“La partida”: Perder o ganar en la mesa de juego y en la vida.

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Hemos asistido en el Teatre Goya de Barcelona a “La partida” (“Dealer´s choice“), comedia del autor londinense Patrick Marber, estrenada en el Royal National Theater en 1995, y que ha cosechado importantes premios en el Reino Unido (como el Premio del Evening Standard a la mejor comedia del año 1995)

Adaptada y traducida por Cristina Genebat, con dirección de Julio Manrique, el tema de la obra es el  distanciamento típicamente masculino de sus emociones. Un grupo de amigos, trabajadores del restaurante de Esteve (Ramon Madaula) preparan una vez más una partida de póker, la enésima, la que permitirá deshacer todos los agravios pasados, aunque enseguida vemos que estos amigos llevan años jugando la misma y eterna partida sin que nada cambie.

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La obra comienza con los amigos que ultiman los preparativos  del local para las cenas, en lo que para ellos no es más que un mero y molesto trámite para lo que en verdad esperan con ansia febril: la partida de póker. Ya al inicio se palpa el desastre: Santi (Joan Carreras), el cocinero del restaurante, hace votos de no participar pero,  pese a sus buenos propósitos (tiene en mente la visita a su hija a la mañana siguiente, tras meses de no verla -está separado- para llevarla al zoo), contempla la partida con indisimulada codicia y deseo, y acabará dejándose arrastrar a ella.

Por su parte, Esteve, el dueño del local y organizador de la timba, tampoco parece que tenga en mente poco más que el póker. Personaje que ha dimitido de la vida y que se refugia en su local como la tabla de salvación de pasados naufragios que se adivinan; tampoco parece tener muchas perspectivas otro de los personajes, Frankie (Andrew Tarbet), americano que ha acabado, según nos dice, harto de Barcelona y que sueña con volver a su país, como si su fracaso existencial dependiera del lugar de residencia.

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Cuando irrumpe en el local Maxi (genial interpretación de Marc Rodriguez), cual vendaval, esperamos que aporte algo de frescor al ambiente taciturno, aunque su hiperactividad esconde una profunda inseguridad, la que sin duda le produce haber perdido todas las partidas que se han jugado.

Completa el elenco de esta galería de fracasados, el hijo del dueño del local, Carles (Oriol Vila), ludópata declarado,  acosado por Ash (genial Andreu Benito), para que le pague unas deudas de juego. La solución que finalmente adopta Carles, la de sumar a Ash a la partida para que se cobre desplumando a todos, no es menos miserable que la alegría con la que los demás esperan  arruinarse entre ellos y al recién llegado.

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La tensión que atenaza a los protagonistas se afloja breves instantes cuando, acabada la jornada laboral,  da inicio el juego. Como prólogo, un delicioso número en que con los sones de “The Gambler” en versión de Johnny Cash, los actores ejecutan algunos pasos de country a la luz de sus frontales.

Tras los prolegómenos, se inicia ya de modo franco la lucha dentro de ese código típicamente masculino de escasas palabras, dardos verbales,  insinuaciones y al fin, viendo como Ash, el jugador profesional, va desplumando uno a uno a los protagonistas, la desesperación y la rabia.

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Como ya vimos en “Cloaca” de la holandesa Maria Goos, la obra transmite una visión muy desencantada de la amistad masculina, a la que se presenta más bien como una pelea por el liderazgo y un punto de encuentro de comunes egoísmos y miserias. Nada de espiritualidad, sólo el ávido placer del lucro, de la apuesta, de la adicción al juego.

Ludópatas, sí, pero no perdedores tan sólo en la mesa, sino en el tablero de la vida. Al final nos enteramos que el implacable Ash es en realidad un pobre diablo que malvive en una habitación y juega tan sólo, adicto como todos, para devolver dinero a otros más duros aún que él. El gesto de Esteve con sus subordinados no tiene nada de magnánimo: A Santi le presta algo del dinero que se ha gastado jugando para permitir que lleve a su hija al zoológico, a Maxi le permite ganar una mano, y a Carles le salda la deuda con Ash; adivinamos que ninguno de esos gestos es generoso sino más bien indulgencia de patriarca que pretende comprar la atención de sus subordinados, a los que convierte en sus deudores.

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Aunque la presentación y el tono es de comedia, el trasfondo desencantado da pie a una reflexión más trascendente sobre la codicia estéril,  todo ello llevado a cabo con la solvencia y rigor de Julio Manrique y una cuidada puesta en escena (excelente escenografía de Sebastià Brosa y gran espacio sonoro de Ramon Ciércoles).

La obra está programada en el Teatre Goya hasta el 29 de julio.

Ignasi y Laura.

Para más información clica abajo:

Web del Teatre Goya/Información sobre “La partida”

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