Relojes.

En esta ocasión os ofrecemos algo muy especial: se trata de un relato corto escrito por mí (Ricard) que fue publicado en el número 96 (primer trimestre del año) de la revista literaria La Bolsa de Pipas, de la Editorial Sloper. Esperamos que os guste:

 

RELOJES

 

Eran las 14:00 horas y Daniel disponía de muy poco tiempo para comer. Apenas si se había dado cuenta del período transcurrido entre el momento en que se había levantado de la cama y ese instante en que se disponía a regresar a casa después de una dura mañana en la oficina. Cuando llegó a su hogar colgó su chaqueta y se dirigió a la cocina. Puso a calentar algo de agua y sacó un sobre de comida preparada de la despensa. Después se sentó ante una mesa y se dedicó a ojear un periódico.

 

Oyó un claxon que sonaba detrás de él y cerró el periódico bruscamente. El semáforo se había puesto verde. Miró un instante el reloj de su coche que marcaba las 14:07. Soltó el periódico sobre el asiento contiguo y arrancó mientras veía por el retrovisor que el conductor del taxi que le seguía movía el brazo airadamente. Se sentía un poco aturdido. Finalmente giró hacia la derecha y al ver su parking tuvo una extraña sensación de alivio. Aparcó, salió del coche y cogió el ascensor.

 

Pulsó el botón de bajada y miró su reloj. Eran las 14:16 y todavía estaba saliendo del edificio donde se encontraba su oficina. Con cierto sentimiento de descontento se dirigió a donde había aparcado su coche. Arrancó y condujo hasta un restaurante de comida rápida que conocía, a pocas manzanas de allí. Entró en él, y tras pedir un bocadillo y una cerveza se sentó en una mesa. Había un periódico encima de ésta. Lo ojeó con una mano mientras esperaba que le sirvieran. La manga de su chaqueta se desplazó y dejó ver su reloj.

 

Éste marcaba las 14:23 y Daniel ya se había olvidado de comer por aquel día. Tenía una reunión urgente aquella tarde en la delegación que su empresa tenía en Martorell y no había tiempo para eso. Pensó: “Esta noche me prepararé una buena cena para compensar”. El coche se paró al ponerse un semáforo en rojo. Una atractiva mujer pasó por delante de él al cruzar la acera. La mirada de Daniel no se desvió ni un instante.

 

Permanecía fija en su reloj, que ahora marcaba las 14:30. No valía la pena que saliese de la oficina. Se levantó, estiró el cuerpo y echó un vistazo a su alrededor. Algunos compañeros seguían pegados al teléfono o al ordenador. Daniel se acercó a una ventana y miró a la gente que pasaba por delante de ella, en la calle. Pensó entonces en la historia que se escondía detrás de cada una de esas personas. Daniel se preguntó si también estarían siempre pendientes de un reloj, como él en ese momento.

 

Cuando eran las 14:23 y se disponía a revisar todos los informes que su jefe le había pedido aquella misma mañana. Les dedicó varias horas hasta que se dio por satisfecho. Había hecho un gran trabajo y podía sentirse orgulloso de ello. Se levantó y se dirigió hacia el despacho de su superior. Al abrir la puerta lo primero que vio Daniel fue un reloj encima de la mesa.

 

El avión de vuelta a Barcelona salía a las 14:16. En aquel momento Daniel estaba contento. Había podido cerrar todos los compromisos que su empresa tenía con sus asociados franceses y ahora regresaba con un sentimiento de triunfo, si bien se sentía físicamente agotado después de pasar dos días en París sin apenas dormir. Miró en los monitores del andén del aeropuerto a qué hora debía embarcar.

 

¡Las 14:07! Pero Daniel pensó que incluso el reloj del ordenador podía equivocarse, así que se levantó y le preguntó la hora a un compañero con aspecto somnoliento. Éste se la confirmó y sintiéndose perplejo, Daniel pensó en lo rápido que podía pasar el tiempo cuando no estaba pendiente de él. Por esa misma razón se había quitado el bonito reloj de pulsera que le había regalado su madre hacía algunos años y lo había dejado en la mesita de su dormitorio. De esta manera podía trabajar sin sentirse agobiado por la necesidad de cumplir un horario estricto. Después de todo, su jefe le había agradecido personalmente todos los esfuerzos que estaba haciendo por la empresa y había prometido compensaciones de toda clase en el futuro, e incluso un posible ascenso. Daniel se sintió feliz al pensar en ello y se sentó de nuevo.

 

La silla era incómoda y el espacio reducido. Pero era la única oportunidad de comer algo caliente durante el día. El hogar de indigentes no era especialmente acogedor, pero era mejor que la dura realidad de la calle. Apenas si se oía nada en todo el comedor, excepto el movimiento de cubiertos y el ruido de las bocas al sorber la sopa o al beber el vino. Un gran reloj colgado en la pared se encontraba frente a él. Eran las 14:00 horas y Daniel disponía de muy poco tiempo para comer.

 

La bolsa de pipas. Ed. Sloper. Nº 96 Enero-Marzo de 2015.

 

Los-emprendedores-y-la-gestión-del-tiempo

© El texto incluido en esta entrada está registrado y todos sus derechos reservados.

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