“El zoo de vidre”: Una obra hecha de recuerdos.

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Hace poco hemos asistido en el Teatre Goya de Barcelona  a la representación de “El zoo de vidre” (“The Glass Menagerie” en su original en inglés), del autor estadounidense Tennessee Williams, que estará en cartel hasta el próximo 3 de agosto. La traducción del texto ha estado a cargo de Emili Teixidor y la dirección teatral del consagrado Josep Maria Pou. En el  reparto, Miriam Iscla (Amanda Wingfield), Dafnis Balduz (Tom Wingfield), Meritxell Calvo (Laura Wingfield) y Peter Vives (Jim O´Connor). La ambientación de espacio ha ido a cargo de Sebastià Brosa, la iluminación de Albert Faura,  el vestuario de María Araujo, el espacio sonoro de Alex Polls, la caracterización de Toni Santos y la producción de Focus.

Estrenada en 1944, el propio autor la denominó “obra de recuerdos”. Y ellos son los que nos presenta uno de los protagonistas y a la vez narrador:  Tom Wingfield, magistralmente encarnado por Dafnis Balduz; desde un aparte del escenario, Tom rememora su época de primera juventud que vivió, junto a su hermana y su madre,  en Saint Louis, a finales de la Gran Depresión americana. La madre, Amanda Wingfield, intenta huir de las estrecheces del día a día y de la tristeza provocada por el abandono del marido, refugiándose en un pasado acomodado, dominado por los bailes, los pretendientes y lo mundano; sin embargo, todo eso hace ya tiempo que pasó y los tres Wingfield luchan ahora por llegar a fin de mes, sin un padre y marido que les sostenga, en su humilde vivienda de Sant Louis. La fijación de la madre es buscar un pretendiente a Laura, de carácter tímido e introvertido, que además arrastra una cojera congénita y se refugia en su colección de animales de cristal.  El propio Tom, empleado en un almacén, está igualmente insatisfecho y se consuela con frecuentes escapadas nocturnas.

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Muchos de los datos que aparecen en “El zoo de vidre” son autobiográficos del propio Williams: así, una madre con un comportamiento histriónico, sobreprotector y preocupada por la apariencia social, un padre ausente (el padre de Tennessee Williams era representante comercial de una empresa de calzado y viajaba mucho), o un trabajo alienante (al cumplir los veintiún años el padre hizo que Williams entrara en la empresa de calzado, ocupación que odiaba y de la que se evadía mediante la escritura); el personaje de Laura está inspirado en la propia hermana del autor, Rose, quien sufría esquizofrenia y como consecuencia de ser sometida a uno de los agresivos tratamientos de la época, quedó ingresada de por vida en una institución.

La obra nos presenta un determinado contexto histórico dominado por la crisis económica y los vientos de guerra que soplaban en Europa (Tom se refiere con admiración a la Guerra Civil española, de la que contrapone la grandiosidad de la lucha contra el fascismo con la gris existencia que lleva en el almacén), contexto que sirve de lejano escenario a las ilusiones rotas de una familia. La tristeza melancólica que impregna la obra queda subrayada por su simbolismo, frecuente en la obra de Tennessee Williams: la frágil Laura tiene como figura favorita de la colección a un delicado unicornio, ser que existe tan poco como el pretendiente que nunca llega; el traje de marinero de Tom,  que abandona también a la madre y hermana en busca de otros puertos, contrasta con la elegancia de Jim, demasiado pragmático para tanta ensoñación; Amanda, la madre, en fin, desempolva un vestido que recuerda tiempos mejores sin lograr producir más que una patética conmiseración. El amor y la familia se truncan como lo hace la figurita de cristal…

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Si Tolstoi decía que todas las familias felices se parecen y que las infelices lo son cada una a su manera, esta pequeña familia  es infeliz porque ha perdido al padre, ha perdido el bienestar económico, y, en fin, ha perdido la esperanza de volver a la sociedad por medio de un matrimonio conveniente para la hija. Es una familia rota y aislada. La llegada de Jim no representa más que una fugaz bocanada de aire que en seguida se desvanece como niebla matutina. La única solución que encuentra Tom es la fuga, pero ella no le trae el olvido, y una vida más tarde, regresa atormentado para contarnos su historia.

Excelente trabajo de los actores, que tenían ante si la difícil tarea de interpretar personalidades muy marcadas, precisamente por el simbolismo de la obra. Y lo consiguen: Miriam Iscla modela una Amanda a ratos patética, a ratos determinada y siempre herida. Dafnis Balduz está soberbio en su interpretación de un melancólico Tom, que ya no se hace ilusiones y asiste al imparable deterioro de su familia con resignación no exenta de cariño. Meritxell Calvo es una Laura cuya fragilidad, su incapacidad para enfrentarse al mundo, no le restan un ápice de bondad y delicadeza. Finalmente, Peter Vives, encarna, al modo de un  magnífico contrapunto,  al joven que aún concibe esperanzas de mejora, entusiasmado con sus clases de oratoria, que nos transmite optimismo y empuje. A pesar de su inequívoco cariño por Laura,  nunca podrá encajar en la desolada familia Wingfield.

“El zoo de vidre” es una encantadora y altamente recomendable representación. Esperamos que tras el 3 de agosto vuelva pronto a la cartelera barcelonesa.

Ignasi y Laura.

Para más información clica abajo:

Web del Teatre Goya Codorníu

Biografía de Tenesse Williams

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