Bob Dylan: La tempestad que no cesa.

La vida es un eterno retorno, nos decía Nietzsche. Esa parece ser la regla en el caso de Bob Dylan, cuya (admirable) carrera parece transcurrir en círculos que se retroalimentan creando bucles temporales que funcionan por separado, pero que no podrían existir el uno sin el otro. El último de estos ciclos parece empezar con esa obra maestra que es “Time out of mine” (1997) y quizá se cierre con el recientemente publicado “Tempest”, un disco en el que el bardo de Duluth parece querer postularse, una vez más, como firme candidato al premio Nobel de literatura. No en vano, su voz (una voz quebrada, rota por la edad y la experiencia, pero llena de expresividad) aparece en primer plano durante toda la escucha del álbum. Un Dylan más escritor que nunca pues, engarzándose con ese primerizo Dylan de tradición folk que creaba su inicial tirabuzón creativo entre “Bob Dylan” (1962) y el pseudoeléctrico “Bringing all back home” (1965).

Musicalmente, y como viene haciendo desde el mencionado “Time out of mine”, Dylan parece echar una mirada atrás, más allá del punto en que grabó su primer disco, pero su acertada producción (recordemos que es el propio autor quien, bajo el seudónimo de Jack Frost, produce sus trabajos de un tiempo a esta parte), convierte los añejos sonidos del folk, el swing o el blues, en algo ya no completamente atemporal, si no perfectamente moderno. Así, “Tempest” se inicia con el ritmo juguetón, de cadencia jazzística, de “Duquesne Whistle”, canción elegida como tema de presentación del álbum y cuyo comentado (en redes sociales) vídeo, resulta igualmente travieso.

“Soon after midnight” es el tema más corto del disco en un trabajo en que las canciones destacan por su larga duración. Un tema de amor cuya letra, desarmantemente sencilla, nos hace cuestionar por qué a veces elegimos el camino más largo y complicado para expresar aquello que sentimos. En “Narrow way” aparece el Dylan más poéticamente irónico, envolviendo sus disquisiciones sobre el amor, la vida y todo lo divino y lo humano, en ritmos heredados del blues e insistentes arreglos de cuerdas. La soledad y las oportunidades perdidas son temáticas recurrentes que cobran una nueva dimensión en el aire melancólico de la emocionante “Long and wasted years”. En contraste con ello, “Pay in blood” es el tema más rockero del disco; una canción en que Dylan parece querer rendir cuentas contra todo lo considerado políticamente correcto hoy en día. El aire entre campestre y fronterizo de “Scarlet Town” resultará del gusto de aquellos que amen especialmente al Dylan más folk, mientras que “Early roman kings” es puro blues, tan reconocible a la primera escucha como desconcertante resulta su letra de temática entre bíblica y militar. Con “Tin Angel” entramos en el cuerpo del álbum: 9 minutos en los que el autor despliega su particular capacidad cinemática contándonos una historia de amor y violencia. “Tempest”, la canción, es el corte más largo del disco; casi un cuarto de hora en que se nos narra simbólicamente el hundimiento del Titanic, poniendo sobre la mesa lo mejor y lo peor del ser humano, a veces con una poética algo críptica, y con un sonido de reminiscencias cercanas al folk irlandés. Se trata, seguramente, de la mayor cumbre del álbum. Finalmente, “Roll on John” es un tardío, y puede que por ello especialmente honesto, homenaje a John Lennon, en forma de balada sentimental e intimista.

Un nuevo disco de Bob Dylan: un acontecimiento cultural de primer orden que no podíamos dejar de destacar en “Cultura y algo más”.

Ricard.

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