Pussy Riot: El arte como transgresión.

¿Cuál es el propósito del arte? Esta recurrente pregunta resulta casi tan antigua como la humanidad misma. Nuestros ancestros prehistóricos dibujaban en las oscuras cavernas donde buscaban refugio, representaciones de su vida cotidiana como cazadores y recolectores. Así mismo, esculpían, en piedra u otros materiales, ampulosas figuras femeninas como símbolo de la maternidad. En un principio pues, se puede decir que los seres humanos crearon el arte como muestra de su anhelo por sobrevivir, individualmente y como especie.

A medida que las condiciones de vida del hombre han tendido a una mayor comodidad, se ha transformado igualmente la visión que se tiene sobre el fin del arte. Sería de una complejidad y pretensión enormes, analizar geográfica e históricamente como ha ido cambiando esa percepción con el tiempo. Tanto como ofrecer aquí una versión más que reducida de algo que merece largos años de estudio, análisis y comprensión.

Sin embargo, nos atreveremos a afirmar que, en la actualidad, y por lo menos en el mundo occidental que conocemos, el arte se ha convertido en un objeto de consumo más, a la par que en un instrumento de transformación sobre nosotros mismos y la realidad que nos rodea (una idea ésta, que no nos cansaremos de repetir en este blog). Así pues, si el arte genérico del que hablábamos al principio era sobre todo una forma de mostrar la realidad cotidiana del hombre, ahora podríamos asentir que la mayor aspiración de un objeto artístico es conseguir transformar esa realidad.

Pussy Riot, grupo de punk-rock ruso formado por mujeres, ha sido de gran actualidad en los últimos meses debido a la fuerte polémica que suscitó su perfomance el pasado 21 de febrero en una iglesia ortodoxa de Moscú como forma de protesta contra el gobierno del presidente Vladimir Putin. Tal actuación se saldó con la detención de tres de las integrantes de la banda y el subsiguiente juicio contra éstas que terminó con una reciente sentencia de dos años de cárcel.

Se ha afirmado desde muchos medios que el mayor mérito de las Pussy Riot ha sido llamar la atención sobre la falta de libertad democrática en un país como Rusia. Sin embargo, las simpatías que ha generado su forma de actuar en la comunidad internacional, chocan con la indiferencia o incluso la animadversión que una mayoritaria parte de la sociedad rusa ha mostrado hacia ellas, seguramente por haber realizado su actuación en una iglesia ortodoxa cuando aún escuece la herida de los largos años de prohibición y persecución religiosa durante el régimen comunista de la antigua Unión Soviética.

Si nos centramos en el valor estrictamente musical de Pussy Riot, podemos decir, alejándonos de cualquier condescendencia, que éste es prácticamente nulo. No hay nada especialmente destacable en ellas si consideramos lo que hacen como objeto cultural de consumo sin más. Si a eso añadimos que la sociedad que podrían haber pretendido movilizar, la rusa, parece darles la espalda (ergo, que la actuación de la banda no ha supuesto ningún tipo de transformación aparentemente destacable), ¿podemos considerar que la perfomance de Pussy Riot es un objeto de arte moderno fallido?

La respuesta sería claramente afirmativa si no atendiéramos a una tercera posibilidad: la del arte como transgresión. Y es que es en este punto en el que Pussy Riot merecen no ya nuestra comprensión y solidaridad, si no nuestra total adhesión. Si entendemos que el significado de “transgredir” es superar barreras, quebrantar un precepto, traspasar algo de lo establecido como legal, y aún, moralmente tolerado por una sociedad, está claro que el casi total rechazo de la sociedad rusa no se puede entender más que como una muy buena señal. Después de todo, la actuación de Pussy Riot ha puesto ante el espejo una colectividad que parece haber aceptado que una suerte de absolutismo (el comunismo) puede ser substituido por otro (la religión, la democracia perpetuante al estilo Putin), sin que haya asomo de autocrítica al respecto.

Muchas veces a lo largo de la historia hemos visto como las bases de una transformación se asientan tras el derrumbe de lo políticamente establecido como intocable. A veces son pequeños actos hechos por personas humildes los que consiguen poner en duda tales preceptos. ¿Recuerdan la anécdota de Rosa Parks, la mujer negra que se negó a ceder el asiento en un autobús a un hombre blanco allá por la Alabama de mediados de la década de los 50 del siglo pasado? Aquello, naturalmente, no tenía un envoltorio artístico, pero si les sirve el paralelismo, no fue algo que causara la simpatía de la mayor parte de la sociedad del estado de Alabama.

El acto de las Pussy Riot tiene un algo de espontaneidad que lo acerca al comportamiento de Rosa Parks. Como hemos dicho, no es una acción que haya suscitado una gran conformidad por parte de la colectividad de la que forman parte las integrantes del grupo. Pero sabemos que tras esta actuación, la comunidad artística y cultural de la federación rusa se ha puesto en pie de guerra contra lo que ya considera abiertamente como un régimen totalitario, y una minoría cada vez más representativa de ciudadanos rusos parecen dispuestos a salir a la calle para demandar mayor libertad y justicia en su país.

No es poca cosa.

Ricard.

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