“12 años de esclavitud”: Análisis de la opresión.

12-AOS~1En una reciente conferencia a la que, casi por casualidad, asistí en el Centre de Cultura Contemporànea de Barcelona, el prestigioso genetista italiano Guido Barbujani afirmaba de forma tajante que “las razas no existen”. Para apoyar tal sentencia, el científico daba toda una serie de argumentos que podrían resumirse en el hecho que, en la cadena que configura nuestro código genético, tan solo hay una parte pequeña que dé forma a aquello que hace que consideremos a un individuo como parte de una raza; es decir, lo que produce que nuestra piel sea más o menos oscura, que tengamos los ojos rasgados o que nuestro pelo sea rubio, es apenas un eslabón de dicha cadena. Pocos días después de realizar la conferencia, Barbujani era entrevistado en el periódico La Vanguardia, donde, entre otras cosas, decía: “Si cuantificamos la diferencia, por ejemplo, entre la apariencia de Nelson Mandela y la mía propia en un 100%; y la comparamos con la diferencia media entre mí y otro italiano, veremos que esta última no es del 10% o el 20%, como podría pensarse, sino del 88%…yo me parezco a algunos italianos, desde luego, pero también me parezco –y es posible que en algún caso incluso más– a algunos marroquíes, venezolanos, africanos… A nivel genético, puede haber más diferencias entre dos individuos de un mismo país que entre individuos de diferentes continentes. Y por eso han fracasado todos los intentos de clasificar a los humanos en razas.”

El azar ha hecho que, poco tiempo después de asistir a la conferencia de Barbujani y de leer su entrevista en La Vanguardia, haya visto la película “12 años de esclavitud”. Desde la perspectiva de lo explicado en el anterior párrafo, la tragedia que se nos muestra en este film recientemente estrenado, resulta particularmente atroz. La película, dirigida por el realizador británico Steve McQueen, narra la historia real de Solomon Northump, un hombre de “raza” (véase que las comillas están más que justificadas teniendo en cuenta las argumentaciones de las que hemos dado cuenta hasta ahora) negra, que a mediados de siglo XIX vive con su mujer y sus dos hijos en Nueva York como un ciudadano libre, ganándose la vida como violinista. Un mal día es engañado por dos hombres que le ofrecen un trabajo y acaban vendiéndolo a unos tratantes de esclavos que lo llevan al sur de los Estados Unidos donde es obligado a trabajar en las plantaciones de Lousiana.

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Basada en la novela autobiográfica del mismo título, “12 años de esclavitud” no ahorra al espectador en ningún momento ser testigo de primera fila del dolor y el terror al que se ve sometido el protagonista, alejado cruelmente de sus seres queridos, apaleado y torturado física y psicológicamente sin piedad por sus captores y la mayoría de aquellos que pasan a considerarse sus amos y dueños absolutos de su vida. La ironía es que, muy probablemente, esos individuos tengan en realidad casi la misma información genética en su ADN que los hombres a los que consideran menos que animales. Una razón clara como podría haber tantas otras, científicamente indiscutible en todo caso, que desmonta cualquier justificación ideológica o moral que alguien quisiera dar al racismo y la esclavitud.

Con todo, la película de McQueen no es maniquea, ni pretende ser particularmente aleccionadora. Los personajes, incluso el más cruel interpretado por un magnífico Michael Fassbender, tienen matices, comprendemos en cierta forma el porqué de su manera de actuar y quizá por eso tenemos una mayor conciencia del horror al que se tiene que enfrentar durante su cautiverio el protagonista de la historia sobrecogedoramente encarnado por el reputado actor londinense Chiwetel Ejiofor.

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“12 años de esclavitud” es una película de un estilo clásico, prácticamente lineal salvo por algún muy justificado flashback, con un ritmo narrativo que sabe dar respiro al espectador para hacerse mejor con los personajes y las situaciones que está contemplando, y de una gran belleza formal (los paisajes del sur de los Estados Unidos y casi la misma luz de los espacios naturales donde transcurre buena parte de la película, conforman, en cierta manera, un personaje más de ésta). Sin embargo, la impronta como autor audiovisual de su director (recordemos que éste empezó a destacar como video-artista), se deja notar en la trabajada estilización de muchos de los planos de la película, en el uso del sonido y de la música en algunas escenas, o en el hecho que mantenga la tensión en aquellos momentos donde un director puramente clásico probablemente optaría por la elipsis. A tal punto, hay que reconocer que algunas de las escenas del film resultan de difícil digestión para el espectador, pero a diferencia de aquellos que han criticado que McQueen se recrea en las torturas que sufren el personaje principal u otros que aparecen en la cinta, nosotros consideramos que tales imágenes están plenamente justificadas, y que sin ellas nos costaría mucho más entender por completo la terrible experiencia que vive el protagonista. En este sentido, la película resulta casi el reverso de otro gran título que también trataba la cuestión de la esclavitud y que fue estrenado este año, “Django desencadenado” de Quentin Tarantino, pues, donde el director italoamericano hace que explote un torbellino de violencia que puede resultar catártica para el espectador, McQueen evita llevar la conclusión de su film a otras aguas que no sean las naturales dado el realismo de lo contado, en una suerte de anticlímax (esto no resulta ningún spoiler ya que la mayoría de espectadores ya saben como termina la historia para su protagonista) no exento de emotividad. Como afirmaba el propio Steve McQueen en una reciente entrevista, la película de Tarantino se puede considerar un western al uso, y como tal, se circunscribe a los parámetros propios de este género, algo que no ocurre con un drama como “12 años de esclavitud”. Tampoco son desdeñables los paralelismos que el director ha apuntado en diversas entrevistas sobre el tema de la esclavitud tal y como era entendida en el siglo XIX, y la actual hiperprecariedad de la situación de los trabajadores en muchos países del llamado tercer mundo. Una situación que, cada vez más, resulta inquietantemente parecida a lo que sucede en el mundo laboral y profesional de nuestro entorno más inmediato.

Para concluir, decir que “12 años de esclavitud” resulta una película intensa, desoladora y al mismo tiempo bella, que nos reconcilia con el mejor arte cinematográfico. No os la perdáis.

Ricard.

Tráiler oficial de “12 años de esclavitud”

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