaba en el mejor estado de su voz, algo ronca al principio y sin poder llegar a algunas notas en algunos momentos, supongo a causa de que gira a concierto por día. Aunque fue mejorando y a mitad del show ya estaba casi al 100%.

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El Palau de la Música no es cualquier escenario. Tiene una fuerza especial. Está por encima de lo humano. A Divine Comedy le iba al pelo. Y Neil aparece enfundado en un traje de Napoleón, allí, en ese escenario clásico, dispuesto a cometer sus travesuras. Nos presentó la mayoría de los cortes del último disco en la primera mitad del concierto, intercalando antiguas canciones escogidas de entre casi todos los discos, repasando sus ya más de 25 años de carrera

Como los divos, se deshace de su traje napoleónico para volver a aparecer vestido como el dandy que es mientras acaba de sonar la maravillosa The Certainty of chance.  Tras la crítica The Complete Banker y Bang goes the Knighthood llega el primer subidón con Generation Sex. El Palau empieza a levantarse para volver a sentarse con la “dramática” Our Mutual Friend con un Neil que acaba estirado en el escenario.

Punto de inflexión y momento “cool” de esos típicos del rubio: el crooner enchufa un tocadiscos en el que suena la “guatequera” Spanish Flea, mientras se dedica a repartir cervezas y vino a la banda y prepara el escenario para cantar a dúo Funny Peculiar con su telonera, Lisa O’neill. El concierto sigue desarrollándose entre tempos medios y las llamadas al desfase del propio Neil (en catalán) con los hits más conocidos de The Divine Comedy (Something for the Weekend, National Express, Becoming more than Alfie) y otras más modernas que ya se están convirtiendo en clásicos como I like o At the Indie Disco (o cómo una canción puede retratar la mitad de tu juventud) y la preciosa Lady of a certain age entre otras.

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Cierra como de costumbre con Tonight we fly… Y puedes sentir que formas parte de algo especial. Ver saltos en los palcos del Palau es una imagen que quedará guardada en mi retina por mucho tiempo. Y sonríes. Porque no puedes evitarlo. Porque transmite tal cantidad de buen rollo que no hay quien se resista a caer rendido a sus pies. Me llevo a alguien nuevo a cada concierto de Neil… ¡¡¡y siempre acierto!!! Ahora siempre voy acompañada 😉

Así que si nunca habéis tenido la suerte de ver a este pequeño gran hombre, acompañado o no de su banda, DEBÉIS, una vez en la vida, pegaros un homenaje. Porque The Divine Comedy canta a la vida, con sus miserias y sus alegrías… y todas las canciones quedan bellas cuando estás ahí. Quedáis advertidos.

Laura Mart Sit.

Os dejamos con un concierto completo de la actual gira de The Divine Comedy recientemente emitido en Francia:

 

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Nirvana: 25 aniversario de “Nevermind”. Sigue importando.

¿Cómo afrontar la revisión de una obra sobre la que se han vertido y se seguirán vertiendo ríos de tinta? La mejor manera de hacerlo es desde lo personal. En mi caso, la primera imagen que acude a mi mente cuando pienso en un disco como el “Nevermind” de Nirvana es la de mi mismo sentado en una clase de la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Barcelona. Había acabado el COU y, a la espera de empezar el servicio militar obligatorio, acudía como oyente tanto a clases de Psicología como de Pedagogía con la idea de aclararme sobre cual de las dos carreras podía interesarme más si, una vez terminada la “mili”, me decidía a seguir estudiando como finalmente hice (para los curiosos, me decanté por Pedagogía). Fue allí donde entablé conversación espontanea con un estudiante de primer curso que llevaba su carpeta forrada con fotografías de grupos como Sex Pistols, The Clash, The Damned… “¿Has escuchado un grupo que se llama Nirvana?” me preguntó en un momento de la, para mí, apasionante charla que (ya os lo imaginaréis) versaba sobre el punk-rock. Como respuesta me encogí de hombros. Apenas hecho esto, y cuando mi contertuliano se disponía a darme algún tipo de explicación sobre quienes eran los tales Nirvana, apareció un profesor por la puerta, empezó a dar clase y, de esta manera, finalizó con cierta brusquedad ese diálogo musical que yo hubiese extendido hasta el infinito y que no tuvo continuación más tarde, sin que recuerde el motivo de ello.

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Apenas unos días después, un sábado al mediodía, me encontraba con un par de amigos en una tienda de discos, una de las muchas que por aquella época (situémonos definitivamente, finales de 1991) poblaban las calles del barrio gótico de Barcelona. En aquella pequeña y cerrada ágora para melómanos, un lugar (¡ay!) tan alejado en el tiempo (aquí no puedo evitar sentir cierta nostalgia), en las antípodas de los foros virtuales (redes sociales mediante) en los que se suele afrontar hoy en día el debate sobre lo musical, lo cultural y todo lo divino y humano,  fue donde escuché por primera vez “Smells like teen spirit”, canción escogida como primer single y que, de hecho, abría el que era segundo disco (primero para una multinacional, aunque entonces, lógicamente, no lo sabíamos) de Nirvana: “Nevermind”. “Tenéis que escuchar esto”, nos había dicho con evidente entusiasmo (creo recordar el brillo en sus ojos)  el tipo que se encontraba tras el mostrador de la tienda de discos hace años desaparecida que solía pinchar vinilos con un tocadiscos que se encontraba en un extremo de su lugar de trabajo. “¿Cómo se llama el grupo?” preguntó uno de mis colegas apenas transcurrido un minuto de la canción. “Nirvana”, respondió el vendedor. Me acordé entonces del nombre que había mencionado el estudiante con el que había conversado días atrás. Mi intervención en este momento es una frase memorable que debo transcribir tal cual: “Suena bien pero… esto no va a tener ningún éxito” (esta es una anécdota recurrente en mi vida, algo que he contado en múltiples ocasiones y que pongo como ejemplo de lo cortos de miras que podemos ser a veces). Ni que decir tiene que “Nevermind” se convirtió en pocas semanas en un fenómeno mundial, con millones de copias vendidas, propagándose además con mucha rapidez una suerte de histerismo colectivo que no solamente convirtió en hiperfamosos a los miembros de la banda que lo había creado (especialmente a su líder, Kurt Cobain), sino que catapultó a otras formaciones con influencias similares que probablemente sin el éxito de este disco no hubieran tenido la oportunidad de fichar para un gran sello, a los primeros puestos de ventas en todo el mundo, en lo que fue una (ciertamente difícil de prever poco tiempo antes) explosión de popularidad de lo que hasta entonces algunos denominábamos “rock alternativo”.

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¿Pero cómo se podía considerar “alternativo” algo que vendía millones de unidades? Nirvana aparecían continuamente en medios de comunicación convencionales, su música sonaba en cadenas de radio “mainstream” al estilo de los 40 principales…. Hasta aquellos compañeros de estudio que jamás habían mostrado el más mínimo interés por bandas que había escuchado durante mi adolescencia (The Replacements, Sonic Youth, Pixies), que bien se podían considerar en la órbita de lo que representaba a priori una banda como Nirvana y que, de hecho, habían influenciado claramente a Cobain y compañía, me preguntaban, al encontrarnos aquí o allá, por el grupo que había hecho popular el llamado sonido Seattle (ciudad de referencia del “grunge”, ese movimiento caracterizado por el desaliño estético y la angustia existencial que solían mostrar en las letras de sus canciones las bandas que se circunscribían a él), y me pedían recomendación sobre otras formaciones que pudieran sonar de manera similar.

Quizá por despecho a que hasta entonces no se hubiera prestado suficiente atención a esas bandas que tanto me habían gustado, no sentí en primera instancia una gran simpatía por Nirvana. Me gustaba muchísimo “Nevermind”. Durante un par o tres de años estuvo entre los discos que más escuché, claro está, pero en cierta forma tenía la sensación de que se había traicionado lo que podríamos llamar la ética del punk llevando esa clase de música a todo tipo de audiencias (recordemos que “Nevermind” superó en ventas al mismísimo Michael Jackson, que por entonces acababa igualmente de sacar un disco al mercado). Además, Kurt Cobain me parecía un tipo, por momentos, algo arrogante (una percepción absurda vista con la perspectiva que da el tiempo). Tonterías pseudoadolescentes por mi parte que, de forma brutal, con el trágico suicidio de Cobain en abril de 1994, se desvanecieron. En realidad “Nevermind” merecía todo el éxito que tuvo. Era (y es) un álbum brillante que aunaba en un sonido uniforme no solo influencias del punk y el rock alternativo, sino también del rock duro de inspiración setentera, el folk, y, desde luego, el pop (ese yeahhhh… tan beateliano de “Lithium”). Un trabajo sin mácula cargado de posibles singles, aunque siga destacando ese “Smells like teen spirit” con el que se abre el disco (ese mismo tema que, en mi opinión, no iba a triunfar) y que cargaba con oscura ironía contra la apatía de la llamada “Generación X”. Igualmente sobresalen canciones como la magnética “Como as you are”, la rotunda “In bloom”, la descaradamente punk “Territorial pissings”, la bella (en su sencillez) “Polly”, o la igualmente preciosa aunque lúgubre “Something in the way”. Mención aparte merece la acertadísima producción de Butch Vig, quien supo hacer relucir el buen material que había compuesto Kurt Cobain como probablemente nadie más lo hubiese podido hacer.

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Han pasado 25 años desde la edición de “Nevermind”. Hemos madurado (o eso queremos creer) y, evidentemente, nuestra capacidad para asombrarnos, para sentir el impacto de lo nuevo, ha disminuido con la experiencia, de forma que cuando escuchamos, vemos o leemos algo inédito, no tenemos tendencia a lanzar las campanas al vuelo como podíamos haberlo hecho antaño por muy gratificante que sea la experiencia. Puede que en parte sea por ello, pero no creo que haya mucha música hoy en día, al menos si nos circunscribimos al Rock o al Pop, música que alcance autentica relevancia entre las masas, que consideremos que pueda mirar de tú a tú a un álbum como “Nevermind”. La frescura, la sana mala leche, la fuerza de este disco, se mantienen incólumes. Sería tan necesario que en los tiempos que corren hubiera algo así. Seguimos echando tanto de menos a alguien como Kurt Cobain.

Decididamente, “Nevermind” sigue importando.

Ricard.

Os dejamos con un concierto completo de Nirvana:

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Michael Kiwanuka: Soul expansivo.

Aunque hace ya unos meses que se publicó, es ahora, coincidiendo con la pronta fecha de su concierto en Barcelona (16 de noviembre, Sala Bikini, en el marco del Festival Mil·leni), cuando hablamos aquí de uno de los discos que debemos considerar como firme candidato a encabezar las recurrentes listas de lo mejor del año que a final de cada temporada pueblan las publicaciones y webs musicales, así como aquellos medios, como el nuestro, en que se habla de cultura en general, siendo la música, obviamente, parte de ella. Nos referimos a “Love and hate”, segundo trabajo de Michel Kiwanuka (Londres, 1987).

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Kiwanuka se dio a conocer en 2012 con un primer álbum, “Home again”, en el que ya se apreciaba su talento para asimilar un estilo clásico como el soul (se le ha comparado a menudo con Ottis Redding o Marvin Gaye) y convertirlo en algo completamente personal, añadiendo ramalazos de folk o rock a sus canciones impregnadas de elegancia y sentimiento a partes iguales.

Sin embargo, no ha sido hasta la publicación, antes del verano, de su segundo larga duración, “Love and hate”, en que hemos visto plasmar todo el potencial que atesora el músico de ascendencia ugandesa. Y es que en este nuevo trabajo, Kiwanuka nos ha sorprendido con un sonido que parece querer expandirse de una forma similar a la entendida por bandas de rock progresivo como Pink Floyd, sin desmarcarse en ningún momento de sus raíces en la música negra, y añadiendo a todo ello una producción (en la que está metida Danger Mouse) que le da una pátina de modernidad bien entendida (un poco en la línea de lo que hizo la añorada Amy Winehouse) a la coctelera que maneja con mano maestra nuestro protagonista.

De esta forma, el disco se abre con un tema, “Cold Little heart”, de cerca de 10 minutos de duración, que es ya de por sí toda una declaración de intenciones, con una larga introducción puramente instrumental (salvo por algunos coros), que incluso nos puede llegar a recordar al genio de todo un Ennio Morricone. Después de eso, la canción deriva hacia un muy sentido, dolorido por momentos, canto de tintes épicos y espirituales, en la estela del mejor Ben Harper.

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En la misma línea se mueve otro de los momentos álgidos del álbum, el single que da título al disco, “Love and hate”, con un alargado solo de guitarra al final que nos hace pensar que el glorioso legado de Jimi Hendrix sigue presente entre las nuevas generaciones tantos años después de su desaparición.

Por otra parte, encontramos canciones más concisas, como el otro adelanto del álbum, “Black man in a white world”, de letra muy reivindicativa y con un gran sentido del ritmo, la bella “Rule the world”, o la pegadiza “One more night”, puro soul del siglo XXI.

En total son 10 canciones sin un solo momento de descenso en el nivel de las composiciones, aunque claramente destaque ese espectacular inicio que es “Cold Little heart”.

Un grandísimo disco, en suma, que os recomendamos fervientemente. Como decíamos al principio, en pocos días Michael Kiwanuka estará defendiendo sus nuevas canciones en directo en Barcelona, en un concierto que se nos antoja uno de los momentos especialmente remarcados del calendario musical en este año 2016 que encara ya su recta final.

Ricard.

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