“Deadwood”: Un western televisivo con múltiples lecturas.

deadwoodYa comentamos en nuestro espacio, a raíz de la entrada dedicada a la imprescindible “The Wire”, que nos encontramos en un momento de máximo esplendor por lo que se refiere al formato serializado de ficción televisiva. De esta coyuntura de gloria participan no solo series que han obtenido una gran popularidad entre el público, si no otras que han pasado más discretamente por la pantalla pero que con el tiempo han sido reivindicadas por crítica y grupos de espectadores, convirtiéndose en obras de culto. Si bien la serie que nos ocupa en esta ocasión sí obtuvo un más que aceptable éxito de audiencia (al menos en su país de producción, los Estados Unidos), el tiempo trascurrido desde la emisión de su último capítulo la ha colocado en esa situación de serie reverenciada por un público fiel que bien podríamos calificar de amplia minoría.

Como “The Wire”, “Deadwood” pertenece a esa factoría de increíble creatividad denominada HBO. Con el auspicio de este canal de cable, el guionista David Milch produjo la serie, escribiendo el argumento de casi toda ella. El resultado final se emitió en tres temporadas de 12 capítulos cada una, entre los años 2004 a 2006.

La serie está ambientada en la década de 1870 en el pueblo de Deadwood, situado en Dakota del Sur, en los momentos previos y posteriores a la anexión de este territorio por parte del estado de Dakota, perteneciente éste a la Unión (es decir, a los Estados Unidos de América). En la serie aparecen diversos personajes históricos como Seth Bullock, Wild Will Hickock, Calamity Jane, Wyat Earp o George Hearst. Todos ellos conforman, en cierta forma, el paisaje mítico de la conquista del oeste norteamericano por parte de colonos, mineros, buscadores de oro, comerciantes, jugadores, bandidos, justicieros y toda clase de aventureros.

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“Deadwood” destacó por su formato de novela-río por episodios (otro punto de conexión con “The Wire”) y lo increíblemente elaborado de sus guiones, tanto por lo que se refiere al perfil de sus personajes, totalmente multidimensionales, como a la imprevisibilidad de los acontecimientos que narra, así como a (sobre todo) sus afilados diálogos, a los que nos atreveríamos a calificar de shakesperianos (lo cual no deja de ser algo irónico, teniendo en cuenta que “Deadwood” es una serie en la que la mayoría de sus protagonistas sueltan tacos de manera casi constante). De hecho, y en opinión de quien firma este escrito, los diálogos de “Deadwood” superan incluso a los de la ya mencionada “The Wire”, o a otras series igualmente brillantes como “The Sopranos” o “Breaking Bad”, por citar algunas que me vienen fácilmente a la cabeza. Por eso sorprende ver que en una reciente encuesta realizada a guionistas de los Estados Unidos, en la que se debían elegir las series mejor escritas de la historia, “Deadwood” aparezca en una posición más bien discreta (34 de un total de 101 series).

En contra de “Deadwood” juega su final, un tanto en falso (sin que este comentario suponga una suerte de spoiler para los que no hayan visto la serie). Y es que ésta fue una producción que, al querer recrear una época pasada con puntilloso detallismo (a las virtudes de la serie ya descritas hay que añadir su excelente puesta en escena, fotografía y vestuario), resultó económicamente muy costosa. De todas formas, nos parece poco comprensible la decisión de HBO de darle conclusión (teniendo en cuenta su buena aceptación entre la audiencia), sin que se llegasen a cerrar del todo algunas de las tramas de su argumento. La idea inicial de la cadena de cable era que se realizaran dos películas que sirvieran como epílogo de la serie, pero lo cierto es que el tiempo ha ido pasando y resulta poco factible que, finalmente, esos films vayan a rodarse.

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Con todo lo dicho, si nos hemos decidido a hablar en este blog de “Deadwood” es (además de por su nivel técnico y artístico que la ponen al nivel de cualquier gran obra cultural contemporánea) por el hecho de que la consideramos, en cierta forma, una excelente metáfora sobre las dinámicas de poder, influencias e intereses que gobiernan, en otro contexto, nuestra época. Y es que el pueblo de Deadwood se revela como una suerte de microcosmos en el que se muestran las constantes propias de cualquier comunidad coetánea pretendidamente democrática en la que, en realidad, las autoridades públicas son meras marionetas al servicio de quienes regentan el verdadero poder. En este sentido, resulta especialmente memorable un momento, dentro de uno de los episodios de la primera temporada, en el cual se eligen, en una reunión improvisada en uno de los prostíbulos del pueblo, los máximos representantes de éste (alcalde, sheriff…) de manera que en las negociaciones que han de llevar a la anexión de la localidad al estado de Dakota, los enviados gubernamentales que deben dialogar en ellas tengan la percepción de que en la población existe algo parecido a un sistema sólido de ley y orden (algo que, en el fondo, está lejos de acontecer). De esta forma, quienes sustentan realmente el poder en el pueblo (y a menudo se pelean duramente y llegan a matar por mantenerlo), esquivan la posibilidad de que ese gobierno federal (tan corrupto como lo puedan ser la mayoría de supuestas autoridades de Deadwood) tenga la excusa legal de ser excesivamente intervencionista en los asuntos que conciernen a la localidad. “Más que los servicios que proporcione, lo que da vida a una organización es llevarse el dinero del pueblo, ya sea formal, informal o provisional” afirma cínicamente durante la reunión uno de los personajes, elegido, prácticamente a dedo, como alcalde de la población.

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De todas formas, y pese a las diferentes lecturas que achacamos a la serie, “Deadwood” no deja de ser una ficción que mantiene las constantes del género al que está adscrito: el western. Así, tenemos personajes realmente memorables (interpretados, por cierto, admirablemente) que responden al perfil arquetípico de las historias del oeste norteamericano que hemos contemplado normalmente en el cine, pero retratados con una mayor profundidad psicológica de lo habitual. Además, la serie mezcla con naturalidad drama, tragedia, humor (en ocasiones muy negro) y acción, incluyendo alguna escena de violencia especialmente escabrosa (nos viene a la cabeza la brutal pelea callejera que acontece en uno de los episodios de la última temporada).

“Deadwood” es, en fin, una serie excelente que vale la pena ver o recuperar de nuevo.

Ricard.

Os dejamos con un curioso vídeo-documental que hemos localizado, de algo más de diez minutos de duración, y que nos explica, de forma muy amena y didáctica, la historia de Deadwood:

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