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IN-EDIT: 15ª Edición de cine documental musical de Barcelona.

De nuevo, desde el 26 de octubre hasta el 5 de noviembre, se celebra el Festival In-Edit dedicado a los documentales musicales, evento que nos encanta y del que hemos ido hablando desde que empezamos con nuestro blog.

En esta nueva edición encontramos una muy variada y suculenta programación que se estructura en distintos bloques que se resumen en:

Sección oficial internacional: la sección competitiva del Festival que reúne grandes trabajos del documental musical traídos de todo el mundo.

Sección nacional: títulos patrios que en algunos casos forman parte de la sección competitiva y en otros no.

Etnia Barcelona presenta la mirada: mini sección dedicada a documentales que nos muestran a artistas que han destacado por su capacidad de innovar.

Excedlents: una selección de documentales escogidos por simple gusto por parte de los creadores-gestores del Festival. Se trata de títulos también muy variopintos y atractivos. Eso sí, fuera de concurso todos ellos.

Km0: una nueva sección del Festival que nos muestra historias cercanas e intenta dar a conocer artistas locales.

Sección premios: documentales que han ganado premios en ediciones extranjeras del In-Edit (recordemos que el evento se ha exportado a otros países como Chile o Colombia, y que se celebra de forma paralela en Madrid).

In-Edit shorts: nueva sección dedicada a cortos.

Muy difícil poder escoger entre todos los títulos que se van a proyectar en el Festival, pero a nosotros no nos gustaría perdernos (y os recomendamos especialmente):

“Faithfull” de Sandrine Bonnaire. Francia. 2017. Documental dedicado Marianne Faithfull quien nos habla de su presente y, por supuesto, su pasado como icono de los 60, desmontando tópicos sobre su figura.

“Liveration day” de Ugis Olte y Morten Traavik. Noruega. 2016. Título que documenta la visita del grupo esloveno Laibach a Corea del Norte. Se trató del primer concierto que una banda de pop occidental realizaba en este país absolutamente impermeable, si es que de libertad de información hablamos. Una oportunidad para adentrarse en una realidad a la vez chocante y fascinante.

The Allins” de Sami Saïf. Dinamarca. 2017. Pocos personajes tan extremos deben haber pasado por la faz de la tierra que puedan compararse a GG Allin. Y sin embargo, el malogrado mito punk tuvo, como casi todo el mundo, una familia que, gracias a este documental del danés Sami Saïf, podremos conocer. Ni que decir tiene que no se trata de una familia convencional.

“Eagles of death metal: nos amis” de Colin Hanks. Estados Unidos. 2015. Un trabajo que nos sitúa cuatros meses después de la terrible tragedia acontecida en la Sala Bataclan de Paris, en la que irrumpieron unos terroristas islamistas disparando indiscriminadamente contra el público que asistía a la actuación de la banda norteamericana Eagles of Death Metal causando un gran número de víctimas inocentes. El grupo regresó al local para realizar ese concierto que sentían que les debían a los parisienses. ¿Cómo puede afectar a un músico haber vivido una experiencia semejante?

“A life in the waves” de Brett Whitcom. Estados Unidos. 2017. Otro retrato femenino, en este caso sobre Susane Cianni, pionera de los sonidos electrónicos cuya personalidad nos resulta de lo más atrayente al margen del interés mayor o menor que podamos tener por la llamada música avanzada.

“Conny Plank – The potential of noise” de Reto Caduff y Stephan Plank. Alemania. 2017. Título dedicado a un productor que supo avanzarse a casi todo, ayudando a crear música a bandas de la escena germánica de los 70 tan variopintas, personales y fascinantes como Kraftwerk, Neu! o Cluster. Considerado como el padre espiritual del krautrock, Conny Plank fue un pionero obsesionado con el trabajo, al que nos acercamos a través de la mirada de su propio hijo Stephan Plank quien dirige el documental junto a Reto Caduff.

Queercore: How to punk a revolution” de Yony Leyser. Alemania. 2017. A mediados de los años 80 se acuñó el concepto “queercore” para dar nombre a un movimiento dentro del punk que criticaba la homofobia que existía en dicho género musical y estético. Auspiciado desde la ciudad de Toronto por artistas como G.B. Jones y Bruce LaBruce, el “queercore” (o “homocore”), impulsaba una nueva y subversiva forma de ver la identidad sexual diseminada por la música de bandas como Tribe 8 y Pansy Division, cuyo legado se extendió a través del movimiento Riot Grrrls y ha tenido influencia en artistas más estándar como Peaches o Gossip.

The Public Image is Rotten” de Tabbert Fiiller. Estados Unidos. 2017. Y terminamos este pequeño repaso con un retrato en primera persona de uno de los grandes iconos del Punk, Johnny Rotten o mejor sería llamarlo John Lydon, de quien se nos cuenta en este documental su reinvención personal y musical al frente de los imprescindibles P.I.L. (En este caso os dejamos con un video-clip de P.I.L. ya que no hemos localizado ningún tráiler del documental).

Ricard.

Información sobre el In-Edit: Programación con horarios.

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Nirvana: 25 aniversario de “Nevermind”. Sigue importando.

¿Cómo afrontar la revisión de una obra sobre la que se han vertido y se seguirán vertiendo ríos de tinta? La mejor manera de hacerlo es desde lo personal. En mi caso, la primera imagen que acude a mi mente cuando pienso en un disco como el “Nevermind” de Nirvana es la de mi mismo sentado en una clase de la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Barcelona. Había acabado el COU y, a la espera de empezar el servicio militar obligatorio, acudía como oyente tanto a clases de Psicología como de Pedagogía con la idea de aclararme sobre cual de las dos carreras podía interesarme más si, una vez terminada la “mili”, me decidía a seguir estudiando como finalmente hice (para los curiosos, me decanté por Pedagogía). Fue allí donde entablé conversación espontanea con un estudiante de primer curso que llevaba su carpeta forrada con fotografías de grupos como Sex Pistols, The Clash, The Damned… “¿Has escuchado un grupo que se llama Nirvana?” me preguntó en un momento de la, para mí, apasionante charla que (ya os lo imaginaréis) versaba sobre el punk-rock. Como respuesta me encogí de hombros. Apenas hecho esto, y cuando mi contertuliano se disponía a darme algún tipo de explicación sobre quienes eran los tales Nirvana, apareció un profesor por la puerta, empezó a dar clase y, de esta manera, finalizó con cierta brusquedad ese diálogo musical que yo hubiese extendido hasta el infinito y que no tuvo continuación más tarde, sin que recuerde el motivo de ello.

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Apenas unos días después, un sábado al mediodía, me encontraba con un par de amigos en una tienda de discos, una de las muchas que por aquella época (situémonos definitivamente, finales de 1991) poblaban las calles del barrio gótico de Barcelona. En aquella pequeña y cerrada ágora para melómanos, un lugar (¡ay!) tan alejado en el tiempo (aquí no puedo evitar sentir cierta nostalgia), en las antípodas de los foros virtuales (redes sociales mediante) en los que se suele afrontar hoy en día el debate sobre lo musical, lo cultural y todo lo divino y humano,  fue donde escuché por primera vez “Smells like teen spirit”, canción escogida como primer single y que, de hecho, abría el que era segundo disco (primero para una multinacional, aunque entonces, lógicamente, no lo sabíamos) de Nirvana: “Nevermind”. “Tenéis que escuchar esto”, nos había dicho con evidente entusiasmo (creo recordar el brillo en sus ojos)  el tipo que se encontraba tras el mostrador de la tienda de discos hace años desaparecida que solía pinchar vinilos con un tocadiscos que se encontraba en un extremo de su lugar de trabajo. “¿Cómo se llama el grupo?” preguntó uno de mis colegas apenas transcurrido un minuto de la canción. “Nirvana”, respondió el vendedor. Me acordé entonces del nombre que había mencionado el estudiante con el que había conversado días atrás. Mi intervención en este momento es una frase memorable que debo transcribir tal cual: “Suena bien pero… esto no va a tener ningún éxito” (esta es una anécdota recurrente en mi vida, algo que he contado en múltiples ocasiones y que pongo como ejemplo de lo cortos de miras que podemos ser a veces). Ni que decir tiene que “Nevermind” se convirtió en pocas semanas en un fenómeno mundial, con millones de copias vendidas, propagándose además con mucha rapidez una suerte de histerismo colectivo que no solamente convirtió en hiperfamosos a los miembros de la banda que lo había creado (especialmente a su líder, Kurt Cobain), sino que catapultó a otras formaciones con influencias similares que probablemente sin el éxito de este disco no hubieran tenido la oportunidad de fichar para un gran sello, a los primeros puestos de ventas en todo el mundo, en lo que fue una (ciertamente difícil de prever poco tiempo antes) explosión de popularidad de lo que hasta entonces algunos denominábamos “rock alternativo”.

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¿Pero cómo se podía considerar “alternativo” algo que vendía millones de unidades? Nirvana aparecían continuamente en medios de comunicación convencionales, su música sonaba en cadenas de radio “mainstream” al estilo de los 40 principales…. Hasta aquellos compañeros de estudio que jamás habían mostrado el más mínimo interés por bandas que había escuchado durante mi adolescencia (The Replacements, Sonic Youth, Pixies), que bien se podían considerar en la órbita de lo que representaba a priori una banda como Nirvana y que, de hecho, habían influenciado claramente a Cobain y compañía, me preguntaban, al encontrarnos aquí o allá, por el grupo que había hecho popular el llamado sonido Seattle (ciudad de referencia del “grunge”, ese movimiento caracterizado por el desaliño estético y la angustia existencial que solían mostrar en las letras de sus canciones las bandas que se circunscribían a él), y me pedían recomendación sobre otras formaciones que pudieran sonar de manera similar.

Quizá por despecho a que hasta entonces no se hubiera prestado suficiente atención a esas bandas que tanto me habían gustado, no sentí en primera instancia una gran simpatía por Nirvana. Me gustaba muchísimo “Nevermind”. Durante un par o tres de años estuvo entre los discos que más escuché, claro está, pero en cierta forma tenía la sensación de que se había traicionado lo que podríamos llamar la ética del punk llevando esa clase de música a todo tipo de audiencias (recordemos que “Nevermind” superó en ventas al mismísimo Michael Jackson, que por entonces acababa igualmente de sacar un disco al mercado). Además, Kurt Cobain me parecía un tipo, por momentos, algo arrogante (una percepción absurda vista con la perspectiva que da el tiempo). Tonterías pseudoadolescentes por mi parte que, de forma brutal, con el trágico suicidio de Cobain en abril de 1994, se desvanecieron. En realidad “Nevermind” merecía todo el éxito que tuvo. Era (y es) un álbum brillante que aunaba en un sonido uniforme no solo influencias del punk y el rock alternativo, sino también del rock duro de inspiración setentera, el folk, y, desde luego, el pop (ese yeahhhh… tan beateliano de “Lithium”). Un trabajo sin mácula cargado de posibles singles, aunque siga destacando ese “Smells like teen spirit” con el que se abre el disco (ese mismo tema que, en mi opinión, no iba a triunfar) y que cargaba con oscura ironía contra la apatía de la llamada “Generación X”. Igualmente sobresalen canciones como la magnética “Como as you are”, la rotunda “In bloom”, la descaradamente punk “Territorial pissings”, la bella (en su sencillez) “Polly”, o la igualmente preciosa aunque lúgubre “Something in the way”. Mención aparte merece la acertadísima producción de Butch Vig, quien supo hacer relucir el buen material que había compuesto Kurt Cobain como probablemente nadie más lo hubiese podido hacer.

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Han pasado 25 años desde la edición de “Nevermind”. Hemos madurado (o eso queremos creer) y, evidentemente, nuestra capacidad para asombrarnos, para sentir el impacto de lo nuevo, ha disminuido con la experiencia, de forma que cuando escuchamos, vemos o leemos algo inédito, no tenemos tendencia a lanzar las campanas al vuelo como podíamos haberlo hecho antaño por muy gratificante que sea la experiencia. Puede que en parte sea por ello, pero no creo que haya mucha música hoy en día, al menos si nos circunscribimos al Rock o al Pop, música que alcance autentica relevancia entre las masas, que consideremos que pueda mirar de tú a tú a un álbum como “Nevermind”. La frescura, la sana mala leche, la fuerza de este disco, se mantienen incólumes. Sería tan necesario que en los tiempos que corren hubiera algo así. Seguimos echando tanto de menos a alguien como Kurt Cobain.

Decididamente, “Nevermind” sigue importando.

Ricard.

Os dejamos con un concierto completo de Nirvana:

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The Stooges: “Fun house”, adelantándose a casi todo.

Alguien se preguntaba no hace mucho si estábamos preparados para escuchar una obra como “Fun house” (1970) tantos años después de haber sido publicada, y se respondía a sí mismo que no. Y efectivamente, nunca estaremos preparados para volver a escuchar un álbum como éste, ni tampoco podremos dejar de hacerlo periódicamente. Y es que este disco del grupo seminal del cual surgiría una bestia llamada Iggy Pop, se puede considerar la banda sonora ideal para la autodestrucción, pero también es un canto desesperado a la vida.

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Las sonoridades de este álbum que avanzaba estilos todavía por llegar como el punk, el rock alternativo e incluso el grunge, aún te dejan boquiabierto por su extraordinaria modernidad.  La expresividad, la rabia que esconden piezas como la inicial “Down on the street”, o las posteriores “Loose” y “TV Eye”, no dejarán nunca de remover las entrañas del oyente desprevenido. Pero aún te sorprende más el blues hipnótico que es “Dirt”, o las reminiscencias jazzísticas de “1970”, en la que un saxo delirante se añade a la obsesiva línea de bajo con la cual empieza la canción, mientras Iggy no deja de vociferar I feel alright! No en vano, John Coltrane era uno de los grandes ídolos de Dave Alexander, los hermanos Asheton, y el mismo Iggy Pop, los cuatro componentes de The Stooges, unidos por el destino en las calles de la industrial Detroit allá por finales de los años 60. Pero con las dos últimas canciones del disco, “Fun house” y “L.A. Blues”, el grupo se desmarcaba definitivamente de cualquier etiqueta para crear directamente la música del infierno.

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Foto promocional de The Stooges tomada a finales de los años 60.

Sí, el primer disco del grupo, el homónimo “The Stooges” (1969), ya daba muestras de que la banda era algo completamente diferente; y “Raw power” (1973), disco producido por David Bowie y que cerraría magistralmente la trilogía de discos que publicó la banda antes de separarse (o en cierta forma de explosionar) y de que Iggy Pop empezara su carrera en solitario con la ayuda del mencionado Bowie, es igualmente imprescindible. Pero “Fun House” es sin duda una de las obras capitales no ya de la historia del Rock, si no de la música publicada desde mediados del siglo XX en adelante. Ni más ni menos.

Con motivo de la presentación (con grandes elogios de la crítica) en el pasado Festival de Cannes de “Gimme danger”, el documental que sobre el grupo ha creado uno de nuestros directores fetiche, el gran Jim Jarmusch, hemos decidido dedicar un espacio a la obra más destacada de la formación, mientras esperamos con grandes ansias a que se estrene el mencionado documental, algo que, según parece, sucederá de aquí a finales de año.

Ricard.

Os dejamos con un concierto completo de The Stooges perteneciente a la gira de retorno de la banda en 2006:

Y aquí tenéis la rueda de prensa conjunta que hicieron Iggy Pop y Jim Jarmusch en Cannes presentando “Gimme danger”:

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The Vaccines: Alegre directo en el BCN Live!

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Hola de nuevo gente de “Cultura y algo más”, seguidores y amigos.

Esta vez ya me empiezo a sentir como la reportera más dicharachera de… Vaya que me empiezan a gustar estos encargos. Porque disfruto yendo a conciertos, descubriendo grupos y, si encima te piden opinión, pues como que te sientes muy bien.

En esta ocasión me pidieron que cubriera el BCN Live!, mini festival promocionado por Sony, y allí que me fui. Inicialmente iba a ser en el Sant Jordi Club y en el primer cartel tocaban Standstill. Pero al final se cambió a la sala RAZZMATAZZ y el cartel quedó con las actuaciones de John Grvy (ganador del concurso de bandas previo), Zoot Woman, Izal y The Vaccines.

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Sí, lo confieso, no soy fan de ninguno de los grupos que tocaban. También confieso que llegué a mitad del concierto (por mucho que te guste ir de conciertos tienes que trabajar) y confieso que me tocó la entrada en un sorteo. Pero alego en mi defensa que: a) participé en el sorteo porque tenía muchas ganas de ver a The Vaccines en directo, b) si no estuviera en crisis (económica) hubiera comprado la entrada seguro y c) nunca hay que desdeñar un concierto… siempre hay algo que descubrir.

Yo me enamoré de ellos con “Post break up sex”. Quizás, aunque conocida, no es la canción que representa mejor el sonido Vaccines. Pero me atrapó y desde entonces ansiaba verlos.

En la sala grande del RAZZ había poca gente. Pero los poco que había se les veía con ganas de cantar junto a los madrileños Izal. Melodías y estribillos pegadizos para adolescentes y no tan adolescentes que desplegaron con energía y alegría. Quizás ya llegan tarde para mí. Con casi media hora de retraso salieron los londinenses The Vaccines. Grupo formado en el 2010 y con sólo 2 discos en el mercado: “What did you expected from the Vaccines?” (2011) y “Come of age” (2012) más un EP de 3 canciones “Melody Calling” (2013). Lo forman un cantante y guitarra – Justin Young -, otro guitarra – Freddie Cowan – , un bajo – Arni Hjörvar – y un batería – Pete Robertson.

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Puedes pensar y, de hecho lo pienso, que si han llegado hasta el 2015 sin sacar nuevo disco y haciendo conciertos es porque viven de viejos hits y que “rejuvenecieron” al ser escogidos para el veraniego anuncio de turno de la tele. Sacaron sus primeros discos casi uno detrás de otro y, sin embargo, hemos esperado más de 2 años para tener nuevo material. Pero quería ver qué tal se desenvolvían en directo… Los jóvenes Vaccines tienen un buen directo. Se les ve cómodos, con seguridad y experiencia. Suenan bien. Y te contagian.

Desgranaron temas de los discos mencionados anteriormente descargando la alegría del público en canciones como “Blow it up”, “Wrekin’ Bar (RA Ra Ra), “Post break up sex”, “Melody calling”, “Teenage Icon”, y además presentaron varias nuevas canciones de su nuevo trabajo, “English graffiti”, como la explosiva “Handsome”.

Como colofón se marcaron una cover de Nirvana de nada menos que de la canción “On a plain”, fantástico momento para los que rompíamos la media de edad (algunos no habían nacido en aquel momento) y feliz sorpresa. Previamente Justin Young “dejó caer” su guitarra… no sé si queriendo emular esa suciedad grunge de los 90… pero como el que tampoco se atreve… vaya que si has de tirar una guitarra al suelo no lo hagas descafeinadamente, hazlo con estilo y “rock and roll” como Kurt Cobain o Jimmy Hendrix. Se me ocurre pensar que aún están buscando una personalidad propia. Actitud tienen.4Y cerraron con “Norgaard“. Demasiado pronto. Con un concierto que superó por poco la hora de duración. No sé si fue por exigencias del guión del festival pero se nos hizo corto. Y nos dejaron con ganas de más. De más sonido Vaccines, punk, fresco pero algo sucio, directo, bailable, alegre y divertido. Su sonido puede recordarte al punk de los 70/80, a los Strokes, pero también pueden ser melódicos a lo Manic Street Preachers.

Esperamos verles más activos ahora que van a estar presentes en festivales veraniegos como el SOS y coincidiendo con la salida de su nuevo disco.

Si tuviera que ponerles una nota, una última palabra os diría… estos chicos lograron que pasara una noche divertida, consiguieron levantarme el ánimo y me dejaron un buen sabor de boca. Eso son valores a tener en cuenta, así que recomendables The Vaccines!!!!

¡Hasta la próxima!

Laura Mart Sit.

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