Nirvana: 25 aniversario de “Nevermind”. Sigue importando.

¿Cómo afrontar la revisión de una obra sobre la que se han vertido y se seguirán vertiendo ríos de tinta? La mejor manera de hacerlo es desde lo personal. En mi caso, la primera imagen que acude a mi mente cuando pienso en un disco como el “Nevermind” de Nirvana es la de mi mismo sentado en una clase de la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Barcelona. Había acabado el COU y, a la espera de empezar el servicio militar obligatorio, acudía como oyente tanto a clases de Psicología como de Pedagogía con la idea de aclararme sobre cual de las dos carreras podía interesarme más si, una vez terminada la “mili”, me decidía a seguir estudiando como finalmente hice (para los curiosos, me decanté por Pedagogía). Fue allí donde entablé conversación espontanea con un estudiante de primer curso que llevaba su carpeta forrada con fotografías de grupos como Sex Pistols, The Clash, The Damned… “¿Has escuchado un grupo que se llama Nirvana?” me preguntó en un momento de la, para mí, apasionante charla que (ya os lo imaginaréis) versaba sobre el punk-rock. Como respuesta me encogí de hombros. Apenas hecho esto, y cuando mi contertuliano se disponía a darme algún tipo de explicación sobre quienes eran los tales Nirvana, apareció un profesor por la puerta, empezó a dar clase y, de esta manera, finalizó con cierta brusquedad ese diálogo musical que yo hubiese extendido hasta el infinito y que no tuvo continuación más tarde, sin que recuerde el motivo de ello.

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Apenas unos días después, un sábado al mediodía, me encontraba con un par de amigos en una tienda de discos, una de las muchas que por aquella época (situémonos definitivamente, finales de 1991) poblaban las calles del barrio gótico de Barcelona. En aquella pequeña y cerrada ágora para melómanos, un lugar (¡ay!) tan alejado en el tiempo (aquí no puedo evitar sentir cierta nostalgia), en las antípodas de los foros virtuales (redes sociales mediante) en los que se suele afrontar hoy en día el debate sobre lo musical, lo cultural y todo lo divino y humano,  fue donde escuché por primera vez “Smells like teen spirit”, canción escogida como primer single y que, de hecho, abría el que era segundo disco (primero para una multinacional, aunque entonces, lógicamente, no lo sabíamos) de Nirvana: “Nevermind”. “Tenéis que escuchar esto”, nos había dicho con evidente entusiasmo (creo recordar el brillo en sus ojos)  el tipo que se encontraba tras el mostrador de la tienda de discos hace años desaparecida que solía pinchar vinilos con un tocadiscos que se encontraba en un extremo de su lugar de trabajo. “¿Cómo se llama el grupo?” preguntó uno de mis colegas apenas transcurrido un minuto de la canción. “Nirvana”, respondió el vendedor. Me acordé entonces del nombre que había mencionado el estudiante con el que había conversado días atrás. Mi intervención en este momento es una frase memorable que debo transcribir tal cual: “Suena bien pero… esto no va a tener ningún éxito” (esta es una anécdota recurrente en mi vida, algo que he contado en múltiples ocasiones y que pongo como ejemplo de lo cortos de miras que podemos ser a veces). Ni que decir tiene que “Nevermind” se convirtió en pocas semanas en un fenómeno mundial, con millones de copias vendidas, propagándose además con mucha rapidez una suerte de histerismo colectivo que no solamente convirtió en hiperfamosos a los miembros de la banda que lo había creado (especialmente a su líder, Kurt Cobain), sino que catapultó a otras formaciones con influencias similares que probablemente sin el éxito de este disco no hubieran tenido la oportunidad de fichar para un gran sello, a los primeros puestos de ventas en todo el mundo, en lo que fue una (ciertamente difícil de prever poco tiempo antes) explosión de popularidad de lo que hasta entonces algunos denominábamos “rock alternativo”.

nirvana

¿Pero cómo se podía considerar “alternativo” algo que vendía millones de unidades? Nirvana aparecían continuamente en medios de comunicación convencionales, su música sonaba en cadenas de radio “mainstream” al estilo de los 40 principales…. Hasta aquellos compañeros de estudio que jamás habían mostrado el más mínimo interés por bandas que había escuchado durante mi adolescencia (The Replacements, Sonic Youth, Pixies), que bien se podían considerar en la órbita de lo que representaba a priori una banda como Nirvana y que, de hecho, habían influenciado claramente a Cobain y compañía, me preguntaban, al encontrarnos aquí o allá, por el grupo que había hecho popular el llamado sonido Seattle (ciudad de referencia del “grunge”, ese movimiento caracterizado por el desaliño estético y la angustia existencial que solían mostrar en las letras de sus canciones las bandas que se circunscribían a él), y me pedían recomendación sobre otras formaciones que pudieran sonar de manera similar.

Quizá por despecho a que hasta entonces no se hubiera prestado suficiente atención a esas bandas que tanto me habían gustado, no sentí en primera instancia una gran simpatía por Nirvana. Me gustaba muchísimo “Nevermind”. Durante un par o tres de años estuvo entre los discos que más escuché, claro está, pero en cierta forma tenía la sensación de que se había traicionado lo que podríamos llamar la ética del punk llevando esa clase de música a todo tipo de audiencias (recordemos que “Nevermind” superó en ventas al mismísimo Michael Jackson, que por entonces acababa igualmente de sacar un disco al mercado). Además, Kurt Cobain me parecía un tipo, por momentos, algo arrogante (una percepción absurda vista con la perspectiva que da el tiempo). Tonterías pseudoadolescentes por mi parte que, de forma brutal, con el trágico suicidio de Cobain en abril de 1994, se desvanecieron. En realidad “Nevermind” merecía todo el éxito que tuvo. Era (y es) un álbum brillante que aunaba en un sonido uniforme no solo influencias del punk y el rock alternativo, sino también del rock duro de inspiración setentera, el folk, y, desde luego, el pop (ese yeahhhh… tan beateliano de “Lithium”). Un trabajo sin mácula cargado de posibles singles, aunque siga destacando ese “Smells like teen spirit” con el que se abre el disco (ese mismo tema que, en mi opinión, no iba a triunfar) y que cargaba con oscura ironía contra la apatía de la llamada “Generación X”. Igualmente sobresalen canciones como la magnética “Como as you are”, la rotunda “In bloom”, la descaradamente punk “Territorial pissings”, la bella (en su sencillez) “Polly”, o la igualmente preciosa aunque lúgubre “Something in the way”. Mención aparte merece la acertadísima producción de Butch Vig, quien supo hacer relucir el buen material que había compuesto Kurt Cobain como probablemente nadie más lo hubiese podido hacer.

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Han pasado 25 años desde la edición de “Nevermind”. Hemos madurado (o eso queremos creer) y, evidentemente, nuestra capacidad para asombrarnos, para sentir el impacto de lo nuevo, ha disminuido con la experiencia, de forma que cuando escuchamos, vemos o leemos algo inédito, no tenemos tendencia a lanzar las campanas al vuelo como podíamos haberlo hecho antaño por muy gratificante que sea la experiencia. Puede que en parte sea por ello, pero no creo que haya mucha música hoy en día, al menos si nos circunscribimos al Rock o al Pop, música que alcance autentica relevancia entre las masas, que consideremos que pueda mirar de tú a tú a un álbum como “Nevermind”. La frescura, la sana mala leche, la fuerza de este disco, se mantienen incólumes. Sería tan necesario que en los tiempos que corren hubiera algo así. Seguimos echando tanto de menos a alguien como Kurt Cobain.

Decididamente, “Nevermind” sigue importando.

Ricard.

Os dejamos con un concierto completo de Nirvana:

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