“Irrational man”: Un Allen nada desdeñable.

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Empieza a resultar un tópico decir que las películas de Woody Allen, de un tiempo a esta parte, resultan sistemáticamente mediocres o directamente malas. Incluso antes del estreno anual al que el cineasta neoyorkino nos tiene acostumbrados, ya sabemos que buena parte de la crítica especializada y del público va a darle rápido carpetazo al nuevo trabajo de Allen sin que tan siquiera se hayan dignado, en muchos casos, a pasar por una sala de cine para ver la película en cuestión. Y sin embargo, a nosotros nos parece que el nivel medio de los títulos que el director ha realizado en los últimos tres lustros largos es, cuanto menos, notable; algo que, teniendo en cuenta su ritmo de producción, resulta de lo más meritorio. Es verdad que, salvo por la excepción de algún film aislado como “Match point”(2005) —quizá la película menos “alleniana” junto a “Interiores” (1978), “Septiembre” (1987) y “El sueño de Cassandra (2007) de la filmografía del realizador—, no hay un título que sobresalga especialmente entre todos los estrenados en este periodo de tiempo, e incluso hay que admitir que encontramos alguno —pensamos en concreto en “Vicky, Cristina, Barcelona”(2008)—, que sí merece ciertamente el calificativo de mediocre.

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Sin embargo, en la mayoría de ellos sigue existiendo la impronta que, desde principios de los años 70, una vez superado un primer tramo de carrera cinematográfica repleto de títulos puramente cómicos, ha hecho grande al cine de Allen. Esto es: los imaginativos planteamientos argumentales de sus películas, la concreción, precisión y ritmo narrativo inalterable con que se desarrollan, la sabia, casi invisible (en el mejor sentido de la expresión) puesta en escena de sus films, la naturalidad y buen hacer que extrae de la mayoría de sus actores, etc.

Si bien sus más recientes trabajos basculan entre distintos géneros (más cercanos a la comedia unos, más dramáticos otros), “Irrational man”, última película del director, nos parece un buen ejemplo de lo que viene siendo el cine de Woody Allen desde hace un tiempo. En él encontramos, no solo los elementos antes descritos, si no alguno más que viene repitiéndose de forma remarcable en este postrero trecho de su carrera, como un gusto casi esteticista por el encuadre cinematográfico, algo que, si bien forma parte en general de su personalidad como realizador, se ha intensificado particularmente en su cine más reciente. Y es que Allen siempre ha tenido muy buen ojo tanto para escoger los escenarios donde acontecen sus películas (sea en su habitual New York o en otros parajes), como en elegir técnicos capaces de dar respuesta a sus exigencias en el ámbito de la fotografía.

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En la película además continúan presentes las obsesiones del autor: sus reflexiones sobre el amor, el sexo, el vacío de la existencia y muy particularmente el sentido (o no) del crimen como forma de quebrantamiento moral capaz de salvar, redimir o dar incluso sentido a la vida de una persona; ponderaciones que ya aparecían en films como el antes mencionado “Match point” o en el aún más afinado “Delitos y faltas” (1989). Aquí es un profesor de filosofía recién llegado al campus de una universidad que le ha contratado quien se plantea esta última cuestión con la intención de salir de una dinámica de autodestructiva desazón existencial. El personaje, interpretado por Joaquin Phoenix, quien logra darle una personalidad propia obviando los habituales histrionismos imitativos de Allen a los que suelen recurrir los actores principales de sus películas como si se vieran en la obligación de, en cierta forma, substituir en la pantalla a éste, nos habla por momentos directamente con voz en off, un recurso que se extiende también a su comparsa femenina encarnada por la muy expresiva Emma Stone. De esta forma, el espectador se ve guiado por dos voces distintas, dos puntos de vista diferentes que, de forma equívoca, parecen confluir en un momento de la película para separarse después hasta llegar a un final (obviamente, no lo vamos a desvelar aquí) tragicómico. A diferencia del protagonista de “Match point”, el cual sentía una gran sensación de culpabilidad por los crímenes que había cometido, el de este film no muestra el más mínimo arrepentimiento por lo que hace; todo lo contrario: se siente liberado y feliz. Allen crea un diálogo inteligente entre esa forma de transgresión y el convencionalismo que acaba mostrando el personaje de Stone; como si se tratara de las dos voces que pudieran enfrentarse en nuestra cabeza ante un dilema ético. Las conclusiones finales, a pesar de un cierre de la película que podría pasar incluso por moralista (a nosotros nos parece en realidad maliciosamente sarcástico o incluso cínico), quedan  en manos del espectador.

Un film, en suma, plenamente recomendable.

Ricard.

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