ONZE.NOU.CATORZE (1714): La angustiosa caída de una ciudad sitiada.

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Hace unos días asistimos en el Convent de Sant Agustí (en el marco del Festival Grec 2014) a la impactante “ONZE.NOU.CATORZE (1714)” producida por Zitzània Teatre, que narra los sucesos acaecidos en las últimas horas del sitio de Barcelona de ese año. La obra se representó en dos únicas funciones el 17 y 18 de julio.

En la conciencia colectiva del pueblo catalán está grabada a fuego la caída de Barcelona el 11 de septiembre de 1714 frente a las tropas borbónicas dirigidas por el Duque de Berwick. Es natural que precisamente ese día pasara a la historia, porque con esa capitulación se produce la entrada definitiva, por la fuerza, de Cataluña en la estructura absolutista de la monarquía hispánica.

Para recapitular un poco, cada uno de los reinos formados en la península a raíz de la reconquista tenía personalidad e instituciones propias, notablemente las cortes de cada reino donde estaban representados los tres brazos (nobleza, clero y ciudades), cortes que intentaban denodadamente limitar el poder de los distintos soberanos, fundamentalmente a base de instituir contrapartidas a las peticiones dinerarias que el rey formulaba a los brazos. No era un sistema democrático, porque en definitiva el poder se lo repartían unas élites que conseguían su dinero en parte por medio de extorsionar a las capas más bajas de la población (los remences se llamaban así por el rescate que tenían que pagar a cambio de su libertad, aunque con la Baja Edad Media ganaron importancia los comerciantes y artesanos que se instalaron en las ciudades). En ese contexto, las grandes instituciones catalanas de autogobierno, la Diputació del General y el Consell de Cent, entraron en franca crisis ya en el siglo XVII, con la monarquía de los austrias, ya unificada para todos los territorios de la península. Las empresas militares castellanas eran un pozo sin fondo y las peticiones monetarias y de alojamiento de tropas por parte de Felipe IV y su valido, el Conde-duque de Olivares, exasperaban a las instituciones catalanas que invocaban cada vez con menor éxito sus constituciones (leyes pactadas entre el rey y las cortes).

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En este contexto, desde mediados de siglo menudearon los levantamientos (el más célebre, la Guerra dels Segadors de 1640) contra los representantes del poder real capitaneados por el virrey. Hasta tal punto exasperó la casa de Austria a Cataluña, que sus instituciones no dudaron, por decirlo de modo pintoresco, en “cambiar de rey”, jurando en 1641 fidelidad al Rey de Francia, Luis XIII. En efecto, pasado hacía largo tiempo el esplendor militar catalán, la única esperanza para esa pequeña nación era conseguir los apoyos de algún rey que se aviniera a respetar el derecho e instituciones propias. Empresa quimérica: poco había que hacer entre el Escila castellano y el Caribdis francés, monarquías que derivaban de modo abierto hacia el absolutismo (quod principet placuit legis habet vigorem, “aquello que place al príncipe tiene fuerza de ley”) y que no estaban por la labor de reconocer instituciones que se les opusieran.

Tampoco bajo la monarquía francesa se consiguió nada, -además de la partición del territorio por el Tratado de los Pirineos (1659) como consecuencia de la recuperación de Cataluña por la casa de Austria-. Los franceses apenas consideraban a Cataluña como una marca lejana, un territorio de frontera para contener a la Corona de Castilla, llevando a cabo también la soldadesca acciones deleznables contra la población.

Pero aún no habían acabado las desgracias, porque al poco de abrirse la cuestión sucesoria al morir Carlos II sin descendencia, y saberse que en el testamento se había dejado instituido como heredero a Felipe de Anjou, las Corts Catalanes, reunidas en Barcelona en 1701, le juraron fidelidad con el nombre de Felipe IV de Aragón. Éste se avino a jurar las constituciones catalanas al parecer aconsejado por su abuelo Luis XIV, lo que incluso fue celebrado por muchos como la monarquía que más había transigido en su relación con Cataluña.

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Sin embargo, una gran mayoría del pueblo estaba impregnado de un amplio sentimiento antifrancés y se decantó a favor del otro pretendiente, el archiduque Carlos de Austria. Finalmente en 1705 se pacta con Inglaterra una alianza a favor del archiduque. Las fuerzas angloaustríacas tomaron así la ciudad ese año y el archiduque juró también las constituciones.

Las tropas borbónicas, lejos de rendirse continuaron combatiendo, tomando Almansa en 1707 (que supuso la capitulación de Valencia). La relativa igualdad de fuerzas entre borbónicos (“gabachos”) e imperiales (“aguiluchos”) quedó dramáticamente truncada cuando en 1711 muere el emperador José I de Austria, siendo su heredero precisamente el archiduque. Inglaterra hizo merecida su fama de que no tiene aliados sino intereses y, dado que el heredero del trono imperial de Viena era precisamente el archiduque Carlos, evidentemente no tenía ningún entusiasmo en reeditar el Gran Imperio Hispánico del Siglo XVI, con lo que Inglaterra retiró su apoyo al archiduque.

Con el restablecido equilibrio de las potencias europeas, la suerte de los catalanes estaba echada. Aun parece que la reina Ana de Inglaterra intentó incluir en los Tratados de Utrecht-Randstatt alguna cláusula que permitiera a los catalanes mantener sus constituciones, pero ello fue rechazado por Felipe V. Ese año aciago de 1712 se retiraron las tropas inglesas, portuguesas y holandesas y al año siguiente lo hicieron las austriacas.

Así, la batalla final sobre Barcelona, capital de la región “rebelde” se presentaba desigual entre las tropas bien entrenadas del Duque de Berwick, unos 40.000 hombres formados en su mayoría por curtidos regimientos franceses contra unos 4.000 hombres procedentes en su mayoría de las milicias catalanas de los gremios (las coronelas). Al frente de las fuerzas catalanas, el General Villarroel y el conseller en cap Rafael Casanova. El resto es historia. Los borbónicos entraron en la ciudad en la fecha que da título a la obra y con los decretos de Nueva Planta suprimieron las instituciones catalanas de autogobierno, pasando a ser una mera provincia de la monarquía absolutista hispánica.

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Con el trasfondo de esos luctuosos hechos, se nos presenta el musical ONZE.NOU.CATORZE (1714) en que el protagonista, un adolescente llamado Otger, hace un salto al pasado para asistir a las últimas horas del sitio antes de la capitulación, junto a los heroicos defensores de la ciudad. Aunque conoce el trágico final de la historia, ello no le impedirá contagiarse finalmente del fervor de los milicianos y hasta enamorarse por el camino.

El marco del Convent de Sant Agustí, situado precisamente en el barrio de la Ribera de Barcelona, principal escenario del asalto final y cerca de donde está situado el museo de la batalla (El Born Centre Cultural), nos facilita el tránsito hasta ese triste episodio de nuestra historia.

La representación evoca toda esa iconografía, liturgia, tantas veces repetida a lo largo de la historia, de la ciudad que, rodeada por el enemigo, resiste impotente al cerco, luchando con el arrojo de la desesperación. Así nos es familiar la imagen de soldados que en sus improvisadas posiciones, reciben noticias cada vez más funestas de la aproximación del enemigo, y al mismo tiempo aun conciben vanas esperanzas de que alguna fuerza exterior les libere (en la obra son muchas las referencias a una intervención inglesa que nunca llegaría).

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Los autores de la obra son Victor Alexandre, Roger CònsulPere Planella. El equipo artístico es el mismo que en la aplaudida “Trifulkes de la KatalanaTribu” (que se estrenó en el TNC en 2012). La dirección corre a cargo de los mencionados Pere Planella (director) y Roger Cònsul (ayudante de dirección). El reparto, formado por un equipo de más de cuarenta personas, está encabezado por Marc Balaguer (“Polseres vermelles”), Feliu Formosa (galardonado con el Premi d’Honor de les Lletres Catalanes), Paula Sunyer, Joan Manuel Brunet, Jordi Llovet (“Aquellos días azules” – consultar nuestra reseña anterior) y Pep Cortés. En las funciones del Grec han participado más de 35 actores y actrices de la compañía GESPA del Centre Sant Pere Apòstol.

La música, de gran importancia en este espectáculo, tiene canciones originales de Toni Xuclà (música original) y Joan Vilamala (letras) y está interpretada por la pianista Marina Miralles y la cantante Aina Sánchez (que también es la narradora de la historia).

En cuanto al resto del equipo artístico, la escenografía es de Jon Berrondo, el vestuario de Montse Miralles, la iluminación de Bernat Tresserra, las pinturas digitales de Guillem H. Pongiluppi, la animación de vídeo de Eduard Asensio y Xavier Colom, el diseño gráfico de Jaume Bach, la producción ejecutiva de Aina Bujosa y el asesoramiento literario y de historia de Arnau Cònsul.

Nos encantó asistir a una obra tan sobrecogedora, al anochecer, al aire libre y en un marco monumental. Fue una bonita manera de rendir homenaje al general Villarroel, al conseller Rafael Casanova y a todos los hombres y mujeres que lucharon por proteger sus instituciones.

Deseamos que este espectáculo se vuelva a representar pronto en Barcelona. Actualmente, los municipios de Sant Cugat, Sabadell, Valls, El Vendrell, Lliçà d’Amunt y El Catllar ya están trabajando para preparar su propio estreno de la obra de cara a los meses de septiembre u octubre.

Ignasi y Laura.

Para más información clica abajo:

Blog de Zitzania Teatre/Información sobre Onze.Nou.CATorze (1714)

Web de Barcelona Cultura/Información sobre Onze.Nou.CATorze (1714)

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2 comentarios

Archivado bajo Música, Teatro y Danza

2 Respuestas a “ONZE.NOU.CATORZE (1714): La angustiosa caída de una ciudad sitiada.

  1. Txell Vilamala

    Una exposició magnífica. Enhorabona, amics! Només advertir-vos de tres coses per tal que ho pogueu esmenar: 1) Toni Xuclà és l’autor de la música, no pas de la lletra. 2) Joan Vilamala és l’autor de la lletra de les cançons, no de la música. 3) L’ordre oficial dels autors de l’obra és Víctor Alexandre, Roger Cònsul i Pere Planella. Moltíssimes gràcies.
    Txell Vilamala

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