Sobre el formato físico de la música y otras cosas del querer.

Afirmaba recientemente en el periódico La Vanguardia el conocido disc-jokey Laurent Garnier, quien hace unos días actuó en el festival Sonar de Barcelona, que “siempre habrá objetos de amor como los discos y los libros”. Garnier se refería concretamente a una subida considerable de la venta de música en formato físico, y muy especialmente de los discos de vinilo, en su país, Francia. Afirmaba incluso que la venta de música en ese soporte y también en CD, tenía un claro porvenir, y que abrir una tienda de discos ahora no era, en absoluto, un mal negocio.

Pese a no ser un gran aficionado a la música electrónica, me llamaron poderosamente la atención éstas y otras declaraciones de Garnier. Ciertamente, en su país y en otros lugares como los Estados Unidos, ha habido un cierto repunte de la venta de discos (en el segundo país mencionado, sobre todo por lo que se refiere a descargas legales) de un tiempo corto a esta parte, y muy especialmente se ha notado el resurgir del formato de vinilo, algo que, más allá de círculos de coleccionistas, parecía completamente extinguido. También en un estado como el español, hemos visto reaparecer el disco de vinilo, de manera que, en grandes superficies dedicadas a la venta de productos culturales o en tiendas especializadas en música, las secciones dedicadas a este soporte son cada vez menos marginales.

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Con todo, resulta difícil ser tan optimista como Garnier por lo que se refiere a un posible repunte realmente sensible de la venta de música en formato físico, al menos en nuestro país. Posiblemente aquí se junten todas las condiciones para que eso no suceda: unos precios exageradamente altos, apuntalados por la subida del IVA al 21%, una crisis exacerbada que ha menguado considerablemente la capacidad adquisitiva de amplias franjas de población y, por qué no decirlo, un sociedad cuya mirada sobre los productos culturales oscila demasiadas veces entre la indiferencia y una cierta condescendía que llega a categorizar como mero entretenimiento el trabajo de los artistas. A mejorar la situación no ayuda nada el evidente afán recaudatorio del actual gobierno, ni tampoco de las sociedades de autores que, en demasiadas ocasiones, han actuado de forma, cuanto menos, sospechosamente opaca.

De todas formas, nosotros seguimos reivindicando el formato físico de la música, sin desdeñar ningún posible nuevo canal de acceso a ésta como las descargas digitales o las plataformas de música on-line como Spotify. Lo decía el periodista Juanjo Ordás, colaborador en medios como la revista Popular 1 o Efe Eme, en un reciente artículo en el que se refería a la inminente aparición de un nuevo álbum de la formación original de Black Sabbath, pionera en el género del Heavy-Rock: “Es necesario acariciarlo, tocarlo, mirar su portada todas las veces que quieras, leer las letras, mirar las fotos… ¡Entenderlo como un objeto! ¿Descargarlo? Ni de broma.”

¿Y qué es lo que entendemos algunos por esa necesidad de poseer físicamente un disco (o un libro, o incluso, en algunos casos, una película)? Pues ni más ni menos que incorporarlo como un hecho natural a nuestras vidas, como un algo que nos acompañará durante un tramo del camino de nuestra existencia, o quizá todo ella, enriqueciéndola de una forma que, cualitativamente, no valorarán aquellos que se limiten a descargar compulsivamente música u otros productos culturales. Y es que un disco es algo que debería funcionar como un conjunto de elementos: un puñado de canciones que deben colocarse en el mejor orden posible para que se generen unos determinados estados de ánimo en el oyente, un sonido que uniformice en cierta forma ese trabajo aún y perteneciendo los cortes a distintos estilos, un concepto o idea que redondee de alguna manera nuestra percepción sobre esa creación, ayudándonos a interpretarla mejor…

Pese a todo, sabemos que muchas personas que puedan leer este texto podrán pensar que lo que dificulta realmente su acceso a la música en formato físico es lo ya apuntado en el tercer párrafo de este texto: ciertamente, la música (o el acceso a la cultura en general) puede resultar muy cara. No se ajusta a los paupérrimos (o a veces inexistentes) sueldos de tantas personas que, en un país en franca depresión como el nuestro, no tienen la posibilidad de invertir en ella. Pero incluso aquellos que sí pueden, no se plantean siquiera, en demasiadas ocasiones, que tras aquel disco, libro o película que se van a descargar, existe mucha ilusión y esfuerzo de sus creadores, y que, para que éstos puedan seguir generando cultura, precisan de una mínima retribución como la que merece cualquier trabajador.

En manos de todos, artistas, consumidores, distribuidores, responsables políticos, etc, está crear los mecanismos y estructuras necesarias que nos lleven a un verdadero equilibrio en el consumo cultural en este país, que pueda satisfacer a una gran mayoría.

Ricard.

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