“La conferència de Wannsee”: La estética del mal.

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Progromos, genocidios, masacres… la historia está llena de ellos. Precisamente lo que les hace especialmente inhumanos es su despersonalización, la maldad de ocultar en medio de la masa la historia individual de cada persona que es asesinada. En el caso del genocidio nazi, esa despersonalización alcanzó tintes horripilantes al concebir el asesinato en masa como si de producción industrial se tratara.

La obra de teatro “La Conferència de Wannsee“, del mismo director y compañía, Exquis Teatre,  de la que recientemente vimos “La nit de Helver”, Pavel Bsonek, con dramaturgia de Filip Nuckolls,  Vladimír Cepek y el propio Bsonek, nos presenta en La Casa de la Seda de Barcelona la infausta reunión que tuvo lugar el 20 de enero de 1942 en una lujosa villa expropiada a un industrial judío a orillas del lago Wannsee, en Berlín. El escenario no podía haber sido mejor escogido, un lujoso salón de la casa gremial (que se puede visitar gratuitamente con la entrada al espectáculo) con todos los nombres de los presidentes del gremio esculpidos en sus paredes, nombres que se remontan al siglo XVI. Repujados de madera, mampostería, tapicería, lámparas…  el lujo y elegancia del escenario oculta, como en la conferencia real o las impolutas camisas blancas de los actores,  la crueldad de lo que se planeaba.

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Dicha reunión ha tenido especial resonancia histórica porque ha sido de las pocas reuniones sobre el exterminio que cuentan con un protocolo, en el que muy posiblemente se omitieron detalles especialmente comprometedores. Bajo presidencia del tristemente célebre Reinhard Heydrich, magníficamente interpretado por Carles Goñi, que imprime un aire acertadamente cínico al personaje, trató más que del exterminio en sí (decidido por Hitler como paranoica venganza por el fracaso de la invasión de la Unión Soviética aunque ya anunciado casi una década antes), de algunos detalles burocráticos, acerca de quién se consideraría víctima (aberrantes distinciones entre judíos puros, mixtos de primer y segundo grado y demás miserias) y de cómo se organizarían los convoyes de la muerte.

Y aquí llegamos al quid de la obra: presentarnos una brutal y repugnante matanza como algo aséptico, una especie de desinfección necesaria que había que acometer técnicamente. Como decía Baudelaire, la mayor astucia del diablo es hacernos creer que no existe y al parecer esos asesinos en serie parecían estar emocionalmente muy alejados de la ignominia que iban a cometer.

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El frío Adolf Eichmann, a cuyo cargo estaban las actas de la reunión y la logística de los transportes, el Dr. Kritzinger, como representante de uno de los ministerios que tomaron parte en la ejecución de los planes, Rudolf Lange, coronel de las SS en Letonia y responsable de los trístemente célebres Einsatzgruppen, que ejecutaban a los judíos antes de los campos de exterminio, todos ellos, elegantemente vestidos y con un punto de distinción, confieren a la matanza nazi su elemento distintivo: esa estética impoluta y aséptica. Nada de turbas enloquecidas: las víctimas se ocultan en trenes de ganado y cámaras de gas.

La única voz medianamente discordante es la de nada más ni nada menos que Wilhem Stukhart, redactor de las leyes de Nuremberg y que ponía pegas… pero únicamente a que se consideraran judíos a alguien hijo de judío y alemana!!!! Igualmente patética resulta la triste protesta del director del plan cuadrienal de deportación (menudo nombre, como si se tratara de plantar patatas) Erich Neumann, apartado por ser demasiado suave.

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En suma una reunión de segundos cargos del Tercer Reich que decidieron un espantoso genocidio. Sólo nos queda como consuelo, igual que a Oriana Bonet en su papel de narradora, el triste final que esperaba a todos aquellos asesinos (por ejemplo, Reinhard Heydrich murió al año siguiente víctima de un atentado en la República Checa y Adolf Eichmann fue apresado años más tarde y ejecutado por Israel, en el proceso narrado por Hannah Arendt).

El tono de la obra, sin grandes aspavientos ni giros, centrado en el lento discurrir de la reunión,  y la interpretación marcadamente coral, reproduce fielmente ese aire como burocrático y de falsa asamblea en la que todo estaba ya decidido y en que los presentes estaban más interesados en servirse la comida en cada intermedio que en la suerte de sus víctimas.

Buen reparto (y excelentemente caracterizado), formado por los intérpretes mencionados anteriormente, junto con Jordi Gràcia, Jose Pérez-Ocaña, Òscar Intente, Roger Batalla, Xavier Pàmies, Sergi Marcos, José Ángel Rico, Lluís Ruf, José Tobella, Miquel Simó, Ignasi Guasch, Carles Martinho y Edgar Moreno.

La obra, enmarcada dentro de la iniciativa Cicatrius (ciclo de teatro sobre la memoria histórica del Holocausto) de la compañía Exquis Teatre, estará sólo hasta el 5 de febrero en La Casa de la Seda, y esperamos que vuelva muy pronto a la cartelera barcelonesa.

Ignasi y Laura.

Para más información clica abajo:

Web de Cicatrius

Web de La Casa de la Seda

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